En una rocambolesca suerte. Suerte por serlo y rocambolesca por mala, casi en un mal pasatiempo de la historia o en acto de bellaquería del azar, como dando la espalda a lo que mas se desea, El Juli dejó la media espada enterrada allá atrás. Siendo el allá atrás el cuerpo de lujo de un toro de Alcurrucén de caprichoso trapío y excelencia genética. A la profundidad de un toro que sólo hallaba final en el infinito, había respondido el torero con una faena para el infinito. Cumbre en el sentido más cumbre de la palabra. Entrado Madrid en la locura intensa de apenas diez minutos de ronquera, el general entró en su laberinto de acero. Tiene el toreo la pócima contra el fallo, el recuerdo. En ese lugar quedan torero y toro. Juli y Licenciado. Metido el toreo en eso que es torear pero matar, hacer arte pero matar, superior mató Ginés Marín. Pero, cosas en las que está metido el toreo, su faena de hombre desnudo y riesgo superlativo al segundo toro, no tuvieron el premio que otrora se daba por menos.

Los entrebastidores de esta feria parieron este mano a mano que daba salida a movimientos nada ajedrecísticos de algunos, sentados a la mesa de juego con ases en la manga, dispuestos al burle: dejar fuera al general. El Juli. Se les escurrió de las manos como pez para anunciarse una tarde, con la grandeza de anunciarse con el joven mas real existente, Ginés Marín. Una lástima que, tras el arrimón en quites en el primer toro, los siguientes dieran para poco y menos. Pero dos excepciones. Una, que salió el toro que todos quieren criar, que todos quieren torear, y que pocos pueden cuajar. El toro que o te encumbra o te manda a los albañiles. Léase Licenciado y El Juli. Otra, que Ginés Marín dio la dimensión del que puede seguir arriba y por tiempo. No hubo pues, más decepción que la de dos conclusiones: que al de Velilla se le atoró aquello que no es su fuerte, la espada, después de una faena intensa al máximo y profunda en superlativo, y que a Ginés no le rompió un toro por derecho.

Ya había dejado El Juli una docena de muletazos de mano baja, enganche y muñeca suelta, mas sutiles con la zurda y mejores los de final hacia adentro. En el primero, toro de Victoriano del Río, dulce y de fondo justo para Madrid. Hubo ese bronquismo habitual que acompaña al madrileño como las moscas a la miel. Nada del otro mundo. Como a la espera de un conjugado de carga explosiva: el toro de quien le apodera. Y el toro era un animal para cantarle sus hechuras por fino, bajo, manos cortas, cara para adelante y limpia. Con esa bravura escondida que despertó a la que El Juli, como si no sucediera nada, le echó los vuelos del capote, y el toro respondió con celo por abajo. Bien picado, bien lidiado.

El inicio de faena tuvo la expresión más torera y la medicina más acorde. Desde los muletazos con pierna flexionada terminados muy por abajo, para recoger siempre al toro sin usar inercia, hasta las trincherillas y los de la firma. Afuera hubo dos tandas de categoría con la mano derecha, en una especie de insistencia de examen del toro: enganchando a baja altura y adelante, bajando aún mas la mano y reduciendo. Mucho poder al que el toro respondió yendo a más. No era sencillo el mismo ritmo por el pitón izquierdo, pero, antes de aliviarse, insistió el toreo para lograr una cumbre en trazo. Y el cierre hacia los adentros, con la misma torería del inicio. Fue, además, faena de metraje justo para hacer enloquecer la plaza. Y dejó allá atrás medio acero más o menos antes de un descabello, cuando ya se daban las órdenes de “al loro” a la policía por eso de la Puerta Grande. Por si había duda de que el general entraba en su laberinto, su ganadería tótem, la de Justo Hernández, le sirvió un tercer toro bueno que se dañó ya en banderillas.

Esa misma ganadería le puso a Ginés un toro imprevisiblemente exigente. Para adelante o para atrás. De embestida fuerte y sin entrega, obediente al cite, pero áspera en el movimiento, a veces más vencido, a veces con la cara mas suelta. No se lo pasó cerca, se lo pasó más. Un toro para agotar a diez pulmones y una faena de una emoción y riesgo certificada por una fea cogida por el pitón izquierdo. Esas faenas, acabadas con la gran estocada que recetó, solían ser de premio. Poco más pudo hacer en una tarde sin grietas del torero. Uno de Alcurrucén, de cara menor y cuerpo mayor, fue insumiso. Y el torazo de Victoriano le admitió siempre los dos primeros pases, reduciendo celo y ganas de embestir en el tercero en una faena que aspiraba a mucho y que, desfondado el toro, se quedó en ese laberinto que también tiene el toreo para los que aspiran a ser general. Galones que tiene El Juli. Con su propio laberinto a cuestas. Cosas.