Fue un regreso al pasado. Pero a un pasado que no sabemos si ha existido de esta forma: una corrida que, excepto el primero, no tuvo ni embroque. Mansa sí, es evidente, mucho. Peligrosa, sí, mucho y de forma evidente. Pero, sobre todo, sin embroque. Y el toreo sólo es posible si existe, como mínimo, embroque. Que el toro admita el cite hasta la muleta es la base del toreo actual. ¿Era el toro del pasado como los de Saltillo? Haciendo un ejercicio de adhesión a la tradición oral, supongamos que así era. Pero admitir ese pasado respecto al toro, nos obliga a admitir lo que el torero le hacía a ese toro del pasado. Y lo que le hacía no era el toreo al uso actual, sino un toreo sobre las piernas, tocando los costados, dominando y metiendo la espada. Mientras no se valore ese 'toreo de antes' en toda su justicia, no podemos pedir 'el toro de antes'. Hacerlo es una bajeza moral ante el torero, crear una fiesta de dolor y clase 'B', una sinrazón. Si, además, hay gente como el presidente de hoy, experto según su profesión en detener chorizos, y resuelto incompetente al sacarse de la boina una vuelta al ruedo paranormal, se humilla al torero que se pone delante.

¿De que le vale a Octavio Chacón ser honesto y gallardo, estar perfecto con ese primer toro, ser generoso con él, tratar de dar espectáculo en todo momento, si no se respeta esa su ciencia y valentía? No le vale de nada. Y si no le vale de nada, corridas como la de Saltillo, no han de valer de nada. Porque el toreo es un quid pro quo animal/hombre. Tuvo la corrida lo inusual hoy: lo indómito de la mansedumbre en todos sus grados. Pero el primero, lidiado de forma impecable sobre las piernas por Chacón, caminando hacia atrás, luciéndolo en varas con paciencia en tres encuentros en los que el toro tuvo un trayecto hacia el peto de emoción, una pelea aceptable pero sin meter la cara abajo y tirar de riñón, y una salida bastante común de la suerte. Sin humillar nunca, colándose por el pitón izquierdo hacia el objetivo que no era la muleta y con dos tandas de una nobleza que parió la distancia, el perderle pasos dejando el engaño por delante, del gaditano. A partir de esa tanda el toro perdió celo, las distancias hubieron de ser mas cortas, la ligazón mas extraña, con el toro perdiendo celo y sin posibilidad de recuperarlo. Y el toreo estuvo perfecto en ese guión de no bravura.

La espada se le fue atrás, cierto, como que la petición fue mayoritaria. Y sin embargo, un tipo ordena la vuelta al ruedo al toro. Humillante para el torero, para los ganaderos que han lidiado excelentes toros, para el aficionado. Si quería ponerse una medalla para el '7', la pifió. En ese tendido la gente sabe de toros y mucho. Y no tragó con esa pleitesía no pedida. ¡Fuera del palco! fue su respuesta. Pero seguirá. ¿A quién le importa el '7', el toreo, la fiesta, dentro de los que mandan en la plaza? Sólo somos una anécdota cavernaria para sus modales y trato geo político, léase chuflones. Esa noticia cabalística, califragilística, que demanda un cierto control anti doping, fue el prólogo al pasado. Corrida bien presentada de distinto peso, pero ingrata y dura por mansa y de sentido casi siempre.

Porque el segundo del gaditano fue la negación de lo que hoy se entiende como torear. No había embroque. ¿Cómo torear si hay embroque, si el toro no acude al menos a la muleta? Ni el que inventó esto puede pegar un pase. Avisado y orientado, manso y duro, el toro miró siempre el objetivo a herir, que era el cuerpo del torero. Así paso en éste, en el quinto, que admitió pasar por 'ahí' en dos tandas de Esaú Fernández, para orientarse en terrenos más cercanos a tablas midiendo al torero. Este sacó instinto de conservación con la espada. El segundo de la tarde fue una prenda capaz de mirar siempre por encima de los engaños. No existían capotes y muleta para el toro. La dignidad de estar decente no se tiene en cuenta ahora.

Ritter se puso enfrente de uno que se hizo el pacífico para, pronto, en los segundos pases, venirse arrollando o tratando de herir, a saberse. Con valentía y sin descomponerse nunca ante el peligro, el toreo se la puso dándole ventaja siempre al de Saltillo, a sabiendas que los segundos pases eran pasaporte al hule. El que cerró plaza fue el mas cuajado, manso y de mala casta, que miró siempre con los rayos 'X' de los anulan la existencia de lo que se le presenta: las telas. Orientado, era toro de cama sí o sí. Le pegó un arreón hacia adentro a la velocidad de la luz, de la que libró por los pelos. Todas las cuadrillas estuvieron metidas en la corrida, prestas al quite a la salida de los pares de banderillas, tercio en el que se pasó las de Caín. Se picó la corrida como se pudo. Y colorín colorado de una corrida con, supuestamente, el toro de antes, con el que cometemos la incoherencia de exigir que se toree como al 'toro de ahora'. Muy cabal todo, muy razonable y muy honesto.

Respecto a la vuelta al ruedo, un acto de vanidad del que no sabe. Los actos de vanidad de los que no saben, hieren en caliente pero, al rato, provocan lástima piadosa hacia el vanidoso. No fue una ida de olla. Fue una orden azul buscando su propio interés y haciendo uso de una autoridad que no responde ante nadie. Buscando el aplauso compadre de cierta grada (que ni se lo pidió ni se lo agradeció, porque saben de toros mil veces más que él y tienen sentido del decoro) su insinceridad quedó en evidencia. Fuera del palco. Buscando el minuto de gloria y su aceptación en la tribu, sólo logró su humillación más grotesca.