'Crecer' pertenece oficialmente a la segunda conjugación. Pero es mucho más que eso, porque en la vida no existen las conjugaciones. Puede que sea fácil escribirlo en un papel, pero qué difícil es hacerlo en el mundo. Paco Ureña lo hizo en Madrid, entre el barro y el agua, entre los paraguas y el cielo oscuro. 'Crecer' es un verbo que necesita demostración, y el torero murciano la hizo en la primera plaza del mundo. 'Crecer' necesita realidad para hacerse cierto, y ahí está la verdad quintaesenciada e inmutable con la que toreó a dos toros muy distintos. 'Crecer' implica victoria, sobre un miedo, un nervio o una debilidad; 'crecer' entraña mejora en aquello que creímos dominar y también en aquello que no dominábamos. Y ahí está una tarde que debió ser de Puerta Grande rotunda y fue de una oreja. Solo porque a la espada del murciano le faltó crecer un poco.


Les sobraba crecimiento a los pitones de la corrida de El Torero, un lote feo en conjunto, que tuvo al de mejores hechuras en el remiendo de Torrealta que hizo quinto. Una corrida de escasa opción, rayana en el desrazamiento, que no contribuyó a que la aspereza de una tarde como cortina de agua fuese menos. Manuel Escribano aguantó gritos feos y se fue de vacío, tras estar digno, con un lote de prestaciones muy justas. Aún menos de eso tuvo el lote de Iván Fandiño, al que persigue una especie de mala fortuna que le impide regresar a la fogata del cariño de este Madrid que fue tan su casa.


El Madrid que vuelca su entusiasmo todo en los ídolos que él mismo crea, arrojó el paraguas al barro para calentarse las palmas con la consagración de Paco Ureña. Fue en el tercero, un toro en pendiente ascendente, de cara abierta y mucho derrotar que el torero de Lorca, de la que se acordó en el brindis por el terremoto de hace cinco años, se pasó por los muslos, ofrecido el pecho y sepultadas las zapatillas en el limo, como si en la muleta viajase un primor de bravura y nobleza.

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No era eso el toro, sino más bien un peligro a punto de agravarse en cada viaje, y Ureña esculpió con valentía y temple, también con limpieza, una faena importante de verdad. Olvidada del clima y los nervios, olvidada del miedo a la cogida que rondaba. Ureña escribió un 'crecer' hondo en la arena mojada, y la espada se lo desdibujó. Era de oreja aquilatada.


Los pitones del sexto apuntaban al cielo acusativamente y se abrían para no caber en la muleta, pero fue el mejor de la corrida sin ser excelente en ningún capítulo, salvo quizás en el de la nobleza y la prontitud. Ureña entendió que el toro servía e hizo el temple en los tres primeros muletazos sobre el derecho de la faena. Ni una sola probatura. Para qué. Primero la inercia en tres series en las que Ureña fue bajando la mano y el toro se fue afligiendo. Se acercó más el torero, aposentó la planta en el fango y parecía que era el pecho el que citaba, y no la muleta de la que salieron muletazos tan despaciosos como habría sido la Puerta Grande que se le fugó de las yemas al torero, porque esta vez la espada tampoco entró a la primera. Una oreja que podrían haber sido dos.

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Que alguien diga que no es crecer, en la tormenta de agua de Madrid y en la tormenta de retos que es siempre Las Ventas, dar la sensación de ser capaz de abrir la Puerta Grande con veinte muletazos. Y una buena estocada, por favor. Madrid la está esperando.


También parecía que esperaba a Manuel Escribano, pero esperarle para mal. Porque el sevillano, que estuvo digno con el soso primero, faenó entre gritos y juramentos en arameo. Se jugó la vida en un par de banderillas al cuarto, en tablas, sin espacio para el escape; pero más allá del trance, el tendido le hizo poco caso. Iván Fandiño le envió un brindis a El Pana en el segundo, feo, corto de cuello y deslucido por desentendido de las telas. En el quinto, que era un toro de Torrealta de hechuras más armónicas que el resto de la corrida, se quedó sin opción cuando el toro, quizás defendiéndose de la inseguridad que el barro le provocaba en las pisadas, se transformó en un imposible que lanzaba gañafones y no pasaba ni dejaba pasar. El 26 de mayo, Fandiño tendrá una nueva ocasión para el reencuentro.

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Plaza de Las Ventas. 6ª de la Feria de San Isidro. Tres cuartos de entrada. Cinco toros de El Torero y uno de Torrealta, de feas hechuras casi todos, salvo el quinto, y de poco juego. El mejor fue el sexto, noble y con movilidad.

Manuel Escribano, silencio y silencio.

Iván Fandiño, silencio y silencio.

Paco Ureña, ovación tras aviso y oreja.