Tenemos un problema con los novilleros, aunque no queremos ni hablar de él, ni entrar a tratarlo a fondo. Porque si supuestamente en San Isidro entran los mejores, se supone que hay que intentar ponerle lo mejor de las ganaderías. Y por coherencia, si a los supuestamente mejores del escalafón de matadores no se les ofrecen estos hierros, no entendemos por qué sí se les presentan a los supuestos mejores de la novillería. Porque el novillo que viene a Madrid, más o menos bonito, es un toro. Hablando claro: hemos hecho del novillo un toro. Y a la par, y por ende, de los novilleros hemos hecho matadores de toros. Por eso, cuando llega alguien con un desparpajo, un aire fresco y una entrega de novillero absoluta como las que derrochó el venezolano Jesús Enrique Colombo, es obsceno que el palco, instalado en la monotonía intransigente de las corridas de toros, no tenga el talento suficiente como para premiar con justicia lo que el novillero se había ganado.

Porque su soltura, su desparpajo, su frescura y su impronta de novillero le hicieron merecer una oreja de ley. Pero su temple a la verónica, sus facultades en banderillas, y su verdad frente al manso cuarto, un toro con ímpetu y velocidad que acabó defendiéndose -y que incluso le llegó a voltear al entrar a matar por derecho-, no fueron suficientes para un insensible palco que no supo ver ni la petición de oreja mayoritaria de Madrid, ni calibrar la importancia de la importante actuación del venezolano Colombo en la tarde de su presentación en Las Ventas.

Por eso no se entiende la autoritaria e injusta actuación del presidente, que negaba así ese trofeo de ley al que se la había ganado a pulso en una tarde en la que también saludó una ovación frente al geniudo primero, al que cuando perdió ese genio inicial, consiguió extraer largos y despaciosos naturales de enorme mérito, con actitud de matador de toros. Porque la novillada de El Montecillo enlotó a tres novillos armónicos -los tres primeros, y a otros tres con hechuras de toro, dentro de un conjunto cuya nota principal fue la de la mansedumbre. Porque no hay que confundir la bravura con la velocidad y el ímpetu de ese cuarto, que terminó por defenderse en la muleta de Colombo.

Tampoco lo tuvo fácil Pablo Aguado con un lote complicado, pese al que brilló con el temple de su capote a la verónica y en variedad de quites con ese sabor y aroma sevillano que tanto le distingue. Buscó la estética el espada, exhibiendo su bella torería por el pitón derecho del quinto, el más potable de un animal que por el lado contrario resultó ser una auténtica prenda que cantaba el peligro y se metía por dentro, lo que no fue óbice para que Aguado aguantara con firmeza semejantes coladas. Importante faena premiada con una merecida ovación. Nunca fue metido en la muleta el segundo, un novillo para que pasara, no para torearlo, mucho más complicado y deslucido de lo que el público vio. Precioso el cierre por bajo, lo mejor y más torero que pudo hacer en esa faena.

El pacífico y mansito tercero fue el mejor del encierro y terminó rajándose. Solvente, con temple y muy fácil Serna con él, que tuvo que pechar con una peleaguda papeleta después con el peligroso sexto, que se frenó y no pasó nunca y con el que no tuvo ninguna opción.