En diez minutos fue niño y adolescente y adulto. Diez minutos en los que caben diez años o más. Diez para soñar diez veces todos los sueños de golpe, los suyos y los de su mundo que no ha sido otro que renacer y tocar el cielo con las yemas de los dedos. Diez minutos regalados por el destino, en deuda con David Mora, tan cruel con este torero, tomaron forma en un gran toro de Alcurrucén. Y con el toreo como se torea soñando. En algunos muletazos de trazo lento y vuelos desplegados de la muleta cabían todos los sueños del mundo. Tiene el toreo esa grandeza. Tiene David Mora ya su propia leyenda. Que el cielo en un infierno cabe lo sabía. Qué el mundo cabe en diez minutos lo supo hoy. Para recordarlo mañana.


La vida puede ser maravillosa, ¿eh, David? Apenas hace dos años te despedía la misma profesión que te ha devuelto la bienvenida. Así de mágico y fugaz es el toreo. El mismo destino que le ha regalado ese toro que tanto sacrificio merecía. No tuvo reparos Mora en replicar, capote a la espalda, un quite por saltilleras del gallo Roca Rey. Ni el viento, que le puso el capote por montera, fue óbice para irse a los medios y ajustarselo a la cintura por gaoneras. Toro grande, torero enorme.


'Malagueño', el número 1 de la camada también grabado a fuego en la piel, era el prototipo de Núñez. Alcurrucén puro desde el lomo quebrado o la cara tocada hacia arriba pero nada destartalada. Hondo, de largo cuello, badanudo y un pintón de bragado por ahí abajo. Todo lo hizo bueno, también en los primeros tercios tan fríos para este encaste, e Israel de Pedro le recetó la medicina precisa ante el galope pronto y la cabeza metida con los dos pitones en el peto o la definición de emplearse.

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No tuvo dudas David Mora y fue directo al portón de la enfermería para sacar al tercio al doctor Máximo García Padrós para brindarle el toro de su vuelta a la vida. Y de ahí a los medios, donde pudo volver después del increible porrazo que sufrió al intentar un pase cambiado con el viento volando la muleta. Feo cayó, peor fue la no respuesta de sus piernas. Se recompuso y volvió. Por estatuarios esta vez para hacer un inicio de faena cumbre. El toro desbordaba cada embestida y Mora se calentaba. Semejante voltereta en vez de echarle de la tarde, le devolvió. Y al público que ya vivía en pie la faena.


El toro de Alcurrucén hacía el avión, mientras Madrid rugía como las tardes grandes. Mora embarcaba adelante, bajaba la mano por debajo de la pala del pitón y apretaba a 'Malagueño'. El toro iba a más y Mora se relajaba, y ligaba muletazo a muletazo que se convertían en caricias. Ahí llegó la mano izquierda y el pitón izquierdo por donde tenía aún más clase. Fijeza, prontitud, acometividad... ¡un toro bravo! Faena medida en muletazos y desmedida en emotividad. Volvió a dejarse llevar por el momento en la última tanda de encaje y ajuste. La guinda tenía que ser el espadazo que rodó sin puntilla el sueño, el cielo donde también cabe el infierno. Dos orejas, Puerta Grande y gloria para 'Malagueño'.

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La segunda corrida de los hermanos Lozano en esta feria quedó completa con el heredero de 'Jabatillo', el último toro al que Madrid había concedido el honor del pañuelo azul en la pasada feria, pero hubo otro toro para apostar, el primero, y uno muy exigente que de no ser por una posible lesión al abrirse de manos en los primeros tercios apuntaba a toro grande. El resto, uno bronco -el tercero-, un manso de los que tienen que salir, el cuarto y un deslucido quinto, que fue el más grande y basto de la corrida con el que David Mora estuvo firme, solvente y preciso en el tiempo.


El lote exigente le tocó Roca Rey. El peruano se despedía de una feria en la que no perdonó ni un quite, ni un muletazo. El tercero se violentaba cada vez que tocaba la muleta y necesitaba la distancia, el sitio y la altura precisas que encontró en la última tanda. Cada zarpazo era medido con precisión de cirujano por una parte de la afición que exige al prácticamente toricantano que entienda que lo de Núñez exige precisión en los vuelos para tirar de un toro que tiene ese tranco de más pero esa inercia de menos. Cuestión de tiempo. Con el sexto también quiso atropellar la razón propio de la pubertad. Es lógico y sano. Propio de la vida. 'Caprichosito' era un tacazo, bajo, bien hecho, tocado de pitones, muy serio pero se abrió el pecho en la primera acometida. El presidente, con buen criterio, decidió aguantarlo y el toro se recompuso. Y en la muleta quiso más que le respondían las extremidades. Roca Rey lo recibió por un cambiado por la espalda, mientras el toro embestía con la buena condición que llevaba en los genes pero era difícil de coger las distancias y la altura. Serenidad y seguridad aplastante. Con un espadazo terminó un paso por San Isidro admirable.


Las tres primeras tandas de 'Heredado' fueron para tirar la moneda. Este toro que abrió la tarde tuvo trasmisión en la embestidad, fijeza y buen aire. Lo malo, que se metía por dentro por lo desbordante de la embestida. Urdiales tardó en encontrarle el punto, pues cada toque en la muleta era un gañafón. La tanda buena llegó cuando le encontró la limpieza. Después la faena se fue a la mano izquierda y se apagó. El cuarto apenas duró un instante. Inmenso era el colorado que no quiso ni capotes ni picadores en los primeros tercios y que, en la muleta, el riojano lo siguió por toda la plaza hasta que se fue a por la espada.

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Plaza de Las Ventas. 19ª de la Feria de San Isidro. Casi lleno. Toros de Alcurrucén, bien aunque desiguales de presentación. El segundo, 'Malagueño', número 1, fue premiado con la vuelta al ruedo en el arraste. El primero, con trasmisión; el tercero, bronco; el cuarto, manso; el quinto, deslucido; el sexto, exigente.

Diego Urdiales, silencio tras aviso y silencio.

David Mora, dos orejas y silencio.

Roca Rey, ovación y ovación tras aviso.