Unos dirán que la tarde nació torcida, otros que la empezó a dañar el presidente cuando antepuso su criterio al de la mayoría en el segundo y negó a El Juli una oreja pedida de modo rotundo y unánime. Pero la realidad es que el espectáculo prometía más mecha. Y más chispas. Había morbo por ver si la soberbia juvenil de Roca Rey se subía a las barbas del mandamás de Velilla ¿Hay, hoy por hoy, un mano a mano con más sentido? Y aunque no todo fue negativo (una faena científica del maestro, el ambicioso empuje del aspirante, un leve conato de rivalidad en quites entrambos incluso) la seria, bonita y entipada corrida de Jandilla condicionó el devenir del festejo por su falta de raza y duración. Fue por ahí por donde el 'agarrón' comenzó a hacer aguas.

Y eso que El Juli estuvo 'sembrao' en el segundo, un toro con mil y una teclas lidiado además cuando el viento más incordió a los de luces. Grande, voluminoso, aunque bien proporcionado, humilló en el capote y colocó la cara, pero le faltó celo. Entró al quite Roca Rey, estoico, arrogante, para apretarse por chicuelinas, tafalleras y caleserinas, y replicó El Juli, defendiendo su trono, con varios lances, casi recortes, soberbios, de mano bajísima. Esa manera de medirse, de marcar ambos su terreno y su territorio, fue el prólogo de una faena de más fondo y relevancia que reconocimiento, porque la embestida del toro, por cambiante y desconcertante era la ideal para naufragar.

Sucedió que 'Opaco' dio con el ordenador con mayor disco duro del toreo, y a pesar de que el aire no dejó a El Juli enganchar la embestida y el de Jandilla se puso gazapón a partir de la tercera serie, el torero se las ingenió para perderle pasos sin quitarle la muleta de la cara y de ese modo, pudiéndolo y sometiéndolo pero sin obligarlo, conseguir darle celo. Un rompecabezas, un cubo de Rubik que El Juli comenzó a resolver a su favor cuando cogió la zurda. El toro embistió con más largura en dos series que tuvieron hondura y profundidad, muy roto el torero, que no se olvidó de la técnica para sujetar al astado, que, podido, ya amenazaba con marcharse, y dar ritmo a sus embestidas a pesar del molesto caminar del animal.

La estocada cayó en lugar inadecuado, pero el público valoró la destreza del torero y su brillante manera de resolver cada ecuación y le pidió de modo absolutamente mayoritario una oreja que el palco prefirió no conceder. ¿Injusticia? No, imcumplimiento. Porque el público, que es el que paga, es el verdadero juez. Y sino que cambien el Reglamento. La otra bala del duelo la tuvo Roca Rey en el sexto, un castaño chorreado de salida abanta, que respondió sin embargo en un quite con el capote a la espalda. Ya hizo cosas el toro en banderillas apuntando esa movilidad furiosa previa a rajarse, cosa que hizo tras el inicio por alto del torero peruano.

Lo recogió Roca en la primera serie con la derecha, de espectacular remate, cambiándose la muleta de mano para ligar un pase de pecho que acabó convirtiendo en circular. Un arranque de nota alta tras el cual el animal se fue después a toriles, cantando definitivamente su condición. Allí, en paralelo a tablas, jugando con la querencia, acabó el limeño metiendo al público en la faena. Tenía la oreja en la mano pero pinchó en primera instancia, sonó un aviso, y todo quedó en una ovación como la que saludó a la muerte de su primero, un toro geniudo al que saludó en chiqueros y que por apostar dejándolo crudo, acometió sin atemperar hasta que se vio podido, que comenzó a defenderse con genio.

Faena de valor y determinación del peruano, como la de El Juli al quinto, el más feo del envío y también el de comportamiento más desagradable por áspero y reservón. Abrió plaza Ferrera que con dos toros nobles y sin raza (el primero de ellos llegó a echarse durante la faena) cerró en silencio una feria, para él, de mejores sensaciones que resultados.