Un torero nuevo y un toro que defendió el honor de su divisa dieron argumento al festejo dominical en Las Ventas. Una oreja controvertida la obtenida por Francisco José Espada, pero justa si nos atenemos a la petición y por qué no, a los méritos que acumuló el fuenlabreño durante la lidia. Claro que pudo estar mejor. Pero ateniéndonos a su rodaje y sus años de alternativa, su obligación es estar como estuvo. Ojalá que este premio se traduzca en contratos que sirvan a este joven torero para seguir creciendo y avanzando en la profesión.

El encierro de Ibán respondió a su fisonomía. Toros largos de viga, finos de cabos, estrechos, zancudos y generalmente ofensivos, que ofrecieron juego dispar. Emergió por encima del resto 'Mexicano', el primer toro de Espada ya mencionado, si bien tanto Aguilar como Sergio Flores tuvieron un toro dentro de sus respectivos lotes que apuntó cosas buenas sin poder terminar de desarrollarlas. Cosas de la raza. Los otros tres astados que completaron el envío resultaron muy deslucidos.

Espada tuvo suerte doble en el sorteo. Primero por enlotar al astado del premio y luego porque la fortuna le deparó a Justo Polo en el palco, un presidente coherente, que tiene la virtud principal para llevar las riendas de un espectáculo taurino: Sensibilidad. El citado 'Mexicano' fue el toro más basto del encierro. Alto, voluminoso, de mazorca gruesa. Ya de salida embistió con ritmo y a la muleta acometió con prontitud y repetición. Dentro de su buena condición tuvo un defecto, que no terminó de escupirse de los vuelos, pero fue un excelente colaborador para su matador.

Espada puso, primero de todo, actitud. Compromiso. Quizá motivado por el viento, la faena tuvo una una estructura irregular, sobre todo en la elección de terrenos, pero el torero madrileño enseñó a la cátedra su buen trazo. Hubo fases ciertamente lucidas, como una serie con la derecha, rematada con un precioso cambio de mano, y otra por el mismo pitón, concluida con un pase por la espalda, casi circular. Media estocada en la yema y la espectacular muerte del toro desataron una petición mayoritaria que el presidente convirtió en oreja.

El sexto fue otro cantar porque después de blandear en los primeros tercios llegó a la muleta con genio, defendiéndose y derrotando al final de cada pase. Hizo un esfuerzo Espada con un astado cuyas complicaciones se hicieron más evidentes al entrar a matar. Regresaba Sergio Flores a Las Ventas, plaza de la que se despedía, al menos en San Isidro, Alberto Aguilar. Éste sorteó un toro muy complicado por delante y luego al menos pudo disfrutar de la transmisión del cuarto en dos series emotivas sobre la derecha, antes de que el toro se viniera a menos.

El mexicano por su parte muleteó con convicción y compromiso al segundo, esperando mucho a que el toro metiera la cara, tratando siempre de prolongar la embestida, empujándolo para delante y buscando el pitón contrario para que el animal repitiera. La obra tuvo más fondo que eco y más aplomo que reconocimiento. Luego el quinto fue un toro desagradable, que acometió con la cara suelta y tendió a derrotar al final de cada pase. Flores porfió durante largo rato aún a sabiendas que allí había poco que rascar.