El toreo, cuando vacía al artista, duele. Duele porque no sabe cómo, cuándo o dónde volverá a ser. A Ferrera le dolió porque se vació justo dos años después donde ya le había dolido. Con maestría, y una torería sin igual, toreó de forma superior a un toro con el que muy pocos apostarían un duro. Una obra para recrearse justo a esta distancia y aquella altura. Milimétrico. Ureña se adelantó al pasear una oreja con un Victorino de otros matices y aguantó Escribano para torear despacio a otro que embistió al ralentí. Pero eso, lo que se puede hacer con un toro, lo hizo Ferrera.

Había runrún en Sevilla con Cobradiezmos aún en la memoria reciente del público y una terna con una sólida línea argumental. Del primero al sexto, el encierro de Victorino fue una de esas corridas de las que da gusto hablar después del festejo. Sin ser buena, llenó de matices la aparición de cada cárdeno. Pareja de hechuras, sobresalieron por grande el cuarto y por serio el sexto, toda fue reunida de caras, con un punto de alzada, largos pero no aparatosos.

El cuarto salió con muchos pies. Más largo, con caja, de gran alzada y más agresivo de cara, estaba un punto por encima que el resto de la corrida. Ferrera lo lidió sobre las piernas y los brazos para estar más presto que en su rápido reponer. Tumbó al caballo al primer encuentro, mientras que lo durmió en el capote de una forma extraordinaria para ponerlo en suerte al segundo encuentro. De forma inesperada invitó a José Manuel Montoliú a compartir tercio de banderillas.

Emotivo fue el tercio en el que pareó de poder a poder primero el extremeño. Con los palos, Montoliú fue caminando en el segundo par en la misma boca de riego emulando a su progenitor que perdió la vida justo ahí, en el mismo tercio del 9 donde iba su hijo ofreciendo el pecho. Citó, el toro aceleró por él y cuadró en la cara antes de llegar a la segunda raya. Todo fue de verdad. El pitón del toro hizo presa por la rodilla, Montoliú cayó. A los más viejos les tornaron negros recuerdos pero un quite providencial hizo el resto. Tragedia y gloria que se culminó con un par monumental al quiebro de Ferrera. Abrazo y brindis al cielo.

El toro tenía guasa. Ferrera estaba dispuesto a apostar donde nadie lo veía. Por el derecho se volvía sobre las manos y por el izquierdo reponía. La firmeza de plantas era de admirar. Un encuentro toro y torero emocionante. Así, Ferrera calibró la colocación, la altura y la distancia -las tres variables del toreo- a base de tocar todas las teclas. Muleta más adelantada o más retrasada; con el estaquillador medio o alto; más en línea primero y cerrándolo después. Ferrera consiguió retrasar la muleta y torear a media altura en la tanda con la derecha que rompió la faena e incluso relajarse y echar los vuelos para torear con gusto al natural a un Victorino al que muy pocos son capaces de torear así, con eso ingrávido que es el alma. El público vivió en pie el final. Sonó un aviso antes incluso del encuentro con la espada que quedó un punto trasera. Tardó el animal en caer sin necesidad de descabello y la oreja fue a la vez premio y reconocimiento.

Con el primero ya había deleitado en el primer tercio. A la postre fue lo único porque en la muleta se frenó después de la primera tanda. El de la A coronada fue aplaudido de salida por su seriedad acompañada de unas buenas hechuras. Como el cuarto, este también derribó a José María González que firmó un imponente tercio de varas. Se lució con el capote Ferrera con unas personales verónicas cruzando la boca de riego. Compartió palos con Escribano en la que fue, también, su vuelta a Sevilla. Después todo se evaporó. El toro se rindió y Ferrera se creció. Así fue como se metió en los terrenos del toro mientras este retrocedía. Incluso los pitones rozaba la chaquetilla en un alarde de valor.

No se empleó el segundo en el caballo. Iturralde marcó perfecto arriba, antes de que Ferrera volviese a personarse para sacar al toro con un quite a la antigua usanza. Paco Ureña se había gustado a la verónica antes de brindar al público. El toro acortaba, mientras Ureña quería alargar el muletazo. Ahí llegó cuando encontró el momento de apretarlo sobre la mano derecha. Con el toro en el canasto, toreó a pies juntos, dando tiempos al toro. Gustó en Sevilla su toreo clásico. La rúbrica fue un espazado que puso en pie al público que le brindó una oreja.

De Victorino salió el complicado, el que piensa, el que mira y el que embiste despacio. Este fue a parar a un renacido Manuel Escribano en su segunda corrida después del milagro de Alicante. No fue fácil salir al ruedo luego de lo que hizo Ferrera. Y el mérito fue ser capaz de dejar los vuelos con el estaquillador a la altura del albero, esperar a que metiera la cara y tirar de él, por momentos, muy, muy despacio. Además hubo reunión. Gateaba Mudéjar con el son y la nobleza de lo mexicano. La estocada, un punto desprendida, no sirvió para tumbar al toro que precisó de un descabello. Ovación cerrada en el arrastre y de consolación para el sevillano que tenía un trofeo cortado.

Dentro del interés de una corrida larga pero con argumento, faltó por redondear el segundo y el sexto. Fueron complicados. Si Escribano estuvo ágil para evitar ser prendido por el segundo, no lo pudo evitar Ureña que vio como el serio pitón del que cerró la tarde le atravesó la banda de la taleguilla con la suerte de quien está en racha.

Tres horas después de que saliera el primer cárdeno por la inmensa puerta de chiqueros de Sevilla se mantenía el runrún con el que había comenzado el festejo. Tres valientes con tres historias que giran entorno a Sevilla habían dado lo mejor de sí mismos. Pero hubo uno que hizo eso que se puede hacer con un toro.