Entró sin hacer ruido a un recinto fetiche en su trayectoria y las peñas, quizá con las legañas aún en los ojos, o no lo reconocieron, o padecieron un cuadro transitorio de Alzheimer. Era su ídolo de los 90, con más años y menos pelo, pero con la misma determinación y entrega que antaño. Después de que el correoso primero le sacara el aire, el cuarto, el toro de la corrida, le dejó reverdecer laureles antes de recordarnos, a él y a todos, que Pamplona no es Illescas. La cogida fue dramática, el retorno a la batalla con el rostro ensangrentado y el traje hecho trizas, épico, la estocada y el trance posterior en el que el toro le hizo hilo y lo persiguió por media plaza con los pitones en la espalda, angustioso, y el triunfo final heróico, con las peñas recobrando la memoria histórica y el presidente haciendo el ridículo. Una jornada memorable, un triunfo legítimo y un deseo, casi una súplica final: Que al contrario que los boxeadores, no ponga su título de nuevo en juego.

El cúmulo de sensaciones, a veces enfrentadas y contrapuestas, vividas en el retorno del Rey León a su feudo iruñés, dejó en segundo plano la censurable presentación de una corrida de Victoriano del Río desigual y fea, por destartalada y malhechurada. Su juego además también dejó mucho que desear, pues los hubo deslucidos, desrazados y hasta ásperos. Con los más potables de sus respectivos lotes, El Juli y Ginés Marín estuvieron cerca de cortar una oreja, pero el hipotético trofeo no hubiera maquillado un envío ganadero más propio del adoquinado que del albero.

Pepín ya mostró desde las largas cambiadas en el tercio al primero su actitud de ataque total, pero el animal, bien proporcionado, con cuello, pero de amplísimas sienes, apenas recibió castigo en el caballo, echó la cara arriba en banderillas y a la muleta llegó algo crudo, con la violencia propia del toro sin atemperar. Liria echó las rodillas al suelo para iniciar faena y pasó el primer trance de apuro cuando el animal se le quedó debajo cuando trataba de abrochar el prólogo. La faena tuvo emoción, porque el murciano no renunció a plantarle batalla. Le perdió pasos, le dejó la muleta en la cara y con la inercia del toro dotó de fluidez al trasteo. Faena intensa, sin un momento de respiro, resuelta de estocada atravesada que asomó. Era complicado cruzar con esa cuna tan desproporcionada.

Largo, rematado, más estrecho de sienes, el cuarto no terminó de pasar en el capote, se dejó pegar en el caballo y esperó en banderillas. Brindó Pepín al hijo del maestro Espartaco y comenzó en los medios, con un pase cambiado, una faena de torero enrazado, de gran determinación, al toro más templado y suave del sexteto. Cuando el toro se acabó y se refugió en tablas, el torero lo buscó para concluir faena y tras verse comprometido en un remate pegado a tablas, se echó de rodillas, el toro le sorprendió y prendió por el abdomen.

La caída, espantosa, de cabeza. Liria se incorporó con la ayuda de las cuadrillas, y volvió desmadejado, maltrecho y con una brecha en la cabeza a la cara del toro para volver a echarse de rodillas. Bajos los gritos de ¡Pepín, Pepín! de los tendidos de sol entró a matar, se quedó en la cara, el toro le puso los pitones en el pecho y le hizo hilo por toda la plaza. Se libró milagrosamente de un serio percance. Lidia y actuación épica, no recocida por un palco falto de criterio y sensibilidad. Porque la faena, ni cuando estaba en activo ni en un día especial como hoy, era merecedora de una mísera oreja.

El resto del festejo se cuenta rápido, porque los lotes de El Juli y Ginés apenas dieron de sí. El maestro de Velilla sorteó por delante uno largo y estrecho, de sienes recogidas, con longitud de pitón al que el torero dejó venir para aprovechar su inercia y hacer ver al toro mejor de lo que era, porque parado el animal no tenía recorrido, incluso protestaba con aspereza. Amplio por delante, de pitón blanco y sienes muy amplias, destartalado, de manos altas, zancudo, las hechuras del quinto recordaban a 'lo' de Atanasio. Fue un animal que tuvo nobleza pero escasa raza, que evidenció con su falta de celo. El Juli dio forma a la obra templada, que tuvo grandes registros técnicos y también estéticos, fundamentalmente con la mano zurda. Se pidió una oreja sin el calor que el toro no puso con su comportamiento.

Ginés enlotó primero uno de los toros mejor hechos del encierro que empezó embistiendo con temple pero se acabó enseguida. . El torero le dio sitio, le perdió pasos para dejarlo venir y con esa inercia y buscando al toro antes del siguiente muletazo con un paso en horizontal, dar ligazón al trasteo. Hubo algún natural de exquisito trazo y sobre todo, una sensación de convencimiento que interesó al público. Dos pinchazos antes de la estocada final y un aviso se llevaron una oreja bien ganada. El sexto fue un sobrero manso, que se vino al paso, gazapeando, sin entregarse, incluso dándose la vuelta al revés antes de fugarse a tablas. El extremeño no tuvo opción.