Con dos toreros en la cama, un tercero que se queda a solas en Madrid con una papeleta dificilísima y una fea corrida de toros anunciada como novillada, algo falla si contamos la tarde como otra más. La segunda novillada de San Isidro nos obliga a pensar. Si esta, con todos sus condicionantes no genera grandes titulares y novela, estamos haciendo mal las cosas a nivel social. Quizás sea que ya estamos acostumbrado a la herida, o que ya no distingamos a tres adolescentes de tres hombres cuajados.


Aceptando que lo de hoy fue una novillada, esta tuvo unas hechuras que no vieron las figuras de décadas pasadas en la misma arena. Se le hicieron cosas que entonces hubieran causado estupor y hoy pasan por ser cotidianas. Por ejemplo, algo falla si contamos la faena de Luis David Adame como algo cotidiano. Porque en su debut en Madrid estuvo cumbre y aguantó en el ruedo con el gemelo izquierdo atravesado por el pitón de su novillo. Minutos antes Filiberto se había seccionado los tendones de su mano izquierda. Ambos percances dejaron en solitario a Juan de Castilla con hasta cuatro novillos. El novillero colombiano aguantó, resistió la tensión de la tarde, venció a su evidente fatiga y cortó una oreja que premia su indudable entrega. Hay que ser muy hombre para superar una tarde así. Juan, solo y frente a la misión de complacer a Madrid salió ganador de una novillada mansa y dura de El Montecillo.


Juan de Castilla volvía a Madrid un año después de su aclamado debut con un novillo mejor hecho que sus hermanos. Eso sí, tan manso como muchos de ellos. Esa condición fue la que dio importancia a su faena, pues el colombiano consiguió encauzar al animal y sujetarlo en la muleta. Valiente, aguantó las coladas y lo rebrincado de este 'Montecillo'. Larga faena cerrada con una voltereta y un estoconazo -el primero de varios esta tarde-. Su particular encerrona comenzó dos turnos más tarde, en el cuarto, con sus dos compañeros en la cama del hospital. A ellos les contarían que este ejemplar fue el peor, por deslucido, de los seis. Solo tuvo trapío, el de un toro, porque de condiciones estaba vacío. Aún así, pasó largo rato De Castilla, como si fuese su último cartucho. Un esfuerzo hasta excesivo vista la imposibilidad de lograr nada tangible. Quedaban dos y la tarde ya pesaba.

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Manseó, otro más, el quinto en su encuentro con el caballo. Habría de ser luego el de más opciones por la emoción que tuvo. Su genio le sirvió al de Medellín para onectar rápido con los aficionados. Primero en dos tandas de derechazos bien trazados y con el inteligente planteamiento de aprovechar la movilidad del animal en distancia larga. A partir de ahí, al natural. Fijando primero al novillo, pelín gazapón, y con transmisión luego por el pitón izquierdo. Fue faena de torero macho, no de un chaval que usa abono joven. En el tercio, aguantando cada embestida, siempre con el peligro de saberse lo que se dejaba atrás. Así hubo naturales buenos, por abajo, de esos que evocan poder en la muleta. A esas alturas a Juan de Castilla el esfuerzo ya se le notaba, quizá por ello alguna intermitencia. Pero con gran mérito, de eso no cabe duda. Como tampoco la hubo al tirarse a matar. Otra vez certero, rozó una oreja y dio una vuelta al ruedo.


El premio numérico llegó en el sexto. Una oreja que vale por sus cuatro faenas y que podría significar 'misión cumplida'. Fue faena de dos mitades, descontando el intento de saludo en los medios capote a la espalda que abortó 'Perezoso', otro 'toro' de tres años hecho cuesta arriba. Sacó lo mejor por calidad el pupilo de Paco Medina en tres tandas de buen viaje por el pitón derecho. Sin embargo, su condición de manso le limitaba el recorrido al ir hacia afuera y le hacia apretar hacia tablas. A partir del cambio al pitón izquierdo, comenzó a acabarse. Le dibujó una cornada en la axila al torero colombiano y ya no dejó de medirle y buscarle. El novillero, ya todo corazón, le aceptó la apuesta y aguantó en un esfuerzo agónico. Tanto fue así que tras volver a sacar nota en la suerte suprema, llegó el trofeo. Hacía justicia.

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La otra oreja la había paseado Adame, de nombre Luis David, que se presentó en Madrid para decir que no viene a ser el hermano pequeño de un torero querido en la capital. El brindis fraternal vino luego de un recital de toreo de capote -excelente el quite por chicuelinas, de esas de mano baja, y no menos lucido el galleo anterior-. No faltó, claro está, una portagayola resuelta con habilidad. No sabemos lo que diría Luis David a José en ese diálogo, pero sí lo que le dijo a los presentes muleta en mano: 'Vengo para ser figura'. Desde el principio condujo bien las embestidas del tercero, que tendía a derrotar. Tanto fue así que en uno de esos 'cabezazos' atravesó el gemelo izquierdo del novillero mexicano. Con la pierna abierta y un torniquete que no impedía el paso de la sangre, Luis David Adame firmó tres tandas soberbias, corriendo la mano con una relajación en el trazo que parecía incompatible con el percance. Aguantó como un tío en el ruedo y una estocada a la segunda le valió una oreja. Quiso pasearla incluso, a sabiendas que ya no iba a volver. Las Ventas ya le extraña. La cita del lunes próximo tendrá que esperar si impera la lógica.


Filiberto se retiró a la enfermería con los tendones de su mano izquierda seccionados. Fue el mayor peaje que pagó en una tarde dura para él y que arrancó con un novillo feo, manso y peligroso. No tenía opción y aún así insistió el murciano. En su ímpetu por evitar los tres avisos a los que parecía encaminado dadas las dificultades para estoquear se cortó la mano con la espada. Y se marchó, dolido y resignado, sabedor de lo que le espera.

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Plaza de Las Ventas. 11ª de la Feria de San Isidro. En torno a tres cuartos de entrada. Seis novillos de El Montecillo, feos de hechuras, con trapío de toro en muchos casos. Mansos y peligrosos en su mayoría, el quinto exigente y con fondo, ovacionado.

Filiberto, silencio tras dos avisos en el único que lidió.

Juan de Castilla, ovación, silencio, vuelta al ruedo tras aviso y petición y oreja.

Luis David Adame, oreja en el único que lidió.