Orillados en un tipo de corridas cada vez más anacrónicas, con la única recompensa de, en caso de éxito, verse anunciados al año siguiente en otro espectáculo de estas mismas connotaciones, entrenan cada día y se enfundan el traje de luces cuando tienen ocasión, sabiendo que hay más posibilidades de defenderse que de estirarse, de torear sobre las piernas en lugar de sobre los brazos, de batallar que de hundir las zapatillas en la arena. Se juegan el pellejo ante un toro de hechuras desproporcionadas y posibilidades inciertas, juzgados por un público cada vez más profano, que en la mayoría de los casos no ha sido educado para entender y juzgar un festejo que contiene otros matices diferentes a los de una lidia al uso. Y cuando triunfan, como esta tarde, en la última de San Fermín, tiramos de tópicos y lugares comunes. Hablamos de heroicidad, de mérito, de entrega... epítetos tan manidos que por exceso de uso, casi ni les damos el valor que tienen.

Por eso, sería bueno que no cayeran en saco roto ni las actuaciones de Javier Castaño y Rubén Pinar, ni el triunfo Rafaelillo en la clausura del abono. Por la importancia de lo realizado y, sobre todo, por el modo de conseguir el éxito y de explicar con hechos que su lucha sigue teniendo vigencia. No se pongan exquisitos analizando la dimensión de los muletazos, ni el número de los mismos por tanta. No era festejo para eso. Más bien tomen en cuenta la longitud de viga de los animales que tenían enfrente, lo desacompasado de sus movimientos y su agilidad para desarrollar sentido. Y sobre todo, sean conscientes del tamaño de sus sienes y sus arboladuras. ¿Se puede reunir uno en un muletazo con semejante cabeza? Y a la hora de matar ¿Cómo cruzas, sabiendo que, además de la envergadura de su testa, lo más seguro es que te tapen la salida? Pues varias de las mejores estocadas de la feria se vieron esta tarde.

Contó el encierro con la tipología típica de este encaste y el volumen propio de esta feria. Es decir, exagerado. Y en cuanto a su comportamiento, tuvo el lote el denominador común de la poca fuerza y, salvo el peligroso tercero, que fue un cabrón con pintas, la virtud de la nobleza, muchas veces camuflada bajo esa endeblez que no la dejó aflorar en su totalidad. Los dos primeros fueron los de conducta más dócil, dentro de las complicaciones de este encaste, mientras el sexto, que además peleó bien en el caballo, fue el de comportamiento más completo. Entre los coletudos Castaño se desenvolvió con gran solvencia, incluso se atrevió a pegar a un 'miura' pavoroso muletazos sentado en una silla, y Pinar fue capaz de correr la mano con temple y destreza al animal más pacífico. Pero Rafaelillo merece mención aparte. Por su despliegue, por su dedicación y por el modo de hacer frente a su lote. Hace falta sentirse muy torero y tener mucha afición para abordar con esa determinación un compromiso que, no lo olvidemos, tiene un porcentaje de éxito sensiblemente menor al de los espectáculos precedentes.

Ya saludó al primero, muy alto de cruz, muy abierto de sienes y sin perfil, con larga cambiada y farol de rodillas. El toro se desplazó en el capote del murciano, que lo empujó para delante sin obligarlo. Tuvo nobleza el animal pero pidió sitio y suavidad porque no le sobraban las fuerzas. Lo administró bien el torero, que empezó de rodillas la faena y destacó luego con la mano zurda, en muletazos de uno en uno, a pies juntos, algunos de los cuales tuvieron su enjundia. Aprendió pronto el animal, que se quedó corto en el último tramo de la faena, sin poder para buscar al torero más allá del embroque, pero sin raza para tirar para delante. Estuvo acertado y centrado el de Murcia, que además remató su obra de una buena estocada. La oreja era de justicia.

