Apenas diez minutos. El tiempo que pasó entre el fracaso y la desidia. Entre la frustación y el triunfo. Entre la gloria y el llanto. El toreo es un misterio ingobernable. Pasiones encendidas que claman por descifrarlo con precisión de alquimista. El toreo nunca fue matemático, ni lógico. A veces tampoco cabal. El toreo es algo que no se cuenta, ni se pesa. El toreo duele en el pecho y en la barriga. El toreo, sí, es de los sentimientos.

Sentimientos como la decepción que llevó a la gente a tomar la bocana de los tendidos para abandonar cuando salió una vez más el pañuelo verde en el quinto. Hasta dos veces consecutivas para el hastío general de una tarde que andaba rumbo de las dos horas en uno de esos días isidriles latosos. Pero fueron diez minutos, esos diez minutos que separaron el cansancio de una corrida infumable del Puerto demasiado bonita para ser de donde procede, del éxtasis de quince muletazos de Talavante con el relajo, la naturalidad y la inspiración con el que se rompe Madrid y el drama de una fuerte cornada a Jiménez cuando estaban a punto de apagarse las luces de la plaza.

Con el 'No hay Billetes', la Corrida de la Prensa reunía de todo el abolengo de una tarde con glamour. La belleza de un tendido en tarde de postín, por ejemplo. O lo excesivamente guapa que fue la corrida del Puerto de San Lorenzo, de hechuras modélicas, baja de manos, con las caras recogidas, para lo que es habitual en este encaste. Y en días de guapos ya saben... tuvieron que llegar los feos para arreglarlo.

No tuvo plaza el quinto, demasiado lavado de cara, lo que despertó a un enfurecido público. No calmó los ánimos el sobrero, de Torrealta, que fue devuelto principalmente por su escaso trapío para Madrid. Un toro del siglo XIX por delante y su nieto, el pequeño, de mitad para atrás. Dos pañuelos verdes y tres blancos después, salió el de Conde de Mayalde hondo, ancho de sienes, cornidelantero. Feíto. Apuntó calidad. Talavante no esperó para torear con la mano izquierda cuando en un cambio de mano la tarde cambió su sino. El destino que acompañaba a los que ya habían desistido y no creían en que en el toreo todo es posible. Los naturales iban a la misma velocidad que iba el toro. Al paso. Naturalidad, inspiración, empaque. Fueron un puñado de muletazos preñados de eso que no se puede cuantificar. A Talavante parece que no le cuesta torear. Le nace. Por eso entregó a Madrid cuando las lanzas estaban en lo alto. El final a pies juntos, con un muletazo superior mirando al tendido, fue el previo a una estocada que hizo rodar a 'Butanero' sin puntilla. La oreja fue un símbolo de victoria contra lo que estaba perdido.

Más bien feo fue el primero, también sobrero, de Buenavista. Este salió por el 'zapato' que tenía que inaugurar la tarde pero de tanto humillar dobló las manos. Era una pintura y apuntaba cierta clase pero ni por bonito ni por bueno se mantuvo en la plaza. Más grandón, hecho cuesta arriba y con cara de 'tío' fue 'Juguetón'. Humilló con fijeza y prontitud en los capotes, virtud que desarrolló cuando llegó a la muleta de Castella. Lo inició por alto pero el toro le pedía ese remate por abajo donde el toro mostró lo bueno que tenía. Le dio su distancia en las primeras tandas. El toro quería venirse y no admitía amontonarse. El francés ligó primero sobre la derecha y después con la izquierda llegó la emoción con la fuerza que da la inercia. Castella, en su necesidad de reducir cada embestida para torear muy despacio, acortó el terreno y ahí la faena entró en un mar de dudas. A lo mejor este necesitaba más espacio. O no era de reducir, sino de inercia. 'Juguetón' fue de premio. La faena no cogió la altura del emocionante inicio y se difuminó con la espada.

El toreo es más montaña rusa que noria. Rapidez y emoción. Los diez minutos terminaron con Javier Jiménez en al enfermería. Esta vez la grandeza dio paso a la realidad. La de un chaval que quería torear. Que se desnudó muy pronto ante un toro que soltaba la cara hasta que lo caló duramente en el muslo derecho. De un bofetón, el toreo nos dio la vuelta a la realidad. Como ya lo había hecho en la parte central de la corrida, cuando segundo, tercero y cuarto parecía abocarnos a un final que parecía estar escrito. El toreo desveló su misterio en diez minutos.