Cuando el toreo se ampara en cuentos, es que hemos perdido la capacidad de sonrojo. Color leve tirando a rojo que denota tener vergüenza. Todos. Nos incluímos. La carroza de Cenicienta para el minuto o noche de gloria de la pobre sirvienta, resultó ser calabaza. Una fea calabaza con tres toros, los últimos, que sabrán los que los aprobaron por qué los aprobaron. Tenían trapío y hechuras de toro de lidia sólo en las mentes de los que levantaron el pulgar. Ellos sabrán por qué. Carruaje para fiesta a las doce de la mañana; horrible calabaza a las siete de la tarde. Escenificando sin sonrojo el falso minuto de gloria concedido a hombres toreros que la lidiaron con una dignidad sin mácula: Pinar, Venegas, Gómez del Pilar.

Y que nadie use la demagogia como argumento: nadie sabe el sabor hasta que no se cala el melón, es cierto, como que fue mansa en grado superlativo, no toreable al uso actual. Pero dar calabaza por melón es un truco de cuento. Hablemos por derecho para recuperar el sonrojo: presencia de toro de lidia, el segundo. Primero y tercero feos de una corrida normal. Los tres últimos, certificado de garantía de que todo vale. Pues, vale la calabaza como melón y el pulpo como animal de compañía.

El primero fue basto por grande y huesudo, bizco exagerado del izquierdo. El segundo hondo y bien hecho. Tercero muy ofensivo y cuesta arriba. Para que saliera un cuarto indescriptible, huesudo, de cabeza desproporcionada y amplia cuna; quinto basto, grande y sin cuello y sexto, cuesta arriba, grande y sin perfil alguno. Por dentro llevaban un fondo inagotable de mansedumbre para emplazarse, huir, salir escupidos de los petos, guardándose los tres primeros todos todo el poder y los últimos sin guardarse nada. Tenían alergia a los trastos. Que ningún lector se exceda al interpretar lo que aquí no se escribe. La condición no la ve nadie. La presencia, sí. Luego, vista la condición de toros no aptos para el toreo de hoy, es inaudito que se aplique a esta condición las formas del toreo para toros de otra condición.

Admitida la posibilidad de la mansedumbre, incluída la de hoy, no podemos pedir la cuadratura del círculo. Si el toreo es múltiple y vario, si queremos que los toros sean varios y múltiples, incluso los de hoy, demandar un toreo de quietud sobre las piernas y movimientos de brazos a este tipo de toros, es un una sinrazón. Admitamos que se les camine, se les castigue, se les pueda sobre las piernas, en movimientos toreros de poder y majeza. ¿Toro de condición de antes? Pues toreo de formas de antes. Y con el toreo de ahora, el de hoy, el de dar celo, colocarse bien, poner la muleta perfecta, tirar el trazo… Rubén Pinar dio una dimensión de capacidad y valor natural de un calibre grande. A un toro de poder escondido, al que había que llegarle mucho, incierto, reponedor, manso con genio. El cuarto ni le permitió demostrar eso, simplemente manseó a la espera de su final.

Cómo se libró Venegas de la cornada en el segundo es respuesta para los mayas. Los arreones en la corta distancia, las oleadas tirando el pitón de afuera por dentro, las huidas hacia los adentros arrollando. El quinto camino de lado como deseando tener siempre las tablas cerca sin poder ligarle dos pases. Hablar de mérito en tiempos donde la palabra mérito ha perdido mérito, es quedarse muy corto. A portagayola fue en el tercero Gómez del Pilar, haciendo ascos el toro al irse a la Patagonia. Manso escurridizo quizá para banderillas negras, fue toro de oleadas y arreones, cambiante en su ímpetu malo con el que el toreo dio la cara siempre. Si pudo pegarle la larda al sexto, pero, tan afligido de bravura, que se fugó para irse frente a toriles y echarse, como colofón a la tarde.

No se trata de satanizar a la ganadería de Dolores Aguirre. Se trata, simplemente, de afirmar que no todo vale ni todo es toro: no tenia corrida para Madrid. Se la concedieron los veterinarios y autoridad a las doce de la mañana. Hicieron carruaje de calabaza. Escribieron su cuento. Salen seis con las hechuras del segundo y ya pueden tener el mismo comportamiento, que estaríamos hablando de otra cosa. Y saliendo así, permitimos y damos vigencia al toreo sobre las piernas, a los doblones, a andarle tocando los costados antes de matarlos con guapeza y ya nos damos un premio. Las lentejas se siguen comiendo con cuchara y no con palillos chinos. Valoremos la cuchara para las lentejas. Comerlas con otra cosa es hacer el ridículo.

Por cierto. La cordura la puso la afición y el público de Madrid valorando la dignidad de los tres toreros con un comportamiento que honra a la plaza.