No fue el que patentó el mexicano Pepe Ortiz en los años 30, ni tampoco aquel que estrenó Ortega Cano en Manizales medio siglo después. Este otro Quite de Oro, made in Roca Rey, será noticia durante y después de esta Feria de Fallas. Porque sus tres naturales arrastrando el capote, barriendo la arena del coso valenciano mientras acompasaban la embestida del animal de Cuvillo, son ya uno de los sucesos del abono. Nadie hablaba de otra cosa a la salida.

La cosa empezó como en él es habitual, dando metros al toro y dejándoselo llegar con el capote a la espalda, para, en el último momento, cambiar su viaje en una angustiosa saltillera. Hasta cuatro más hubo antes del remate y, como el toro tenía clase y celo quiso seguir empujando con el hocico la tela rosa. Roca no se fue, le ofreció los vuelos del engaño, sostenido con la mano zurda, y con el compás abierto, muy aplastado en la arena, corrió la mano como si ya hubiera empezado la faena.

Despacio, con la barbilla en el pecho, pulseando la enclasada acometida del astado... Hasta tres veces lo hizo antes de rematar con el de pecho. El público, como si los cojines tuvieran chinches, se levantó como un resorte entre aturdido e incrédulo. Tres naturales de 24 kilates. El inicio de faena también fue mayúsculo. Tres pases por la espalda y una serie reunida y limpia donde ya el animal, por cierto precioso de hechuras, bajo, hondo y con la cara reunida y torera, avisó que su pujanza llegaba a su fin.

Lo más importante es que Roca sostuvo la faena con inteligencia y serenidad. No a cojonazos, sino con criterio para tocar, pulsear y bambolear. Así extrajo muletazos de gran longitud, volviendo a hacer gala de su insultante seguridad, aderezado todo con un par de arrucinas que salpimentaron el guiso. Pinchó en una ocasión antes de otra estocada de rápido efecto, haciéndolo todo el torero, y sumó otra oreja (y otra Puerta Grande) más.

La primera la había cortado de un toro más simple de hechuras, de menos personalidad, al que trató infructuosamente de encelar en los medios. Se agarró arriba Manuel Molina con la vara antes de un ‘pique’ capotero entre El Fandi, que quitó por navarras, y el peruano, que, muy estoico, replicó por caleserinas y gaoneras. Esa misma quietud la aplicó en el inicio por estatuarios en el tercio, prólogo de una labor donde todo lo puso el diestro, porque al animal, pese a su obediencia, le faltó recorrido y vida.

Después de ver tal exhibición ¿Quién diría que vino a Valencia mermado por el percance de hace unos días Andújar? Sólo dejó entrever que es humano con un leve gesto de dolor, cuando los costaleros se lo llevaban en hombros. Qué cosas. Del resto de la corrida merece comentario las hechuras del encierro que vino desde El Grullo. Corto de manos, con remate, variedad de capas, estrechos de sienes en su mayoría. Tuvo además el denominador común de la nobleza y casi todos apuntaron buena clase, pero en general le faltó al envío motor para terminar de desarrollarla.

El toro más completo fue el corrido en cuarto lugar, más basto, que cumplió en varas y al que El Fandi adornó el morrillo con facultades en banderillas. Apunto calidad en el inicio de rodillas en los medios del torero, y luego embistió con recorrido, clase, ritmo y humillación. Hubo muletazos de largo trazo en una faena in crescendo, con fases de toreo limpio y hasta despacioso, pero sin la rotundidad que demandaban las excelsas embestidas del ‘cuvillo’. Por eso solo cortó una oreja.

Con dos largas cambiadas en el tercio había saludado El Fandi al primero, que embistió al capote con suavidad. Bulló el granadinó por zapopinas en el tercio de varas antes de un desigual tercio de banderillas, sobre todo por la colocación de los palitroques. También de rodillas empezó el torero una faena monótona, de poca sustancia, a pesar de que el toro resultó manejable. Parte del público acabó censurando su labor al torero al final de una obra concluida de buena estocada.

A Manzanares la suerte le fue esquiva en su compromiso fallero. Acapachado, corto de manos, con cuello, el segundo fue un taco de hechuras. Embistió con ritmo y con la cara abajo al capote de Manzanares, que se estiró a la verónica con elegancia. Pero ya entonces blandeó el animal, y ese defecto lo mantuvo luego en la muleta del alicantino, que trató de aplicar suavidad y templanza en cada pase. No volvió a claudicar el animal pero desfondado y afligido, tampoco colaboró con su lidiador.

Alto y largo, estrecho, suelto de carnes, ensillado, sin remate ni hechuras, el sobrero de Victoriano del Río desentonó por presencia del conjunto titular. Salió abanto y empujó sin gran brío al caballo. A la muleta acometió desacompasado, sin ritmo, y con recorrido escaso, siempre montado, sin humillar nunca, sobre todo por el pitón zurdo. Manzanares lo enseñó por los dos pitones y lo despachó con brevedad.