Buscó cobijo en su tierra cuando en España las empresas miraron para otro lado. Mantuvo su estatus de figura en Colombia al tiempo que indagaba sobre su concepto. Y en esa búsqueda halló respuestas. Su toreo se volvió más hondo, porque su trazo se ralentizó, y a la intensidad de siempre, añadió poso. Y solera. Porque van para quince años de alternativa. No es otro Bolívar. Es el mismo, pero mejor.

El pasado curso, en el ciclo de encastes venteño ya avisó que estaba de vuelta, corregido y aumentado, pero ahora ha sido Sevilla quien ha bendecido esa vuelta de tuerca. Con el toro más completo de una muy seria corrida de La Palmosilla, en ocasiones más madrileña que sevillana, el torero caleño se expresó natural y suelto, inteligente y medido. Su toreo tuvo sello y el premio, sentido. Adame con un lote exigente y nada fácil no pudo reeditar éxitos pasados en un ruedo que lo ha visto triunfar hasta en cuatro temporadas diferentes, mientras Serna, aún muy nuevo, sorteó dos toros bien distintos y resolvió el compromiso con decoro.

Cornidelantero, enseñando las puntas, largo y con cuello, el cuarto fue el toro de la corrida. De una corrida muy ofensiva, de distintos tipos y edades, que tuvo buen fondo de clase en varios de sus ejemplares, una virtud condicionada en ocasiones por su medida fortaleza. No fue el caso de 'Destilado', que enseñó y cantó sus virtudes desde su aparición en el ruedo. Humilló de salida, se arrancó con alegría al caballo y galopó en el segundo tercio. Bolívar no perdió el tiempo en probaturas y se puso a torear en los medios, directamente, sobre la mano derecha.

La primera serie ya tuvo ligazón, pero las siguientes, con el torero dando tiempo al astado, llevándolo suave, sin obligarlo, y dilatando el muletazo, además de fluidez, hubo encaje y asentamiento. Creció el trasteo por el pitón zurdo, por donde cinceló la serie más rotunda de una faena rica en matices y bella en expresión. A la altura del enclasado astado de La Palmosilla. Se fue detrás del acero con mucha verdad y la oreja no admitió discusión.

Menos opciones le dio el cinqueño que abrió plaza, largo y fino, que tuvo intención de embestir, fue pronto y codicioso, pero esas cualidades no estuvieron acompañadas de la fuerza. Bolívar intentó aliviarlo primero, pero el toro, como era bravo, no quiso nada por arriba, y cuando lo exigió por abajo, claudicó. Complicada ecuación.

Hubo otro toro con calidad, el tercero, largo, muy serio. Cornidelantero y astifino, al que Rafael Serna cuidó en varas porque se percató de que el animal colocaba la cara y se empleaba en los engaños. Cuando el joven torero acertó a darle tiempo mediada la faena y por el pitón izquierdo tiró con suavidad de la embestida, surgieron dos o tres naturales de excelente dibujo, pero en el regreso a la diestra aquello se difuminó. Saudó tras buena estocada. El cinqueño sexto fue un toro grande y fuerte, nada 'sevillano', que se quedó sin picar y resultó complejo de trajinar, y más para un matador con apenas seis meses de doctorado que ya ha sufrido varias veces en su cuerpo la hiel de esta profesión. Serna resolvió con dignidad.

El primero de Adame, más bajo y ofensivo, fue un toro enrazado, pero exigente y por tanto, nada fácil. Un toro de esos que entran por los ojos del público, que percibió más la boyantía y acometividad del astado, sin reparar en que rara vez se terminó de escupir de los flecos del engaño. Adame arrancó con emocionantes estatuarios al hilo de las tablas y solventó con oficio y tablas, perdiendo pasos en cada muletazo, esa tendencia del toro a no rebosarse. Mantuvo el tono el trasteo, incluso hubo una serie notable por el pitón derecho. El quinto fue otro cinqueño hondo, rematado y musculado, en las antípodas de lo que siempre ha sido el toro de esta plaza, que planteó complicaciones al torero hidrocálido, quien, sin verse nunca desbordado, tampoco pudo reeditar éxitos pretéritos en uno de sus cosos fetiches a este lado del Océano.