El toro más completo de la temporada. El que aunó más virtudes en sus hechuras y sus embestidas, el que mejor equilibró esa difícil ecuación que supone clase y raza, calidad y fiereza, nobleza y codicia, ritmo y transmisión. Bravura, en definitiva. Y en Madrid. Con la exigencia de su ruedo y de su lidia. Así fue 'Hebrea', un toro de vacas al que apenas le faltó un matiz para ser indultado: Voluntad de hacerlo.

¿Existe en Las Ventas el pañuelo naranja? ¿Es consciente el presidente que no duerme en el calabozo por perdonar la vida a un toro? ¿Y el asesor? ¿Qué coño pinta? ¿Cuántos toros han visto embestir así en su vida, mantener ese ritmo desde su salida, arrancarse al caballo con esa alegría, empujar con la cara abajo en el peto y tranquear en banderillas de igual modo que luego en la muleta, queriéndose comer el trapo, colocando la cara, desplazándose con boyantía un metro más allá del embroque, un muletazo tras otro, una serie detrás de otra, sin aminorar ni el ímpetu ni la pujanza?.

Es un crimen que este toro no regresara a Don Tello. Y una injusticia. Y me da igual que apenas hubiera demanda desde el tendido. ¿O es que alguien le hubiera puesto pegas?. La vuelta al ruedo póstuma fue premio menor. Porque ni el toro ni la faena de Castella merecían el desenlace que tuvieron. Porque el torero francés, también puso de su parte para que las virtudes del toro afloraran. Sobre todo, por su generosidad para lucirlo, primero en el tercio de varas, donde lo puso a media distancia y después dándole metros en la faena de muleta, para comprobar el ímpetu y la alegría del toro arrancándose desde lejos.

No cedió terreno el torero pese a que el viento arreció en el inicio del trasteo. Y ya la primera serie marcó las cualidades que luego distinguieron la obra: Intensidad y reunión. Castella se dejó venir al animal y luego ligó los muletazos sin rectificar terreno, apenas girando los talones. En una baldosa. Quizá perdiendo un paso en cada pase la faena hubiera ganado en hondura, pero como el toro se iba más allá de los vuelos, aquello tuvo emoción y también limpieza. Sólo hubo una serie por el izquierdo porque la ligazón por ese pitón no fue la misma, pero recuperó fluidez y continuidad la obra de nuevo a derechas, con un cambio de mano soberano, con el toro haciendo un surco en la arena mientras el diestro lo obligaba a rodear su anatomía en un natural que casi se convirtió en circular.

Tuvo sabor el cierre por bajo, con la pierna flexionada, y, seguramente porque el torero fue el primero en pensar que el toro no merecía ese final, la rúbrica no fue la deseada: Media estocada trasera que provocó una lenta agonía del toro, que tuvo una muerte de bravo, mientras sonaba un aviso y la pasión se diluía. La oreja que recibió el torero en recompensa a su apuesta tuvo un color: naranja.

Hubo otro toro que sería el destacado de una corrida de tono medio pero cuyo juego quedó un tanto eclipsado por el juego de su hermano de camada: el tercero, toro serio y muy bien hecho, largo, cornidelantero, con longitud de pitón, que como la mayoría de sus hermanos humilló en el saludo e hizo pelea de bravo en el peto antes de romper a galopar en banderillas. En la muleta, sin tener la fiereza del toro anterior, tuvo son y temple, suavidad y profundidad en los engaños, grandes virtudes en un toro de lidia pero a lo mejor no las necesarias para que López Simón llegase al tendido. Estuvo muy sereno el torero de Barajas, que sin embargo no contó con la empatía de la que estos años atrás ha gozado en esta plaza, aunque su faena tuviera más limpieza y estructura que algunas que en cambio si fueron premiadas.

Luego con el sexto, un animal más basto y exigente, que esperó agazapado para embestir con fuerza y pidió poderío y mando tampoco pudo remontar, mientras Castella, después de ver cómo el colorado quinto regresaba a los corrales una vez concluido el tercio de banderillas ¿? hubo de lidiar un sobrero agresivo y áspero de Salvador Domecq frente al que hizo un sincero esfuerzo, muy firme y convencido, que mereció más agradecimiento por parte del astado.

Abrió plaza Francisco Rivera Ordóñez para despedirse de una plaza que tampoco ha sido excesivamente significativa en su trayectoria y que tiene como principales exponentes sus actuaciones en el San Isidro de 1996, cuando confirmó su alternativa, y dos tardes más, en las Ferias de Otoño de 2001 y 2002. Quizá en otro momento se hubiera metido más con el primero, toro noble y claro, que le dejó correr la mano y al que nunca terminó de apretar, y hubiera apostado más con el cuarto, que aunque marcando querencia y protestando al final del embroque, tuvo transmisión. El público le respetó.