Roca Rey primero, Ponce después, mantuvieron un malabarismo de toreros prodigiosos. Le quitamos eso a la corrida y queda en un fiasco lamentable en un día en el que los lamentos no deberían haber existido. En el primer tramo la corrida pareció, más que débil, enferma. Y luego continuó con esa debilidad sin que la calidad de algunos apenas sirviera. Con Roca Rey, claro. Y con Ponce, claro. Pero sin necesidad de acudir al VAR y con dos dedos de frente, diremos que la obesidad en el toro es un atentado a su todo. Miren la corrida de nuevo y observen las proporciones entre la cabeza y manos (olvídense de sus serios pitones) y el cuerpo parecían en muchos toros ser de animales distintos. Álvaro Cuvillo hizo una ganadería con cuerpo y peso de los sesenta y trapío impecable. Caras para adelante, en cabos finos. Jamás tuvo un problema de fuerza sino en la báscula, en donde tantas veces alguien hubo de pisar para subir el número. Miren de nuevo a los toros, casi todos, sus barrigas. Sus cuartos traseros. Algo no natural para ser sujetado por esas manos y patas finas. Una lástima, porque corridas así hacen mejor a la de ayer y a la del tío picardías. Una lástima, porque Álvaro Cuvillo dejó una impresionante ganadería. Una lástima, porque no era día para fallar.

La tarde sólo tuvo dos faenas. Una, de manos de Enrique Ponce. Fue en el cuarto, después de que al inválido primero le sustituyera un sobrero del mismo hierro igual de blando en superlativo con el que el valenciano quedó inédito tras desplomarse como castillo de naipes después de un inicio a favor de obra, toro serio y algo montado que abría la cara. Muy astifino, de mazorca blanca y pitón negro, este cuarto galopó de salida con bríos, aunque le faltó algo de fijeza y sin emplearse demasiado. Empujó sobre un pitón en el primer encuentro y trató de quitarse el palo en el segundo. Tuvo movilidad en banderillas, donde no le bajó nunca la mano Mariano de la Viña, aunque se atisbó de nueva esa falta de entrega.

Brindó al público Ponce y comenzó a torearlo, en paralelo, entre las dos rayas. Pronto y con profundidad en el viaje, el de Chiva le robó dos buenas tandas de derechazos, aunque, en ocasiones, tendió a soltar la cara. Más descompuesto al natural, volvió a la derecha y hubo de nuevo mayor reunión. Llevó la embestida, que tuvo transmisión, y cierta nobleza a pesar de esa falta de entrega, siempre muy templada sin exigirlo más de la cuenta. El final, por poncinas, con un sinfín de remates afarolados y kikirikís con el toro ya muy aplomado. Se volcó sobre el morrillo, como si hicieran falta los contratos, e incluso pareció quedar colgado del pitón. Pero el toro no dobló y necesitó de tres golpes de cruceta. La oreja, directa al limbo. Fuerte ovación.

La otra faena fue cosa de Roca Rey. Y lo fue, porque se la 'inventó' él. Sin más. Una labor muy meritoria, reposada y repleta de temple para poder ligar las tandas a un toro con nobleza y calidad, pero que quería más que podía. Y es que delante tuvo otro toro que tampoco estaba sobrado, fino de cabos y hecho más cuesta arriba que otros de sus hermanos, algo acodado de pitones, muy serio por delante, eso sí. Le recibió con una tijerilla por bajo el peruano. A pies juntos. Para después torearlo a la verónica, ganando terreno en cada lance, hasta los medios. Humillando el toro y con celo, pero evidenciando también que le costaba afrontar cada giro. Se atisbó ya el mal endémico de la tarde. Como un contagio sin antítodo, apenas recibió castigo en varas, con mimo, porque estaba también al límite. Buen tercio de Viruta en banderillas con el toro desplazándose.

Obligado por las circunstancias, comenzó el peruano con su clásico cambiado por la espalda, pero esta vez, citando en corto y en el tercio. Pese a ello, acusó el esfuerzo el toro y dos pases más tarde cayó clamorosamente. Lo sacó a los medios y, allí, comenzó a torear en redondo. Dos tandas sin someterlo, templando a media altura, con cuidado máximo, aprovechando la rebrincada movilidad del astado. Tandas cortas. Tres, cuatro, naturales limpios y el de pecho. A la que suma otra más por ese pitón con mucha despaciosidad, que abrochó con otro cambiado por la espalda y el de pecho. El final, en un palmo de terreno por circulares. El pinchazo previo a la estocada, algo atravesada, dejaron todo en una ovación. Con el sexto, un castaño bastote de hechuras, largo, alto y zancudo, muy serio por delante, acodado, ofensivo, enseñando las puntas, fue silenciado. Sin entrega en las telas, siempre huidizo y arrollando en su lidia, mutó, tras el prólogo por estatuarios, en un animal 'gazapón', que andaba cruzado al peruano hasta que, en cuanto pudo, se rajó.

Completaba el cartel José María Manzanares. Como hijo pródigo, la suya era tarde de regreso al Bocho cuatro años después. Como si no hubiera pasado por la ceniza arena bilbaína. La materia prima le dejó compuesto y sin 'reentré'. Su primero, agradable de hechuras y bajo, de lomo recto, aunque bien presentado, pareció tranquear de salida. Pero, en el remate a media docena de verónicas, perdió las manos y asomó el denominador común de la endeblez. Apenas se le señaló en varas, pese a lo cual volvió a claudicar varias veces. Manzanares optó por sacarlo a los medios y otorgarle distancia, a su aire, muy a favor del toro... Imposible. Duró una tanda -soltando además la cara, a la defensiva- y, acto seguido, muy mermado, dejó de pasar. Sin recorrido. Otra quimera fue el quinto, toro bajo y regordío, algo atacado de kilos que, acodado, enseñaba las palas. Volvió a mimarlo en el peto antes de un buen tercio de banderillas de Rafael Rosa, pero en la muleta también estuvo en el alambre. Como si de los malabaristas del inicio de estas líneas se tratara, Manzanares buscó el triple salto mortal y se la puso por ambos pitones, pero el toro, muy afligido -pareció incluso tambalearse de los cuartos traseros- se defendió cuanto pudo antes de terminar desentendido. Silencio en ambos y sólo una buena noticia. Regresa mañana en pos del desquite.