Un tren el cuarto. El de más peso de la feria. Largo de viga, pero proporcionado de sienes y pitones. Volvió Rafaelillo a hacer un alarde de arrojo saludándolo de rodillas al hilo de las tablas y lo dejó en la media distancia al caballo, donde el animal se arrancó presto y cumplió en el peto. Volvió a echar las rodillas al suelo para iniciar otra faena dispuesta, siempre con los cinco sentidos puestos en la lidia, porque el toro se tragaba el primer muletazo pero probaba y medía en los siguientes, soltando el cuello y alargando la gaita. Cuando trataba de pegarle un molinete, el astado hizo presa, cogió de lleno al torero y lo lanzó a gran altura. La caída fue muy violenta, pero afortunadamente cayó sentado. Porque si cae de cabeza lo parte por la mitad. Maltrecho y conmocionado, sin la chaquetilla, con un tirante suelto, volvió a la cara del toro para concluir faena sobre la derecha, apretando mucho al toro en una serie importante, con desplante incluido. Pinchó en una ocasión antes de agarrar un estoconazo sin puntilla. Otra oreja de enorme valor. Tanto como el que derrochó el torero.

El segundo 'miura', estrecho y frentudo, asomaba sin estirarse la gaita por encima de las tablas. Se movió desacompasado, echando las manos por delante, en el capote de Javier Castaño. Se empleó en el peto, donde el salmantino cuidó al animal, consciente de su medida fortaleza y su obediencia en las telas. Así se comportó en el inicio de faena, y en las primeras series sobre la derecha en las que el torero castellano le dio sitio y aprovechó la inercia, pero cuando cambió la muleta de mano y se quedó en el sitio para ligar los muletazos, el animal le protestó. Se quedó corto y tendió a defenderse por su debilidad y la faena no cobró altura. La estocada, de museo, animó y justificó la petición y concesión de la oreja.

El quinto fue un castaño chorreado pavoroso. Porque además de su altura y su amplitud de sienes, lucía unos pitones descomunales, de gran envergadura. Lo saludó Castaño andándole para atrás, sin molestarlo ni obligarlo, y así se lo sacó a los medios. Cumplió el toro en las series siguientes y Castaño sacó una silla para principiar faena sentado en la misma. Tragó tela el salmantino porque el animal esperó siempre muy engallado, y en el remate, ya de pie, estuvo a punto de prenderlo. Hubo reposo en ese inicio, incluso quiso abandonarse el torero, que luego lo muleteó con asentamiento sobre la mano derecha, sobre todo en dos series de mucha consistencia y mucho mérito. Porque ¿Cuanto costaba meter esa cabeza en una muleta? imagino que lo mismo que pasar por ese velamen para meter la espada. Pues todo eso lo hizo Castaño sin aparentar sufrimiento, sin hacer ostentación de nada. Con una aparente facilidad pasmosa. Pero el toro no cayó, el salmantino no acertó con el descabello y Castaño se quedó sin un reconocimiento más que merecido.

De enorme alzada igualmente el tercero, zancudo, acapachado pero de amplia cuna. No terminó de pasar el toro en las verónicas de Pinar y en los tercios siguientes alimentó la leyenda de esta divisa, sobre todo en banderillas, donde echó la cara arriba y cortó sin disimulo, sobre todo por el pitón derecho. En la muleta tuvo una embestida corta y defensiva, siempre calamocheante, y sin posibilidad de éxitoLo mejor de Pinar fue la actitud, porque se puso y lo trató como a un toro de otro encaste. Como a un toro bueno de otro encaste. Con la muleta por delante, dejándosela siempre puesta con la intención de ligar los muletazos. Su implicación encontró como única respuesta un seco pitonazo en la barbilla al final de su pelea y otro en la mandíbula cuando trataba de darle muerte.

Cerró feria un 'miura' menos agresivo, largo, pero no tan desproporcionado ni de viga ni de alzada. Anduvo fresco y despierto Pinar en el saludo, incluso se atrevió a gallear por chicuelinas para llevarlo al caballo. Se puso complicado en banderillas porque comió terreno con descaro a los subalternos, pero luego en la muleta fue, dentro de las complicaciones del encaste, el de más opciones. Anduvo listo el manchego, y entre y en medio de un sucedáneo de la marcha Radetzky y ese 'contigo hasta el final' plagiado del repertorio de cánticos del Atleti, Pinar buscó las alturas, las distancias y le pegó pases con talento y limpieza al de Zahariche. Cerró su obra con una estocada entera previa a la concesión de la última oreja del ciclo. Una de las de más fundamento del serial.