Más público ocasional que feligreses habituales, porque la feria pesa y el cartel no era de campanillas. Y como la corrida resultó difícil de digerir, pipiolos y veteranos, expertos, desubicados y neófitos pasaron el trago meneando la mandíbula. La plaza entera se convirtió en una gran bolsa de pipas, y el sonido del chasquido y la expulsión de la cáscara se impuso a los olés y a las protestas. Porque apenas hubo de lo uno y de lo otro. Por no haber, ni siquiera hubo sensación de angustia en el tendido porque a que la corrida de Cuadri, pese a los atisbos de nobleza de algún ejemplar, fue difícil de trajinar, pero sobre todo, no enseñó sus complicaciones a los de arriba. Sólo los profesionales o los aficionados de pedigree tomaron cuenta de las teclas de los armarios de Trigueros. Los primerizos en cambio no pasaron ni miedo. Ni pasaron ni seguramente pasarán, porque después de ver un espectáculo tan hueco ¿se irían con ganas de volver?.


En medio del desierto hubo un oasis: Rubén Pinar. Torero listo, despierto y capaz, que tiene condiciones sobradas para funcionar, como demostró en sus primeros años de matador, y que puede encontrar un hueco en este tipo de corridas, porque tiene inteligencia para pensar delante del toro y destreza para ejecutar. Robleño, más curtido en estas lides, también puso oficio en una tarde sobria y sorda, pues su dedicación frente a su lote apenas fue tomada en cuenta. Tampoco Encabo encontró empatía ni en sus dos toros ni en el público para celebrar con éxito su vigésimo aniversario de alternativa, porque la corrida de Cuadri, desigual de cuerpos, alzadas y caras, de voluminosas cajas y generosa hondura no resultó en absoluto agradecida al esfuerzo de la terna.

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Alto de cruz, cornidelantero, fino y con cuello, el tercero fue el ejemplar del sexteto que más humilló. Como el resto de sus hermanos hizo una deficiente pelea en el caballo (de las corridas de peor nota en el primer tercio) y como es habitual en este encaste hubo de llegarle mucho en banderillas. En el último tercio cortó el viaje por el pitón derecho (seguramente no le beneficiaron los recortes que le hizo a su embestida Javier Ambel durante la brega), pero por el lado zurdo se desplazó con cierta largura. Lo vio pronto Pinar y por ahí armó faena el albaceteño. Sutil en los toques y en la manera de enganchar con los vuelos, le dio un trato privilegiado al astado onubense que respondió en tres series de muy buena factura. Hubo longitud en el muletazo, templanza en las formas y hasta expresión en varios de ellos, pero lo que no hubo, de forma inexplicable, fue eco en los tendidos.


Una faena muy seria, que con menos porcentaje de público pipero y con más aficionados capaces de calibrar más y mejor el comportamiento del animal hubiera tenido más repercusión que una simple ovación. Otra recogió el de Tobarra a la muerte del sexto, el animal más serio del festejo, por su amplitud de cuna y astifina testa. Se dejó pegar sin celo, como toda la corrida, pero al menos tuvo prontitud y se movió más que sus hermamos. En banderillas y en el último tercio. Le cogió pronto la distancia y la altura Pinar, y con el temple como principal virtud volvió a contruir una faena muy consistente, y más teniendo en cuenta que el toro fue siempre a su aire, sin terminar de descolgar ni de viajar metido en los vuelos. De nuevo la obra tuvo más fondo del que la gente percibió sobre todo en dos series con la derecha para tener en cuenta, una de ellas abrochada con un cambio de mano soberbio.

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Robleño también ligó tres naturales impecables al segundo, dejándole la muleta puesta, que tuvieron hondura y mérito, porque el toro nunca terminó de despegarse de los engaños. Faena sobria y eficaz que seguramente se quedó sin más reconocimiento por la trayectoria de la espada. El quinto fue un tren de 627 kilos, que se lo pensó mucho y se movió poco. El torero le tapó la cara, le ganó un paso y le robó pases con oficio, aguantando miradas porque el toro desparramaba la vista, incluso perdiéndole pasos trató que el toro se viniera con inercia y le consiguió robar dos o tres naturales relajados. Fue más de lo que consiguió Encabo, capaz de manejar con habilidad al deslucido primero, quizá el mejor hecho del envío, pero sin opciones con el cuarto, animal musculado y lleno, el más deslucido y el de menos opciones. Se atascó con el descabello el alcalaíno y, aunque fuera para pitarlo, logró que el público dejara las pipas. Pero fue de modo fugaz.


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Plaza de Las Ventas. 28ª de la Feria de San Isidro. Tres cuartos de entrada. Toros de Cuadri, desiguales de hechuras, hondos, voluminosos, grandes, deslucidos. Mejor el tercero, por el pitón izquierdo.

Luis Miguel Encabo, silencio tras aviso y pitos tras aviso.

Fernando Robleño, silencio en ambos.

Rubén Pinar, ovación y ovación tras aviso.