Llevamos varios años retirándolo. De manera inconsciente, sí, pero no hay entrevista o reportaje en el que no resumamos su carrera y hagamos una especie de repaso de su trayectoria. Como si se estuviera despidiendo. Durante quince años. Y mientras, él, comiéndose los años con su toreo. Los suyos y los del propio toreo. Lleva tiempo llegar a ser joven, decía Picasso. Ponce lleva 45 de edad y 27 de alternativa intentándolo. Y apenas ha estrenado la pubertad.

Por eso sería de osados hablar del triunfo de esta tarde como un resumen de su carrera, de su salida en hombros como un reconocimiento a su logeva trayectoria, de la Puerta Grande como una compilación de su tauromaquia. Porque hace diez años hubiéramos escrito lo mismo. Hablemos pues de su crecimiento como torero, de su afán de superación, de su incansable afición, de su inagotable talento y de su torería imperecedera. Y afirmemos, con los datos en la mano, que lo mejor de Ponce, aún está por llegar.

Que la tarde iba a ser suya lo supimos desde el momento en que recogió a su primer tanque de Domingo Hernández, hondo y bajo, estrecho de sienes y sin cuello, al que enceló con suavidad, invitándole a tomar el capote sin brusquedad. Hubo también delicadeza en el quite por chicuelinas -soberbio- y en el torero inicio por bajo, pegado a tablas, con la pierna flexionada. Tuvo el toro virtudes, pero también defectos. Porque aunque se movió tendió a salir desentendido del embroque, problema menor para el valenciano, que de modo casi imperceptible (como usan los grandes toreros la técnica), dio celo al animal dejándole la muleta en la cara entre un muletazo y otro. Así convenció al astado, casi sin querer, de que tomase el engaño mientras Ponce corría la mano con la figura relajada, en series que aunaron desmayo, verticalidad y estética. Naturalidad en definitiva.

Llenó la escena luego cuando el toro aminoró su ímpetu. Espació los muletazos, partió las series, dio tiempo al animal antes de un soberano cierre por bajo con la derecha, con la pierna flexionada de nuevo, en muletazos casi circulares. Y Madrid volvió a rugir como lo hizo en la infancia de este torero, cuando los toros de Samuel, cuando los de Atanasio... cuando contábamos en pesetas, cuando los móviles no existían, cuando Raúl aún era del Atleti y Ponce ya era muy grande. Tuvo tanta fuerza su obra y tanto calado, que después de un pinchazo y la tardanza del toro en doblar la petición fue abrumadora. Y la oreja, incuestionable.

El burraco cuarto fue otro toro grande, más suelto de carnes, bajo, muy ofensivo, veleto, casi cornipaso. Humilló en el saludo pero echó las manos por delante y ese síntoma de debilidad desató las protestas de los impacientes. No volvió el toro a hacer amago de doblar las manos pero su acometida fue descompuesta, corta a veces, calamocheante siempre. De nuevo emergió el pulso de Ponce para limpiar los muletazos, su cabeza ordenar una embestida tendente siempre a puntear, su bragueta para consentir al ejemplar hasta desengañarlo primero y para acortar las distancias y, muy metido entre los pitones, enseñándole media muleta, extraer dos series con la mano derecha de gran importancia. El público, que hace años usaba hasta los pies para hacer palmas de tango, demandó una nueva oreja después de otro exquisito cierre por bajo, puesto en pie, reconoció su magisterio.

El triunfo del maestro no debe pasar por alto el comportamiento de la corrida de Domingo Hernández. Porque rompió todas las teorías de las hechuras. Porque se movieron pese a su alzada, su volumen y su romana. Y porque dentro de un envío más que notable -quizá el lote medio fue precisamente el de Ponce- emergió la clase del tercero y la enrazada bravura del que cerró plaza. Frente al primero, que colocó la cara, hizo el avión y se despegó de los vuelos, embistiendo por fuera, con gran humillación, David Mora no llegó a conjuntarse mientras en el sexto, que repitió por abajo, con celo y codicia, el aire no dejó a Varea terminar de confiarse.

Consiguió el castellonense algún natural loable por su largura y profundidad en este toro pero pero sin la continuidad necesaria para que labor cobrara altura. Como tampoco la adquirió la obra al toro de su confirmación, que tuvo nobleza pero le faltó chispa. Anduvo digno el de Almassora. Mora por su parte tampoco encontró eco en el manejable quinto, que respondió mejor cuando el torero bajó la mano y lo llevó sometido. Los dos fueron privilegiados testigos de la exhibición de un joven de Chiva, que volvió a poner La Monumental como el día de su presentación de novillero, hace casi 30 años. Feliz adolescencia maestro.