Para calibrar lo que ha hecho Talavante esta tarde en Madrid y valorarlo en su justa medida hay que conocer Las Ventas. Ese granito que te deja el culo cuadrado mientras la rodilla del de delante te descabella y al de al lado le da por tirar el cubata y te obliga a poner los pies cual bailarina de ballet. Y en esa postura, dos horas. Para ver nada. Y con el zumbido de los de enfrente, que provoca jaqueca, de banda sonora. Es comprensible que la gente, como sucedió el pasado viernes, tardara en meterse en harina. Pero acabaron empatizando y se fueron tan contentos. Porque Talavante había sacado el (pen)último conejo de la chistera para explicar, de nuevo, su teoría de lo (im)posible.


Para ser justos habría que decir que hubo un toro de nota alta, el sobrero de Buenavista jugado en primer lugar, y que el propio Talavante estuvo a punto de cortar otra oreja del tercero. Pero, con todo, la tarde parecía el Tourmalet a las 21.15, cuando el extremeño cogió la muleta. La corrida de Gallardo, muy igualada de tipo, de buen cuerpo y buenas caras aunque con algunos ejemplares ahogados de cuello, no respondió a lo que se esperaba de ella. Varios tuvieron un notorio fondo de mansedumbre, alguno hubo con intención de embestir, pero ninguno tuvo en la despensa bravura o raza de la que tirar. Urdiales no acabó de conjuntarse con el de Clotilde y Perera no vio correspondida su actitud con dos toros desagradecidos a la capacidad del extremeño.


Talavante ya había opositado en el tercero, toro bastito, de frente ancha, al que lanceó a pies juntos sin probaturas. Tuvo el toro movilidad pero hizo cosas de descoordinado. Esa falta de ritmo, esa embestida desacompasada y carente de humillación, y con el viento dando por saco, hubiera supuesto un hándicap para cualquiera, pero Tala se empeñó en buscarle las vueltas al de Fuente Ymbro, y lo hizo con gran aplomo, gran serenidad y extraordinaria convicción. Hilvanó una serie con la derecha de mucha naturalidad, incluso le redujo la velocidad al toro en un cambio de mano interminable. Si pasan cerca de la plaza, asómense por las bocanas que todavía lo está rematando.

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Cogió la zurda, el toro se descompuso más, y al tercer muletazo, después de tirarle varios derrotes, lo prendió feo. Pero sólo lo empaló. Concluyó faena muy encajado y hundido en el piso, cerró por manoletinas y después de una gran estocada hubo petición. Orejas ha habido y habrá en el serial con faenas menos peso y calado. Reunido de testa, el sexto quiso enseñar las palas. Más alto, cuesta arriba, largo, como sus hermanos mostró poco celo de salida. No se empleó en varas, se vino al paso en banderillas, Talavante se lo sacó al tercio con presteza y enseguida se puso a torear con la mano derecha. Pero al tercer muletazo el toro se piró.


Hubo dos series descorazonadoras, con el torero persiguiendo al de Gallardo, que volvía grupas, se giraba al revés al salir del embroque y pedía que lo dejaran en paz. la lógica ordenaba desistir e ir a por la espada, pero Talavante se puso terco y en terrenos del 5, junto a la enfermería, muy cerrado en tablas pero en paralelo a ellas, volvió a obrar el milagro. Hubo paciencia, perseverancia, fe, aguante y pelotas. Hubo todo menos crispación. Ni siquiera para salir de la cara del toro después de dos o tres series imprevisibles. Inimaginables. Como la faena. Doblemente milagrosa. Porque reclutó al toro para la causa y porque volvió a cambiar y adueñarse de la voluntad de los espectadores, un poder sólo atribuible a los colosos como él. Por eso, después no importó que el toro se amorcillara tras la estocada ni que sonase un aviso a destiempo. Otra oreja que marca diferencias.

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El primero regresó a los corrales y el sobrero de Clotilde Calvo, muy alto, de lomo recto, construido cuesta arriba, estrecho de sienes, ya apuntó calidad en los primeros tercios. Toro pronto, para torear con los vuelos, que pidió cogerle distancia y altura. Hubo de todo en la faena de Urdiales, algún adorno suelto, una serie de naturales de excelente factura, varios desajustes, y sobre todo, muchas pausas. Fue faena intermitente y larga -sonó un aviso antes de entrar a matar- resuelta con una ovación desde el tercio. El largo cuarto, veleto y amplio, tuvo bondad pero se consumió enseguida y el riojano no tuvo tela que cortar. Tampoco Perera, cuyo lote conformaron dos toros de estrecha raza que se afligieron ante el empuje del torero pacense, que les dio celo, sometió con poder y obligó con autoridad, dejándoles la muleta en la cara para tratar de evitar lo inevitable: que salieran huidos. Uno y otro tienen más cartuchos, pues su feria no hizo sino comenzar. En cambio, a pesar de no haber llegado a su ecuador, para El Tala ha tocado a su fin. Dos orejas en tres tardes. Y no ha tenido toros. ¿Y si le llega a embestir uno?. Que lo repitan.

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Plaza de Las Ventas. 13ª de la Feria de San Isidro. Lleno de no hay billetes. Toros de Fuente Ymbro, de buenas caras, parejos de tipo, con fondo de mansedumbre, nobles algunos pero sin raza. Un sobrero de Buenavista (1º), bravo

Diego Urdiales, ovación tras dos avisos y silencio.

Miguel Ángel Perera, silencio y silencio tras aviso.

Alejandro Talavante, ovación tras petición y oreja tras aviso.