Decía el filósofo alemán Friedrich Hegel que 'nada grande se había hecho en el mundo sin poner verdadera pasión en ello'. Que le pregunten a Andrés Roca Rey. Puerta Grande en Vista Alegre. Esta tarde en Bilbao puso esa dosis de fe ciega que mueve montañas para invertir el sino de las Corridas Generales 2018. Tres tardes sin rescate posible en el paraíso de la memoria. La una detrás de la otra. La cuarta en ciernes. Porque salió de chiqueros una 'escalera' muy desigual -algunos sin trapío para Bilbao- de Victoriano del Río, Toros de Cortés (1º y 4º) y el sobrero (2º) de Encinagrande, que sólo permitió ver a Sebastián Castella en su exigente primero y convirtió la sustitución de José Garrido, sin una tajada de bravura que llevarse a la boca, en pólvora mojada. Quedaba el último cartucho. Y no era de fogueo. Entonces, volvió a surgir Roca Rey para reventar Bilbao. Le tuvo fe ciega a un sexto que, tras el inicio volcánico por estaturios, buscó excusas de todos los colores para rajarse. El peruano lo 'empapó' de poderosa muleta y le formó un lío con toreo caro, de mano baja y henchido en hondura, al natural, primero. En redondo, después. Ante semejante arsenal, Matías no sacó bandera blanca, sacó los dos pañuelos, del tirón. Incontestable, Roca Rey. Creyó y triunfó. No hay quién le pare.

Los elementos se empezaron a alinear cuando salió de chiqueros un sexto salpicado, en 'lo' de Algarra de Victoriano, largo, sin llenar la caja, algo 'lavadito' incluso, hecho cuesta arriba, cornidelantero y sin exageraciones por delante. Lo saludó a la verónica Roca Rey, aunque le faltó fijeza en las telas, antes de cumplir en varas, aunque empujando sobre un pitón. Rescató del letargo la tarde el peruano en un tremendo quite por saltilleras, cambiando el pitón varias veces durante el cite, que rubricó con gaonera y dos revoleras. De enorme mérito, porque el toro nunca fue metido en el engaño y, hasta dos veces, se le quedó debajo. 'Tragó' lo suyo. Como en el inicio de faena en los medios, por estatuarios. Angostos. Entró de lleno el tendido en su faena, a pesar de que el toro -como varios de sus hermanos- 'cantó' la gallina. Buscó la huida camino de tablas. Roca Rey le ofreció, como si nada, la muleta con la zurda y, a base de dejársela muy puesta en el hocico, le pegó tres tandas de naturales excelsas. De mano baja, barriendo la arena, profundas y, todos, absolutamente todos, con la máxima reunión en el embroque. Imposible mayor ajuste. Las dos últimas, a toro parado, echando los vuelos y enganchando la embestida que, cierto es, era humillada y con emoción. Como emotiva fue la faena del sudamericano, que se entregó al máximo para cuajar también en redondo al toro. Atacando al toro por abajo en cada derechazo. Aún hubo tiempo para volver al natural, antes de un final mayestático, poderoso, en el que ligó pases y circulares en una baldosa. Se volcó sobre el morrillo, pero 'pinchó'. El espadazo posterior fue contundente. Como el clamor del tendido. Matías sacó los dos pañuelos del tirón. Dos orejas.

Antes, su tarde comenzó con mecidos y despaciososo delantales -la media, superior- a un tercero que parecía sacado de otra corrida, porque fue el mejor presentado. Bajo y de lomo recto, bien hecho, armónico y serio, astifino desde la mazorca y de pitón blanco, con perfil. Se lo dejó crudo el peruano y apenas se le castigó en el caballo, donde tampoco se empleó el de Victoriano en exceso. El quite del peruano, por altaneras. Ahora con tafallera, ahora con cordobina. Brindó al público y le pegó dos cambiados por la espalda sin enmendarse con el toro, acudiendo como una centella al cite. Largo y muy templado el de pecho. El toro, muy codicioso y encastado, parecía de lío. Sobre todo, porque respondió Roca Rey a ese poder del toro con dos tandas en las que exigió una barbaridad al toro, de abajo a abajo, series largas de siete u ocho derechazos. Exigió también el burel al peruano, porque se comía la muleta en cada embestida. Hubo hondura y reunión. Pero se deshizo como 'azucarillo' el toro. Lo acusó y, a partir de ahí, fue otro. Podido, buscó el abrigo de las tablas y, aunque logró mantener el interés Roca Rey, tras media en el sitio y descabello, saludó una ovación tras petición y aviso.

Sebastián Castella saludó una ovación tras aviso del que rompió plaza. Un toro largo y ensillado, muy despegado del suelo, sin llenar la caja, cornidelantero y de agradables hechuras por delante, que repitió en los engaños de y complicó mucho el tercio de varas, pues salía huyendo en cuanto sentía el acero. Hasta cinco fugaces pasos por el peto. Se dolió luego en banderillas. Con buen criterio, el francés empezó por bajo para tratar de domeñar esa mansedumbre camino de los medios. Allí, lo toreó en redondo aprovechando la movilidad del toro, que tuvo fijeza y transmisión. Porque sacó casta el áspero y exigente manso en una faena de largo metraje en redondo, pues sólo hubo una tanda al natural, en la que, en el segundo muletazo, se le vino directo al pecho a mitad del viaje. Ese derrote seco le hizo pasar por la enfermería tras acabar con su lote, que completó un burraco cuarto bastito de hechuras, acapachado y que abría mucho la cara. Propició el pique en quites entre Garrido, a la verónica, y el propio Castella que replicó fundiendo tafalleras y cordobinas. Poco más, pues el de Toros de Cortés resultó ser un animal sin clase en las telas y que se 'aburrió' enseguida buscando el abrigo de las tablas. Silencio.

Quiso arrear José Garrido, que entró en esta Aste Nagusia por la vereda de la sustitución -baja de Cayetano mediante-, y se fue al portón de chiqueros. Una declaración de intenciones que topó con la desdicha. Al estirarse el toro y echar las manos por delante un segundo antes de la larga cambiada, se lastimó la columna y quedó inerte, seco, a los pies de Garrido. Su cara un poema. Devuelto al instante. Salió en su lugar un sobrero de Encinagrande, alto, hondo, con mucho cuajo, a siete kilos de los 600, que salió enterándose, de corraleado. Algo dormido, no salió del letargo en el paso por el caballo, tampoco en la muleta. El pacense brindó al público y consiguió ligarle una primera tanda por la diestra en la que se dejó el astado, que pasaba. Una más le arañó. Y ya. Porque el toro, que ya se había abierto mirando a tablas a la salida de aquellas dos tandas, 'echó la persiana' y buscó el cobijo de las tablas descaradamente. Poco pudo hacer el joven extremeño que, porfió, enrabietado, también con el feo y bastísimo quinto, 'frentudo' y mal presentado. Impropio de Bilbao. Para más inri, fue el único que blandeó y las protestas se acrecentaron. No medraron el ánimo de Garrido, que lo toreó con garbo a la verónica y galleó por chicuelinas. Se ciñó igualmente a esa materia prima franela en mano y buscó ligar las tandas por ambos pitones, pero delante el de Victoriano sólo 'regaló' embestidas sin clase y a la defensiva, soltando la cara. La gente le hizo salir a saludar, porque el premio de la sustitución en realidad era una quimera. .