Lo cabal sería empezar hablando del sonado debut de Rehuelga en San Isidro, de cómo una mole de 600 kilos es capaz de embestir con el temple y el ritmo del toro mexicano, o de la diferencia entre una pelea alegre y una pelea de bravo en el caballo. Pero en una feria marcada por el escaso acierto y el acentuado protagonismo del palco, un presidente volvió a rizar el rizo. Y se sacó de la manga la penúltima frivolité: Una vuelta al ruedo sonrojante para un toro bueno, al que sólo él y su imaginación vieron como superior.

Antes que el quinto toro de Rafael Buendía habría que colocar en el ranking ganadero a más de una docena de astados. Los de ayer de Victorino, otros tantos de Victoriano del Río, los de Jandilla, más de la mitad de la corrida de Garcigrande, uno de Alcurrucén, otro de El Pilar, el remiendo de Buenavista... ¿sigo?. Si les medimos por el mismo rasero veríamos el pañuelo azul sobre el tapiz casi a diario. Un exceso. Y una sonrojante falta de criterio. Al famoso Pangua, le hicieron dimitir hace más de cuarenta años por cometer la 'herejía' de conceder un rabo a Palomo (que lo pidió toda la plaza). Ahora, sin la presión popular de entonces y con el gustirrinín que da que cuatro pelotas le pasen a uno la mano por el lomo, de aquí no se marcha ni Dios.

Además, no fue 'Liebre' el mejor toro de una corrida cinqueña de Rehuelga grande y seria, fuerte siempre, destartalada a veces, pero alejada de la morfología del toro chico y recortado que siempre distinguió al Santa Coloma. Ese toro que tienen en la cabeza los contados ganaderos que aún se animan a criar este encaste que, por imposición veterinaria se ven obligados a sacar de tipo para poder lidiar en plazas de tronío. El atentado genético lo tapó la pelea en varas del toro de la polémica, otro animal de comportamiento más alegre y vistoso que verdaderamente bravo, el tercero, y sobre todo el que cerró plaza, que por ritmo y profundidad en su embestida recordó el gateo de los toros mexicanos. Ese sí que contará al final de la feria como uno de los verdaderamente importantes del serial.

Porque además de su trapío (amplio de cuna, enseñando las palas, casi cornipaso) embistió con temple y humillación en los primeros tercios y peleó humillado y fijo en el peto, sin tanto poder ni ostentación como su laureado hermano de camada, pero con clase e ímpetu. Y luego en la muleta fue toro bueno y profundo. Sin inercia. Fijo. De gran celo y humillación. Pérez Mota lo toreó lo mejor que supo, y de modo discontínuo, cuando le cogió el ritmo a la embestida de 'Coquinero', consiguió naturales de muy buen trazo. Hubo varios dentro de la faena, pero ninguna serie resultó verdaderamente rotunda. Y como la clase del astado era evidente, el público se decantó por el cornúpeta.

Este toro subió definitivamente la nota de una corrida cuya inercia ya había cambiado el toro del lío. Un animal lleno, de mucho peso, hondo y de gran remate. Bajo, serio e imponente. Apretó sin pasar de salida pero fue en varas donde se empleó con verdadera bravura. Pronto y alegre, Aguilar lo dejó en la media distancia y el cárdeno acudió presto al encuentro con el piquero, metiendo la cara abajo en tres puyazos. De buen embroque en banderillas, se venció sin embargo en el inicio de faena, y del pitonazo en el muslo salió Aguilar con una cornada interna.

Se quedó en el ruedo el torero, vio cómo el animal acusaba el tercio de varas y por el izquierdo sacaba la gaita por arriba tras el embroque. Sin embargo, cuando, mediada la faena, apretó al animal sin perderle pasos, consiguió las tres series más rotundas de la faena. Y de la tarde. Tres tandas que subieron el diapasón y la nota de una faena a más, epilogada con un torero final por bajo, con la pierna flexionada. La petición de oreja, tenue, quedó eclipsada por la chaladura que vino desde las alturas.

Estos fueron los toros de la corrida, aunque los hubo que también le hicieron ojitos al tercero, aunque sin tanto motivo. Toro bajo, muy serio de cara por astifino, aunque enseñando las palas, que acudió pronto y de largo aunque una vez llegó al peto buscó el pecho del caballo para emplearse poco y con un sólo pitón. Es aquí cuando conviene recordar que lo verdaderamente importante en un toro es lo que hace debajo del peto. La forma de empujar. No la de acudir. Toro de vistoso comportamiento, que no bravo, porque aunque respondió presto a la llamada del piquero, echó la cara arriba y nunca se empleó.

Inició suave el trasteo Pérez Mota, que estuvo más acertado que luego con el sexto, porque se sacó para afuera al animal sin molestarlo, con torería y cierto gusto. El toro mantuvo su prontitud -su principal virtud- pero ni descolgó ni acabó de rebosarse. El torero gaditano citó al toro en la media distancia, perdió pasos entre un muletazo y otro y dotó al trasteo de ritmo en ese primer tramo del mismo. La tercera serie fue la más ligada y fluida de una actuación sobria, rematada de dos pinchazos y una estocada en la que resultó prendido sin consecuencias.

Los otros tres ejemplares tuvieron menos historia. Robleño apenas tuvo posibilidades, pues enlotó un parche de San Martín muy amplio de sienes, feo y voluminoso y otro del hierro titular con volumen y romana. A ambos los trató con oficio y profesionalidad el torero de San Fernando de Henanes. Tanta, que desde arriba no terminaron de percibir el peligro sordo del primero, que se defendió queriéndose quitar el trapo de la cara, ni las complejidades del cuarto, que se lo pensó entre muletazo y muletazo con ese incómodo gazapeo del toro que nunca viene fijo en el engaño. Aguilar por su parte vio cómo el alto y estrecho segundo, embistió con buen son y el morro por el suelo la primera serie de la faena para luego cortar, reponer, y salir del engaño con la cara por encima del estaquillador.