Terminada la corrida, algunos aficionados viejos de Madrid recordaban lo que que sucedía en las talanqueras. No es Las Ventas lugar para rendir homenaje a esta fiesta tan dura y tan anacrónica, y desde luego esperamos que no sea tan desafortunada como lo ha sido hoy. Una corrida de toros de Saltillo (herrados con el pial de Moreno Silva) con mucha mano izquierda en el reconocimiento que ha sido muy mansa, descastada y casi siempre con peligro. El tercero, con el que José Carlos Venegas escuchó los tres avisos, un manso de libro muy peligroso, avisado y que venía arreando siempre volviendo grupas, se quedó sin picar y por ello, y con el Reglamento en la mano, tendría que haber sido condenado a banderillas negras. Sí lo fue el imposible e ilidiable cuarto, con el que esta vez sí sacó el pañuelo rojo el presidente, un astado que desarrolló sentido nada más salir al ruedo.


Con el máximo respeto a cualquier ganadero de bravo, lamentamos afirmar que el glorioso nombre de Saltillo ha echado un borrón, no sabemos ya si imborrable, en la plaza más importante del mundo. Fea y sin hechuras, alta estrecha y huesuda, la corrida de Saltillo sólo fue reconocible en su encaste por el pelaje. Un encierro que en nada se pareció a los dos toros que lidiaron Sánchez Vara y Venegas y en este mismo escenario en septiembre. En las antípodas de aquello, la de hoy fue una corrida mansa, sin raza y que desarrolló sentido en muchas ocasiones.

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Anovillado, playerón, con la cara abierta, astifino, y sin el trapío mínimo para Madrid, el tercero fue un manso de libro que se venía al paso, sin obedecer a los toques y desarrollando en los primeros tercios. Que huía de los capotes, que también huyó al sentir el hierro de la primera vara, y que arreó al picador de puerta de nuevo para salir en estampida. Arreó fuerte huyendo siempre con peligro volviendo grupas. En esas circunstancias, se quedó sin picar y llegó entero a la muleta. Porque el presidente no tiró de Reglamento para condenar al toro a banderillas negras. Eso es lo que debiera haber sucedido. Pero lejos de eso, el astado llegó con mucho peligro a la muleta de Venegas, y ya en el primer envite por el pitón derecho se le vino al pecho de forma criminal. Fue imposible torear. Cero posibilidad. Aún así, lo intentó el torero, que además terminó escuchando los tres avisos porque el animal no humillaba y era imposible de matar. Pasó enormes apuros Venegas, hasta que sonaron los tres avisos. El público de Madrid en pie le ovacionó por pasar ese innecesario trago con un toro semejante.


Con cuerpo pero con menos cara, algo degollado y de lomo recto, el sexto se quitaba el palo echando la cara arriba en varas y derribó al caballo en un arreón de manso y que en el último tercio pasaba tirando cornadas y sin meter la cara. En viaje corto y andando, por el izquierdo reponía sobre las manos, echando la cara arriba. Venegas puso voluntad aunque de nuevo no tuvo opción.

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Bajo, abierto de cara y astifino, el cuarto desarrolló mucho sentido ya en el tercer capotazo, en el que se le vino al pecho a Sánchez Vara, teniendo que tomar el olivo. Tampoco se dejó picar este toro, y esta vez sí, con acierto, el toro fue fogueado. Sembró el peligro entre los subalternos, hacidendo hilo con muchos pies y cortando el viaje. Así llegó a la muleta de Sánchez Vara, que se las vio con un toro imposible de lidiar, peligroso y avisado. Lo intentó el torero, que enseguida hubo de desistir. De lomo recto, estrecho de sienes, vareado y degollado, el primero fue muy bajo de raza, soso y sin humillar. No se entregó el Saltillo en los primeros tercios. Sánchez Vara ordenó a la cuadrilla poner banderillas, vistas las condiciones del astado. Su falta de raza le hacía salir con la cara alta y sin emplearse en la muleta. Sánchez Vara lo solventó con oficio y lo intentó sin poder obtener rédito.


Correcto de presencia, astifino y abierto de cara, el quinto se emplazó de salida y apretó pero protestó el hierro en varas. Humilló, se repuchó y escarbó en el segundo puyazo. Arreó al hombre desarmado, como toda la corrida. César del Puerto lo sacó al tercio toreándolo por bajo y Juan Ramón Sánchez lo picó en lo alto en buenos puyazos siendo ovacionado. Manso a oleadas, el animal llevó siempre la cara por encima del palillo. Aguilar se plantó con firmeza, le puso la muleta por delante y aguantó esas oleadas extrayendo tres tandas con mucho mérito. Oleadas que generaron emoción aunque el toro nunca humilló. Fue imposible por el izquierdo. Hubo esfuerzo del torero en hacer que no se parara y que pasara. Estuvo cerca de cortar una oreja. Pinchazo, estocada y dos descabellos. Saludó una ovación..


Largo, con hueso, estrecho de sienes, degollado, vareado y fino, el primero huyó al sentir el hierro y fue fatalmente picado. Tiró cornadas y se repuchó mucho y fue complicado en banderillas. Humilló e iba largo pero perdía el celo al final de cada pase, y había que ir a buscarlo. No admitía violencia ni distancia corta por el derecho, que fue peor. Tendió a reponer a la altura de la cadera. Mejor por el izquierdo, aunque sin rebosarse nunca, el madrileño le tuvo que ganar un paso en cada pase. Difícil de ligar por el izquierdo al ir apagándose y perder el celo. Se vino muy abajo tras la tercera tanda. Hubo oficio de Aguilar, que dio naturales estimables aunque sin ligazón. No estuvo acertado con la espada..

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Plaza de Las Ventas. 26ª de la Feria de San Isidro. Toros de Saltillo, herrados con el pial de Moreno Silva, Feos y sin hechuras, altos, estrechos y huesudos. Mansos, descastados y casi siempre con peligro. Imposibles los peligrosos tercero y cuarto, que fue condenado a banderillas negras.

Sánchez Vara, silencio y aplausos.

Alberto Aguilar, silencio tras dos avisos y ovacion.

José Carlos Venegas, ovación tras tres avisos y silencio.