El ánimo del que crea nunca pregunta: sabe. Piensa, actúa, inventa... Lo que sea necesario, pero resuelve. Sesuda ciencia. Esta tarde Antonio Ferrera inventó y sólo la espada le impidió resolver. Lo hizo en el cuarto. Como hace unas semanas en Sevilla, en una faena de mente privilegiada a un toro de El Pilar, o hace ya un lustro en este mismo escenario -antes de su hiberno forzoso de dos años- a un manso 'bravo' de Lozano Hermanos en la Goyesca del 2 de mayo. Como aquellas, otra faena inventada a un toro manso y desentendido, que se quedó crudo en varas, al que sólo él vio buen fondo. Anda en estado de gracia y ve toro en todos lados. Enorme su exposición con el de Adolfo Martín, que envió una corrida en el tipo, muy seria y ofensiva, con leña, pero que no fue más allá de ese ostentoso envoltorio. Le faltó transmisión y, sobre todo, poder. Ese inquinoso carbón que suele destilar 'lo' de Albaserrada. Varada sin emoción en las medias tintas de no romper: ni para mal ni para bien, porque los dos más noblones, lote de Bautista mediante, tampoco sirvieron para llenar la escena, al menos, en Madrid. El galo, como Escribano, que se lleva al menos la victoria moral de volver a estoquear una corrida de Adolfo tras el tabacazo de Alicante, fue silenciado.

En esa clásica tarde de silencios que caen fríos y pesados como lápidas, uno detrás del otro, se mecía Madrid. Su trigésima de feria. Descontando ya episodios como hojas de margarita. Antonio Ferrera detuvo el goteo. No había dado 'Chaparrito', ensillado y muy despegado del suelo, con pecho, motivos para ello. La cara siempre por encima de la esclavina. Ni una intención de perseguir los vuelos. Como algunos de sus hermanos, se frenó descaradamente antes siquiera de embarcarse en el viaje. Derribó en el primer encuentro, puro artificio, pues no se empleó debajo del caballo. Tampoco en el segundo. Las de Caín pasó la cuadrilla con los garapuyos.

El último rescoldo de esperanza pareció apagarse en el tercer muletazo del trasteo. Salió de 'naja' el cárdeno en cuanto vio la puerta abierta. Una. Dos. Hasta tres veces buscó la huida. Entonces, logró sujetarlo Ferrera a base de consentirlo y tragar, porque tragó una barbaridad. Cuatro naturales y la trincherilla robados. Arañados. La piel de entre las uñas, en carne viva. Rasgada de arriesgar. Tuvieron enorme mérito. Lo probó por la derecha y también se los acabó pegando. Creyó el torero y Madrid con él. Entró en la faena el tendido con el toro sacando ese fondo de manso 'bravo'. Volvió a la zurda, entregado, hasta relajado por momentos, quizás en exceso, como si fuera dulce la embestida de su adversario y dándole todas las ventajas, cerca de tablas. Nada sencillo. Expuso mucho. El peligro, sordo. Madrid, con su murmullo. Agigantado al perfilarse. Se atisbaba el premio. Otro más para su colección de faenas imposibles. Ciencia en turquesa y oro. Se volcó, pero el acero encontró hueso. hasta cuatro veces. Tizona roma. Y torería de Ferrera hasta para no darse coba saliendo a saludar. Cálida ovación que escuchó desde el callejón tras dos avisos.

Estuvo a punto de sisar de un certero derrote ese gran momento de la tarde el cinqueño -Adolfo volvió a ser fiel, cuatro de seis, a la seriedad del año extra en Madrid- que rompió plaza. Bajo y corto de manos, el animal no pasó en el primer contacto con el capote de Ferrera y lanzó la guadaña directa al vientre. La taleguilla, hecha jirones. Todos los botones de la bragueta en rosario. Ni se miró Ferrera que, en lidiador, bregó con el toro para ganarle terreno en cada lance hasta sacárselo a los medios. La media de remate, un lujo. Gazapeó el toro en los primeros tercios y, tras compartir palos con Escribano con vistosidad, en el último se orientó enseguida. Cada vez se quedó más corto y 'rebañaba' más. Le marcó la cornada un par de veces. No rehuyó la pelea Ferrera y se fajó para probarlo, sin suerte esta vez, por ambos pitones.

En realidad, este primero fue el único que tuvo esa pimienta 'marca Albaserrada'. Le faltó definirse a la corrida. Ni malas ideas mostró. El lote de Juan Bautista, por ejemplo, tuvo una brizna más de nobleza. Dejó estar el entipado segundo, que tuvo bondad, pero le faltó transmisión. Hubo buena técnica, limpieza y temple en las muñecas de Bautista, que se había gustado a la verónica en el saludo, pero tal vez faltó dar ese pasito más para ver por dónde rompía la cosa. Lo dio con el blando quinto, al que sostuvo a base de pulsear la embestida. A media altura aprovechó las quince o veinte embestidas que regaló el toro más enclasado, y también más condicionado, del encierro. Porque la gente, muy a la contra con el toro para entonces, no le echó cuentas.

Manuel Escribano se llevó la victoria moral de la tarde. Más allá del doble silencio que encontró como balance de su tarde. El triunfo quedará en ese paraíso de la memoria. Allí el feliz reencuentro de esta tarde con los toros de Adolfo Martín pesará más que el reguero de sangre por el que se escapaba su vida hace casi un año en las Hogueras de Alicante. Quiso disipar fantasmas en el primer envite el sevillano, de 'Cobradiezmos' y azabache, y se fue a chiqueros. Salvó la portagayola con solvencia y devolvió invitación a Ferrera en banderillas. Hasta ahí. El cárdeno, vareado y alto de agujas, no descolgó nunca. Muy reservón y desentendido por el derecho. Por el izquierdo, ni uno. Imposible. El sexto pareció enseñar mejor condición en los primeros tercios, pero fue un espejismo, porque Escribano acortó las distancias y, en esas cercanías, se acobardó al segundo asalto el 'Adolfo'. De bandera blanca como sus hermanos.