MUNDOTORO

UN TERREMOTO EN MADRID

por
Marcos Sanchidirán

Invierno de 1978. La tercera generación de los Jardón, con Fernando a la cabeza, continúan con la gestión de Las Ventas. Ya no está don Livinio como gerente, sino que los designios están en manos de Juan Martínez. Ya son más de 50 años con la empresa Nueva Plaza de Toros de Madrid al frente y, tras optar a la primera y única prórroga, la Diputación Provincial de Madrid debe sacar la plaza a subasta.


El concurso es tan sencillo como polémico: el que más dinero ponga encima de la mesa por cada año de gestión se convertiría en el nuevo empresario de Madrid durante cinco años. El suelo estaba en 80 millones de pesetas, más del doble que el canon impuesto en 1968 por lo que los candidatos tuvieron que hipotecarse con socios a los que durante la temporada había que rendir pleitesía con favores.


Nueva Plaza de Toros de Madrid era la favorita: 104 millones cada año, cifra casi imposible de asumir por cualquier otra empresa... excepto por el empresario de la Real Maestranza de Sevilla -con la empresa Taurina Hispalense- que rompió el mercado con 161 millones. Así, comenzaba un nuevo periodo en la historia de Las Ventas.


Diodoro Canorea se convierte en el gran magnate del toreo. Con Madrid y Sevilla a sus órdenes, nadie puede hacerle sombra. También está hipotecado por el alto canon que va a pagar durante ese año: 1979 empieza con unas pérdidas muy difíciles de remontar.


El San Isidro de Canorea está compuesto por dieciseis corridas de toros, dos festejos de rejones y dos novilladas que no contentan a nadie. Desde corridas de poco calado hasta varias de ocho toros con uno o dos rejoneadores por delante. Así lo refleja el diario El País: 'Estos carteles, que hacen buenos a cualquiera de los que montó durante años la anterior empresa, tienen un exceso injustificado de rejoneadores y corridas dedicadas exclusivamente a rejoneo'.


Así analizó el periodista Javier Manzano en las páginas de El País la situación de Canorea en la convulsa temporada de 1979: 'El resultado, sin embargo, abocó a la feria en el pozo de la vulgaridad, lo que se tradujo en un balance de pérdidas millonarias que acabaron por costarle la salud al gerente más famoso de Sevilla. Canorea y sus socios pecaron de un provincianismo superlativo. Los carteles de su primera y única feria nacieron repletos de toreros albaceteños contratados para agradar a los que se jugaban la pasta, al tiempo que se abrieron de par en par a los rejoneadores, poco habituales en Madrid hasta aquel año, en que se reclutó ni más ni menos que a 14'.


No gustó este San Isidro sobre el papel como tampoco lo fueron en todos los avatares que acontecieron, por ejemplo, con la lidia diaria con los veterinarios en los reconocimientos o las exigencias del público que sale malhumorado tarde tras tarde.


Al finalizar la temporada, Canorea anuncia más de 100 millones en pérdidas y no puede continuar. 'Ser empresario de Madrid es lo más difícil que conozco y organizar San Isidro es diez veces más complicado que cualquier otra feria', llegó a decir.


Hasta 1979, Madrid no conocía a otro empresario. Comenzaban los cambios. Canorea fijó el precio único de las entradas con independencia del cartel o suprimió que los toreros también cogiesen la antigüedad en Madrid. En los albores de una nueva década, el capítulo más negro aún estaba por llegar.