¿Cuándo es? Cuando uno no es producto de las circunstancias, sino parido por sus decisiones. Es ahí y sólo es ahí. Llamo circunstancias a los apellidos, que son orgullo o lastre, al ADN que obliga, a un estar metido en la manga. A no se hacer otra cosa. A usar el aire favorable de leyendas familiares. Cayetano torero no es producto, sino decisión propia de hombre hecho. Con aplomo y empaque, llenando el traje de luces y desde ahí llenando la plaza, la natural actitud madura de este torero se lleva todas las luces, focos, titulares y esperanzas de una tarde mecida en la desilusión de una plaza irremediablemente caótica. Una corrida de Juan Pedro, ganadería de brillante historial reciente, pinchó en el hueso de la falta de poder, un talón de Aquiles agigantado a medida que fueron arrastrados los toros.

¿Dónde es? Es aquí, en el epicentro de este caos indomable que mata y quiere, en este cosmos de veintitrés mil ellos y ellas y mixtos, aborígenes y pasamanos, aspirantes a retrato y retratos de aspirantes, mendicantes de fotos, famosos por un día, culturetas incultos y cultos ciertos que es Las Ventas. Aquí es donde el que no es circunstancia sino decisión, puede demostrarlo. Sin ese éxito que a medida que lo obsesionamos, más se nos aleja, Cayetano sacó el aplomo del que cree en sí mismo, en sus dos toros, uno de tanta calidad como escaso de duración y otro de menos calidad pero más metraje. Galdós sacó el rédito que pudo a la movilidad sin clase del toro de la confirmación y Manzanares levitó grave y solemne por entre este caos inmenso para el que no existe otra brújula que la del toreo.

Quitó limpio y por alto Cayetano al primer toro de Manzanares, más derecho que un junco, sabiéndose examinado por esas miradas de bala que esperan a que la pieza asome por entre el cerro, salió de su trinchera a gozar el ruido. Esa puesta en escena fue el prólogo sorpresivo de algo que, de no convencerse, es ruina en Madrid: creerse, crecerse. Lo que le duró el toro de clase de Juan Pedro le dejó una apertura torera de prestancia, brazos sueltos, nervios en el hotel, piernas encajadas. Y dos tantas, una más dejando el toro desarrollar su inercia y otra más en corto tuvieron la ligazón, la limpieza y el trazo del buen toreo y sus salidas de la cara del toro buscaban con arrogancia no insultante todas las atenciones del público. Un cierre de faena a dos manos demuestra que su toreo no es de circunstancias. Ése fue el toro, al que mató en corto y por derecho al segundo encuentro.

El remiendo de Criado fue un 'Algarra' de buen tipo, menos clase, pero mas duración que el primero, menos bravo en varas, muy definido en noble, le puso en la mano un telegrama que ponía: ahora. Claro que los de escopeta lo recibieron también o se lo chivaron en la tercera tanda, cuando Cayetano había puesto compás en el caos y en el toro en tandas de relajo, algo en la rectitud de la embestida, pero con el sello del convencimiento. Todos las miradas miraban lo que hacía. Al cambiar de mano la faena tuvo una especie de hipo, de menor hilado, de claudicación del toro, instante en el que comenzó la balacera de los que maldicen una felicidad. Un poco a menos el toro, protestas, quórum en la mayoría, hicieron sumandos a expensas de un gran final de faena y un espadazo, que fue estocada tendida con dos bemoles.

Los partidarios del salvajismo cultural: pasión, poema, boxeo, toros, tolerancia, abrazamos la arrogancia cuando ésta consiste en no renunciar a principios y valores. Si lo hacemos, estamos muertos, somos eunucos en medio de semi-machos que nos acosan como mujerzuelas. Me place esa convicción torera por convencimiento de Cayetano. Creo que piensa igual. En el momento de renunciar a lo que es mío por derecho, estoy muerto, mi cultura está muerta, mi civilización traicionada, mi alma errada. Por eso se hizo más lastimosa la tarde en medio de las virtudes de una corrida que no pudo desarrollar al faltarle vida. Porque fue brava y de clase pero no de raza.

Por la plaza estuvo con el ceño fruncido Manzanares, con la gravedad aséptica de un diplomático en medio de una crisis. Algunos lances al segundo de la tarde y algún muletazo con dos estocadas de ley y orden, una mas en el 'Rincón'. Y en la tarde confirmó Joaquín Galdós, torero de buenas maneras y actitud que tuvo un toro que no dijo nada en los primeros tercios, el de la confirmación, pero que le permitió correr la mano en dos primeras tandas por el pitón derecho. Noble y hasta fijo y pronto, más de media altura que de vuelos por el suelo. Bien colocado, a veces un poco encima entre pase y pase, buen corte torero y buena estocada, insuficiente todo para ese éxito que de tanto ansiarlo nos angustia. El sexto fue el más alto de manos y de cruz, como agarrado al piso y remiso a los cites, sin que el torero pudiera hacer otra cosa que pasaportarlo.

Cuándo es y dónde es. Cuando uno decide libre y maduro formar parte de este salvajismo culto y universal, humanista y generoso. Y es donde más a prueba se pone esa decisión: en Las Ventas. En medio de ese caos irremediable y bruto y bestia y dulce y agrio y seda y espuela. Lectura positiva de una tarde a contraestilo que fue la continuación de la de ayer y que ha sido el prólogo de la de mañana. San Isidro tiene estas cosas.