Un examen sin sobresaliente posible. Una prueba sin brillantez al alcance. Un test para no fracasar. Eso fue la 15ª de San Isidro: una tarde para evitar el naufragio. Porque el fracaso amenazaba en cada esquina de una corrida de Alcurrucén que se puede leer tan fácil como un criptograma. Llena de esos matices que requieren de buenos toreros para que el siniestro no se dé. Baja de raza y falta de emoción, algunos toros fuera del tipo de esa gran ganadería, se convirtió en una reválida para tres toreros: El Juli, Sebastián Castella y José Garrido. Dos figuras y un confirmante que la leyeron como había que hacerlo. Con la fuerza mental necesaria para ir con la muleta aún a sabiendas de que no hay detrás opción de triunfo. Una prueba también para el público, pues la corrida pidió ojo de aficionado, el que sabe medir más allá de hierro y tablilla.


Demasiado pedir, quizás. Porque parte del público de Las Ventas midió a José Garrido como si el torero, que venía a confirmar alternativa, fuera una figura a la que apretar las clavijas. En el primero, cuando todavía la tarde era una esperanza, Garrido firmó uno de los comienzos de faena más redondos de los que se hayan visto en este San Isidro. Después de brindar al público, se arrodilló en los medios y lo citó de lejos. El toro, armado y musculado, largo, se vino con tremor de tren al primer cite y hubo que esperar a que el polvo se posase. Repitió el llamado el torero y entonces fue: toreo poderoso de rodillas, sobre la mano derecha; toreo ligado; toreo de torero maduro y ambicioso y valiente.


Toreo serio, el de una faena que había de dirimirse en una disyuntiva: o el muletazo corto para asegurar la limpieza o la prolongación de las embestidas, con el riesgo del cabeceo inoportuno. Garrido apostó por lo segundo, pues eso se acomoda mejor a la naturaleza de su toreo, y cimentó así una faena de mérito sin mácula. Tiró del toro sobre ambas manos, se preocupó siempre de prolongar la embestida para que el muletazo tuviese rotundidad. En el pase de pecho que abrochaba una tanda, el toro le derribó con los cuartos traseros y lo tuvo a merced, pero en lugar de encelarse lo alejó de sí con un derrote de pala en la corva. Fue fortuna, porque pudo herirlo. Garrido se levantó sin mirarse para acabar la faena con la misma seriedad de antes y una estocada entera. Hubo una ovación, que se antojaba inexplicablemente templada.

Imagen responsive

Cuando salió por toriles, el sexto era el último cartucho. Y como Garrido no sabía si en el último tercio el toro iba a ser, aunque se le pegase poco en el caballo como a toda la corrida, aunque se le cuidase en la lidia como a todos sus hermanos, demostró que aspira a todo poniendo su vida de rodillas en el toreo de capote. Frente a un toro alto, de cara abierta, que tenía en las finas astas dos puntas negras de pavor, el torero sintió la arena en las rodillas, se echó el capote a la espalda y dio el pecho en un farol y una caleserina. Al tercer lance, el toro, que tardeaba y medía, se le fue al cuerpo. Ahí acabó una apuesta que debió crujir la plaza. Pero acabó solo momentáneamente, porque Garrido se montaría después literalmente encima, en un arrimón de escándalo ante un toro que no humilló ni enseñó raza.


Imagen responsive

Es posible que el joven torero fuera víctima colateral de ese sector de Las Ventas que no halla mejor consuelo para su pedigrí que el naufragio de las figuras. El Juli, ejemplo sin precedentes de torero madrileño zaherido en Madrid, hizo oídos sordos a los que le esperan con el silbido a flor de labio. Tiró del segundo en cuatro tandas de buen toreo que la naturaleza sola del toro no habría hecho posibles, porque ni humilló nunca del todo ni embistió nunca tan sin reservas como para romper hacia adelante. Se enredó el torero con el verduguillo, para la incomprensible felicidad triste de unos cuantos. El cuarto, grandón y suelto de carnes, ni dijo nada ni duró aunque el torero lo muleteó con pausa y limpieza. Tiene otra tarde El Juli.


Y las tiene también Castella, que cayó por momentos en la trampa de quienes quieren imponer a voces su dogma y se vio metido en un diálogo cul de sac. Estuvo en sus manos el mejor del lote de Alcurrucén, el tercero. Toro serio, de cara vuelta y estrecho de sienes, que metió la cara abajo siempre que el cite fuese con los vuelos, tanto en el capote como en la muleta. El toro tendía a abrirse y se quedaba fuera de la suerte para ligar, pero era defecto subsanable si se le avanzaba un paso para ligarle el siguiente. Así lo hizo por momentos el torero francés, que había dado celo al toro en un impecable comienzo de faena y que hilvanó tres tandas de toreo rotundo, con el toro humillado, aunque la faena no eclosionase. El colorado quinto había enseñado movilidad en los primeros tercios y Castella lo brindó al público. Tras un comienzo por alto, sin embargo, el toro se vino a menos precipitadamente y el francés se puso a la tarea del arrimón valiente, un examen que tiene sobradamente aprobado.

Imagen responsive

Plaza de Las Ventas. 15ª de la Feria de San Isidro. Lleno de No Hay Billetes. Toros de Alcurrucén, desigualmente presentados, algunos fuera del tipo de la ganadería. Bajos de raza en general, corrida de matices, el mejor aunque no evidente fue el tercero.

El Juli, pitos tras aviso y silencio.

Sebastián Castella, palmas tras aviso y silencio.

José Garrido, ovación tras aviso y silencio tras aviso.