Admitido el pulpo como animal de compañía, pasamos a la fase siguiente del animalismo que es llamar toro de lidia a lo que sólo es un exceso. Un exceso inmenso tan cotidiano como no demandado por nadie. El canal de la corrida de hoy termina con el hambre de Etiopía de un año. Un chiste malo, dentro un modelo de tauromaquia donde el toro vive sin respeto, sacado de tipo -ya nos dirán que tiene que ver esto con su origen genético de Salvador Domecq- en lo absoluto. Mentimos al decir que sólo lo está lo de Santacoloma. ¿Se torea peor que nunca? Oigan. 'Nunca' comparativamente a algo. Y si es con el pasado, pongan a este toro en los años de Pepe Luis a ver quién lo torea erguido, ceñido, y reunido y derechito, si cuando acaba al trazo del muletazo, el toro no ha terminado de pasar. Hemos obligado a los toreros a deformar el cuerpo, a pegar pases antes que a torear. Chiste nada cómico y ya asumido, que incluyó otro, no malo, malísimo: retrato de lo que es el paco de Madrid. El presidente sacó el pañuelo verde a un toro por hacer cosas de corraleado. Y otro más que nos retrata: un gran toro de José Cruz fue condenado al grito de '¡Miau!'. Y un tramo inicial de faena de David Mora, mejor que nunca haya toreado, secuestrado también por el 'miau'. Sí. El pulpo es el perfecto, mimoso, gelatinoso y dulce animal de compañía.

Empecemos, por ahí. Por el sainete del palco en el cuarto. Jesús María Gómez, el protagonista... del camarote de Hermanos Marx. Lo logró. Salió 'Opaco' enterándose. Hasta emplazarse en la misma boca de riego. Ni un sólo capotazo le consiguieron dar. Mil y un cites sin éxito. Amagaba o huía, algo nada nuevo. Toros de este hacer luego fueron de premio. Condenatorio para Jesús María, que optó por asomar el pañuelo verde, ante la incredulidad de 16.000 testigos, cuando David Mora pedía que sacaran a los caballos de picar. Un esperpento a la altura de los espejos que deforman la realidad de Valle-Inclán.

Salió un sobrero de José Cruz, la mitad de cualquiera del encierro titular, aunque tremendamente astifino -que se lo pregunten al chaleco de David Mora- con todo su trapío para Madrid, pero el nieto en tamaño de los de Las Ramblas. Además, el de José Cruz embistió pronto, por abajo, exigiendo en distancia y siendo peor en la corta. Se había desmonterado Ángel Otero en banderillas, meritorio, sobre todo, el tercer par dando todas las ventajas al toro. Luego, Mora dejó un inicio de faena delicioso junto a tablas. Muy relajado, con desmayo en algunos de los muletazos, fue ganando terreno hasta sacarlo a los medios. Una trincherilla de cartel. Ahí, le pegó dos tandas en redondo rotundas. Encajado, llevando al toro hacia delante y por abajo. Los remates, cargados de sabor. Se la puso con la zurda y se metió por dentro en el primer natural robándole el chaleco con la punta del pitón. Quizás fue por haber acortado distancias. Estuvo a punto de volver a arrollarlo en el molinete de la serie posterior. A partir de ahí, la faena tuvo idéntico tono, pero no el mismo eco en el tendido. No le echaron demasiadas cuentas al de Borox, quizás aún mascullando el desaguisado del palco.

Antes, había sorteado un toro con cara para Valdemorillo y cuerpo impresionante en pecho, barriga y culata. Tuvo pacífica nobleza cuando no tropezaba los engaños, sobre todo, por el derecho. Por el izquierdo, reponía más y obligó a perder pasos al de Borox. Hubo tres buenos derechazos en la tanda que lo atacó de verdad, pero nunca encontraron continuidad. Lo mejor, el espadazo final. De premios.

Estuvo templado Juan del Álamo toda la tarde con el capote. Verónicas acompasadas y ganando terreno hasta llevar a los medios al ensillado y hondo, de enorme alzada, segundo. Las dos medias, superiores. Se desmonteró, luego, Jarocho en banderillas. Muy torero el inicio de trasteo, con muletazos de rodilla genuflexa del mirobriguense. Más allá de las dos rayas, y a pesar del vendaval, logró ligar las inercias de un toro que, en movimiento, tenía cierta emoción. Imposible, parado, pues punteaba los engaños. Del Álamo consiguió templarle a media altura varios naturales en una labor de largo metraje, pues cayó incluso el aviso antes de perfilarse. Eficaz con la espada, saludó una ovación. Con el quinto, otra mole que salió olisqueando y emplazado -al que paró Jarocho, en estampa añeja- para después escarbar y repucharse no tuvo opción.

Echó el cierre a su San Isidro José Garrido, inmerso en una ecuación de imposible resolución. Cuestión de física. No había forma de 'despejar' el pegajoso gazapeo de un tercero hondo y con pecho, que pasaba, pero cuyo tamaño dificultaba el embroque al pacense -que se gustó antes a la verónica, de pie y de hinojos en el saludo-. No había manera de acabar el muletazo. Menos delante de embestidas a la defensiva y sin celo. Con el avacado y destartalado sexto, que venía siempre caminando entre pase y pase, haciendo una quimera ligarle, optó por abreviar después de probarlo en paralelo a las tablas entre las dos rayas. Silencio en ambos.


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