En treinta días de toros caben muchos tipos de público. Por eso es cada vez más incierto, incluso osado, aglutinarlos a todos bajo un mismo calificativo. De personalidad cambiante, según quien toree, según el día de la semana o la ganadería que se anuncie, lo heterogéneo de su comportamiento convierte su conducta en una de las incógnitas del día. Es igual de arriesgado apostar por el juego de los toros de cada día que vaticinar la actitud de las más de 20.000 almas que rellenan el cemento venteño durante este mes.

Viene esto a colación porque, el Día del Patrón, donde hay mucho 'isidro' y mucho debutante, causó cierta sorpresa la respuesta de la gente a la faena que le planteó al cuarto Curro Díaz. Pomposamente denominado 'torero de Madrid', hoy le tocó la china al de Linares cuyo pecado fue, supuestamente, su falta de reunión en su faena al cinqueño cuarto. Ese toro, corniapretado, bonito pero muy serio, lleno, con un pelaje que apuntaba el goterón de 'Martínez' que aunque sea de modo residual aún pervive en esta vacada, no terminó de desplazarse en el capote y aunque empujó en el primer puyazo metiendo los riñones, su pelea no fue igual en el segundo encuentro.

Tampoco embistió igual por los dos pitones. Se venció sin disimulo por el derecho mientras que por el lado zurdo tomó el trapo con calidad, humillando y empleándose, siempre por fuera, abriéndose después del embroque, incluso perdiendo un tanto el celo a la salida del mismo. Curro tuvo la virtud ¿y el error? de lucir al de Montalvo. Porque, aún siendo un buen toro, si el torero se pone en la pala, nadie ve al animal por ningún lado, pero el torero le dio metros, 'Escandaloso' se arrancó con alegría, y la gente tomó partido por el astado que vino desde Linejo.

Ese modo de embestir abriéndose, esa intención de desentenderse sin terminar de hacerlo, fue lo que dificultó la ligazón y la reunión. Ayer o mañana, le hubieran cantado los naturales, que los hubo y muy buenos, con la expresión que le brota de las muñecas a este torero, y hubieran bramado con los pases del desdén. Bordados. Porque Curro, con sus virtudes y defectos, fue el mismo torero de siempre. Los que cambiaron fueron los de arriba. ¿Qué faltó? que el torero buscara al animal tras cada muletazo, y que el toro se rebosara después del embroque para que los muletazos se hubieran concatenado con más continuidad ¿Qué sobró? la estocada que sirvió de rúbrica, muy caída, a la que se agarraron los voceras para vencer el pulso a la minoría que había valorado la actuación del torero jiennense.

Hubo quizá otro toro mejor, seguramente más completo, dentro del envío de Juan Ignacio Pérez Tabernero. El tercero, otro cinqueño algo más basto de hechuras pero proporcionado, que hizo cosas de bravo desde que salió. Ya tomó el capote con brío, incluso hasta resultar algo pegajoso y aunque salió suelto al sentir el hierro en la primera vara, la siguiente la tomó con codicia, recargando y humillando en el peto. A la muleta llegó con brío, pero puede que el inicio de López Simón no fue el más idóneo. Luego el de Barajas tardó tres series en buscarle la distancia al animal y cuando le cogió el sitio, éste había bajado su empuje. Hubo limpieza en el trazo pero no eco en el tendido, que nunca dio nunca importancia a la faena.

Antes y después ni uno ni otro contaron con material propicio para cambiar el devenir de su tarde. Curro Díaz sorteó por delante un toro serio y fuerte que le dejó mecer el capote con gusto y garbo antes de herir en el muslo izquierdo a Lebrija en banderillas, corneándole en el suelo después de haberle desequilibrado en el embroque. Luego de una apertura preciosa el animal comenzó a defenderse por su escasa fortaleza y abortó cualquier atisbo de lucimiento del torero, que se libró de milagro al entrar a matar, porque el toro metió el pitón por el chaleco. La faena de López Simón al sexto tuvo menos historia porque el toro siempre embistió sin ritmo ni uniformidad.

Entrambos cumplió Ureña el segundo de sus tres paseíllos esta primavera en Las Ventas. Tuvo el murciano el lote de menos opciones porque el primero, que hizo cosas de tener la vista cruzada, no tomó mal los engaños, pero careció del empuje necesario para desarrollar esa buena condición. Hubo una serie con la mano derecha, perdiendo un par de pasos después de cada muletazo, que emergió del conjunto, como sucedería en el quinto, al que ligó otra serie con esa misma mano sin rectificar terrenos, economizando movimientos por la imposibilidad de moverse con normalidad después de que el animal, feo de tipo, alto y destartalado, se le viniera cruzado de salida y le hubiera entrampillado contra las tablas cuando el murciano trataba de tomar el olivo.