Detrás de esa mirada naturalmente grave, serena y responsable, luismigueliana y altiva de quien, como el figurón madrileño oriundo de Quismondo, es y se considera el número uno, se esconde todo el toreo. De todos los toros y de todas las plazas. Los hay con más poso, con más solera y más currículum, pero están al otro lado del río. Éste tiene la yerba en la boca. Y enseña el colmillo. Fue llegar Roca Rey y reventar San Fermín. Imposible estar mejor con dos toros de Cuvillo de estrechas posibilidades a los que toreó con una perfección asombrosa. Arrollando pero sin atropellar la razón, exponiendo sin hacer ostentación, con una colocación y un trazo que rezumaron verdad y pureza. Como sus estocadas. En corto. Por derecho. Letales. Como su zarpazo. Como su demarraje. ¿Alguien es capaz de seguirle?.

La corrida de Cuvillo embistió como sus hechuras, pues hubo cuatro que no los echan en una plaza de cierto gusto. Lote vulgarcito en noble en la que embistieron con mejor son el destartalado ejemplar que partió plaza, un astado grande y basto, difícil de ver en plazas como Madrid o Bilbao, donde además de por tamaño se selecciona con criterio. Anduvo Ferrera sereno y reposado, templado y pulcro con un lote del que puso extraer más rédito con una espada más certera, mientras Ginés Marín sorteó el lote más vacío de clase en la primera de sus dos comparecencias en el abono.

El segundo, largo y serio, muy astifino, cornidelantero, pero de sienes no exageradas fue de los mejor hechos del envío. Ya en el saludo se vio que Roca Rey estaba muy metido en la tarde. Lances suaves, ganando terreno para, más allá de las rayas de picar, intercalar chicuelinas, siempre llevando al toro muy toreado, hasta rematar en la boca de riego. Luego respondió al quite de Ginés Marín dejándose llegar de lejos al animal cambiándole el viaje varias veces en unas escalofriantes saltilleras en las que el toro (le golpeó con la pala en la cadera) no se lo llevó por delante de milagro.

Pareció lesionarse una pezuña el toro en banderillas, una circunstacia que no cambió el planteamiento de de Roca Rey, que firmó un impresionante inicio de faena en tablas cambiándose al toro por la espalda de rodillas y de paso, poniendo los tendidos en ebullición. Todos contuvieron la respiración. El toro embistió como amagado, frenado, de modo defensivo. Le faltó recorrido pero Roca Rey defendió la faena con enorme capacidad, firmeza y aplomo. Faena descrita con enorme verdad, muy hundido en el piso, queriendo siempre empujar para delante la embestida con enorme seguridad y un sitio apabullante. Después de un estoconazo, la oreja se antojó premio rácano, y más si se compara con otras concedidas en esta misma feria.

Luego saludó a pies juntos al quinto, serio, ofensivo y astifino, bajo, con cuello, con la cara abierta pero tendente a enseñar las palas, y cuando llegó a los medios se echó el capote a la espalda para concluir el saludo por templadísimas gaoneras. Cumplió el toro en varas, se dejó ganar la cara en banderillas, y a la muleta llegó noble, obediente, pero algo falto de mecha. Roca Rey lo trató de forma exquisita, dándole tiempos entre serie y serie y entre pase y pase. Siempre bien colocado, muy enfrontilado, aplastado en el piso, aliviando al animal primero y apretándolo al final, incluso hasta echarse de rodillas para torear encajado al final. La estocada, contundente, da paso a las dos orejas, que redondearon un triunfo incontestable.

El feo primero embistió con temple de salida, no humilló en el peto (por constitución era difícil que pudiera hacerlo) y a la muleta de Ferrera acometió del mismo modo, con suavidad y sin descolgar por sus hechuras. Ferrera aprovechó el viaje franco y claro para acompañar su embestida a la altura a la que el animal embestía, con relajo y naturalidad, sin forzar la figura. Pinchó en dos ocasiones, incluso se abrió una brecha en la frente al golpearse con uno de los gavilanes, sonó un aviso y perdió la oreja a la que se había hecho acreedor.

Al cuarto, amplio, pero bien proporcionado, con la cara para delante, muy astifino, Ferrera lo recibió con medio capote. Le faltó entrega en la muleta de Ferrera, que lo muleteó académico, con poso, muy por encima de las condiciones del animal. Así estuvo Ginés Marín, a quien la suerte le volvió la espalda en su primer compromiso sanferminero. El jabonero tercero se movió desordenado, sin ritmo, soltando un derrote al trapo durante el embroque, como el sexto, más basto y paletón, que acometió con temple y sin entrega. Estuvo el extremeño firme, sereno y sin renuncias ante el infortunio. Mañana tiene oportunidad de desquitarse.