Tres cualidades pueden hacer a un torero y salvar cualquier tarde: fe, raza y ambición. La inteligencia, como suma a estas tres virtudes o como factor desencadenante de las mismas, además provoca que todo lo que surja en el ruedo tenga sentido e importancia. La Puerta Grande de Ginés Marín en Valencia puede analizarse desde el punto de vista del toreo -la faena al tercero fue de superdotado- y de la eficacia para cortar la oreja que le faltaba con una conexión máxima con el público.

La tarde había cogido una deriva peligrosa. Los dos primeros toros, sobreros incluidos, habían llenado una hora del espectáculo entre el abotargamiento general que hacía recordar otros infaustos festejos. Ahí fue cuando salió el tercero y Ginés Marín tomó las riendas. Con un principio gitano, la tarde se tornó en esperanza cuando el joven extremeño llenó el ruedo con su expresión dentro y fuera de la cara del noble 'Ojeador'.

Y creció con el quinto que sacó al Cayetano de toreo más puro y valiente. Otra vez Valencia demostró que está más que capacitado para los grandes puertos que se avecinan este año. Cayetano recuerda a sus orígenes: la fuerza de Rivera con una porta gayola de hinojos o el guiño a Ordóñez con esa forma de expresarse en una tanda a pies juntos al natural, ofreciendo el pecho, que fue simplemente para guardar.

La contra fue para Enrique Ponce en su vigésimoctavo año como matador de toros en su plaza fetiche. No tuvo suerte ni con el mastodonte que hizo de sobrero que superó con creces las seis toneladas ni con el parado cuarto dentro de una corrida que si bien estos no sirvieron, sí lo hicieron con nobleza y calidad el tercero y el quinto.

Ginés Marín levantó los primeros aplausos de la tarde con un buen saludo capotero, perdiendo pasos y ganando terreno. El remate con el capote vuelto fue de nota. El de Juan Pedro tenía la cara hacia adelante, enseñando las puntas, con seriedad. Largo de cuerpo y fino de cabos. Cargó la muleta en la mano izquierda para sacárselo por la espalda en los medios y empezar a torear al natural. Gran fijeza y movilidad la de este tercero con el que el extremeño toreó con gran seguridad y firmeza. Tiene torería, además, toreando en la cara del toro y en las salidas mirando al tendido. Marín tuvo inteligencia para dominar los terrenos y las alturas. Con la mano izquierda dominó el concepto del temple y la largura del trazo. Remató con un espadazo, cortó la primera oreja del festejo y dio la vuelta al sino de la tarde.

Con la divisa amarilla y negra de Parladé salió otro toro bien presentado, con cuajo y abrochado y muy astifino de cuerna. Marín se quedó inmovil en el tercio para recibirlo por estatuarios para después ganar terreno hacia los medios sobando con la muleta el lomo con mucho temple y gusto. Tuvo inteligencia para extraer todo lo que tenía el sexto y, además, la capacidad para trasmitirlo al tendido. El cierre con bernardinas cambiando la trayectoria en el último suspiro y un espadazo sin puntilla provocó que el público pidiera la oreja que le faltaba para salir en hombros.

El quinto tuvo aspecto serio pero de muy buenas hechuras, corto de manos y cuajado. No perdió su oportunidad Marín de hacer su quite mientras que Cayetano solo pensaba en cuidarlo para que le diera todo lo que apuntó el toro en los primeros tercios. De rodillas lo recibió en el tercio para comenzar una faena que se basó en la entrega total con destellos de buen toreo. Acompañó la movilidad, con clase y nobleza, y una prontitud que ayudó a una labor larga y sentida. Todo fue pundonor, raza y amor propio lo que hizo explotar la faena con la cima de una tanda al natural a pies juntos. Cayetano logró una de sus actuaciones de tono artístico más altas que, además, remató volcándose en el morrillo para dejar uan gran estocada sin puntilla.

Tardó una eternidad en salir el segundo con Cayetano postrado a porta gayola. De perfecta ejecución hacia el lado derecho para después torear a la verónica con el toro repitiendo en los medios. No sirvió de nada, pues se fue para atrás. Bastote de hechuras, el sobrero de Vegahermosa, desarrolló sentido en cuanto se quedó solo con Cayetano. Siempre midiendo, metiéndose por dentro, con la cara suelta. Cayetano intentó alargarle la embestida pero cuando se puso para el toreo por tandas fue imposible. Abrevió y terminó con el sobrero lo más dignamente posible.

El reseñado como primero volvió a los corrales después de que el presidente sacara el pañuelo verde por su falta de empuje. En su lugar, salió un auténtico tío de 645 kilos, muy hondo, corto de manos, amplio de casa y muy serio de cara. Empujó en el caballo pero tras el primer encuentro se pegó una costalada en forma de voltereta con el espinazo doblándose en la arena. Enrique Ponce administró las embestidas que ofreció en el tercio, siempre a media altura. Faltó trasmisión aunque con la virtud de la fijeza para que la faena tuviera más conjunción. Ponce remató al primero bis con un certero golpe de descabello.

Bueno de hechuras fue el cuarto, con cuello, recogido y bonito de cara con la presentación exacta para una plaza como Valencia. Ponce lo cuidó en los primeros tercios y le descubrió los caminos en los primeros compases de la faena: le sacó de toriles al tercio de capotes con un suave movimiento y quiso que rompiera hacia delante... pero cuando los mimbres estaban ya preparados, el toro decidió echar el freno.