Arrimarse es verbo pronominal que en el toreo es sinónimo de réditos. Y en el examen de su confirmación, ante un encierro que fluctuó en exceso entre romana y hechuras, Juan Leal lo conjugó con prosopopeya. Un ejercicio de valor tan seco, sereno y consciente, como está el torero de lo que cuesta firmar contratos. Lo de hoy le debe servir para arañar unos cuantos. No fue el único argumento. Un toro de gran calidad de los hermanos Uranga, muy en lo del Raboso de los años 80, una nueva oreja de Juan del Álamo (van ocho en diez tardes como matador en esta plaza) y la dedicación sin recompensa de un Escribano que aún dispone de dos cartuchos de Adolfo para abrochar con éxito su feria y refrendar su estruendoso zambombazo de Sevilla.


Fue la tarde de menos quorum de lo que llevamos de feria. Poco más de 13.000 espectadores esparcidos en unos tendidos que parecen haber dejado atrás las inclemencias meteorológicas de días pasados. Fieles a su tipología del tronco de María Antonia Fonseca, pero muy dispares de cuerpos y volúmenes. Con alzada y romana en su mayoría aunque de desigual remate, la corrida de Pedraza de Yeltes fue sin embargo pareja en su comportamiento. Con la excepción del tercero, a todos les faltó raza y empuje. Unos lo manifestaron parándose, otros se defendieron, pero salvo el que abrió el lote de Juan del Álamo (de gran calidad) ninguno acabó de romper. Ese colorado encendido, muy en el tipo de Aldeanueva, fue el animal menos despegado del suelo, de trapío menos destartalado. Y curiosamente, fue el que mejor embistió.


Nada aparatoso, más reunido, ya embistió con ritmo y humillación de salida. Y su temple y suavidad lo comprobó Escribano en un quite, ya con el toro picado. Con la disposición de siempre y el engaño por delante, sin apenas probaturas, Del Álamo se puso a torearlo en el tercio sobre la mano derecha y el de Pedraza hizo el avión. Mejor la primera serie con la derecha, en la que relajó la figura y superior la quinta, sobre la misma mano, más conjuntada y reunida que las anteriores. Entre medias, un breve intento de toreo al natural, por donde el toro, quizá porque el torero lo cerró en tablas, se desplazó menos. Mantuvo el tono en las dos últimas series sobre la mano derecha, se apretó por bernadinas y se fue detrás de la espada para recoger la octava oreja de su carrera en Las Ventas. ¿Le servirá más que las anteriores?.

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Lógicamente, este animal estuvo enlotado con un tanque de 630 kilos. Alto, con cuello, cornidelantero y silleto, que aunque humilló en los lances de recibo se quedó corto en el último tercio, con deslucimiento y complicaciones evidentes. Trató de provocarle y ganarle un paso entre un muletazo y otro el salmantino, pero ni encontró colaboración en el tren de los hermanos Uranga ni respuesta en el tendido. Tampoco la encontró Escribano con un lote de poca chicha. Dos animales nobles y obedientes a los toques, pero de escasa pujanza, con los que el de Gerena se hizo aplaudir en banderillas y respetar muleta en mano.


También respetaron los presentes a Juan Leal en su presentación como matador en Las Ventas. El de la ceremonia, largo, estrecho y con caja, salió muy suelto de los primeros tercios para venirse luego en la muleta al paso, sin celo, y salir desentendido de los embroques. Toro descastado y topón al que el de Arles (que se libró milagrosamente de un seria voltereta al tratar de iniciar faena con una pedresina) muleteó con aplomo y serenidad, a modo de aperitivo para lo que vendría después. Más amplio de cuna, cuesta arriba, largo de viga, de gran alzada, no acabó de definirse de salida y aunque empujó en el peto cortó y echó la cara arriba en banderillas, poniendo apuros a Juan Carlos García y Lebrija.

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No le importaron los precedentes al galo, que se echó de rodillas a esperar a la mole, al que que incluso empujó para delante en una serie muy estimable. El toro, pese a su aparente bondad, se quedaba en los vuelos y nunca terminó de deslizarse. Por eso Juan, consciente de que era el único modo de que la gente saliera hablando de él, decició pegarse un Leal arrimón. La imagen de Ojeda dejándose llegar al pecho los pitones de aquel caballo de Cortijoliva también el día de su confirmación, volvió a cobrar vida en el cuerpo del espigado francés, que sin enmendarse ni rectificar nunca terrenos desvió con muñeca y cojones la embestida del animal y le obligó a hacer ochos en torno a su figura. Sin toros y sin orejas, dejó una gran imagen el confirmante. El único pulso que se alteró fue el de los espectadores.

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Plaza de Las Ventas. 12ª de la Feria de San Isidro. Cerca de dos tercios de entrada. Seis toros de Pedraza de Yeltes, fieles al tipo de su encaste, pero muy desiguales de hechuras y romana. Descastados y de poco fondo pese a la nobleza de algunos ejemplares, salvo el tercero, que tuvo calidad, sobre todo por el pitón derecho

Manuel Escribano, silencio tras aviso y silencio.

Juan del Álamo, oreja tras aviso y silencio.

Juan Leal, que confirmó alternativa, silencio tras aviso y ovación.