Haciendo gala de un estar de señor y de torero, Fortes impidió un altercado de los grandes. Con uno de los seis gigantes de pacífica condición, a la tarde sólo le faltaba el cabezudo para remate. Aplomado, sereno incluso tras una fea voltereta, con una seguridad en colocación y cites modélicos y frente a un toro insumiso, con una estocada de paradigma, Fortes hizo una faena de kilates. La petición mayoritaria popular, reglamentaria a todas luces, dio con la pared de un presidente debutante en el palco que no tiene el mínimo para estar ahí. Sin paliativos. No se trata de un 'no', se trata de la cabezonería obtusa de alguien a quien otros cabezudos le tocarán las palmas, dejando una secuela de que el toreo tiene el final que quiera un solo hombre, aunque éste no tenga aptitud alguna. Menos mal que Fortes, cumbre por sereno, por torero y por señor, ni siquiera amagó un mal gesto. No le debe una oreja ese señor. Le debe un perdón retroactivo como hombre y darle las gracias por haber echado agua al fuego de la indignación. Le debe, por decencia, irse, luego de haberle invitado a un café. Y volver al callejón a poner multas.

Este Fortes 2.0 de aplomo, figura vertical y toreo templado, muy templado, puso sentido a la tarde en el sexto. Completaba la media docena de paquidermos el de Pedraza. Fue el que mejor pelea hizo en varas, especialmente, en el primer puyazo. Empujó fijo en el peto, sin buscar pechos o cuartos traseros o buscar la huida despavorido como el resto. Lo sacó del caballo por acompasadas tafalleras el malagueño que, cuando se disponía a rematar el quite con un último lance, cambió el pitón para sacarse de la chistera una media llena de expresión a la cadera. Superior. Esa misma mente resuelta tuvo después con la muleta. Lo había brindado a su padre... Esos abrazos que valen más que las palabras.

Fortes comenzó, muy torero, con muletazos por bajo. Doblones llenos de sabor, pero tratando de ayudar a romper al toro, que tenía nobleza, temple incluso, pero que, como sus hermanos, se vino a menos. Seguro de sí mismo, Fortes quiso. Con un aplomo y un convencimiento máximo, le ofreció la muleta y ligó un par de tandas mientras le duró el resuello al cetáceo de Pedraza. Le había 'encunado', sin herirlo, cuando toreaba al natural. Seca costalada. Luego, con el toro ya entregado, se fajó Fortes, relajado, siempre cabal, para arañarle de uno en uno los pases. Muletazos de medias arrancadas. Toreando muy vertical, echando los vuelos y enganchando esas semiarrancadas. Lo toreó muy despacio. Sin perder pasos en una faena cargada de emotividad y con el obstáculo añadido de invertir esa punzante dinámica de Madrid en tarde a la contra. Hubo verdad en aquello. Más aún en la estocada. Perfecta de ejecución, se volcó sobre el morrillo y hundió el acero hasta la yema. En el sitio. Sin puntilla. Un clamor blanco Madrid. Petición unánime. Para todos, menos para uno. Dos vueltas al ruedo tras la cacicada. La gente, ya no se volvía al palco, subía las 'piedras' para pedir explicaciones.

Antes, el costasoleño ya mostró su firmeza con un tercero que se quedó crudito en varas por su huidiza condición en el peto. Llegó rebrincado a la muleta y sin ofrecer una embestida similar a la anterior. Fortes, perfecto en distancias y terrenos, con determinación y tratando de torear reunido, le buscó las vueltas sin éxito, pero volviendo a dejar clara su remozado concepto. Nuevos tiempos junto a Nacho de la Serna. Lo hizo el Domingo de Ramos y lo corroboró esta tarde. Porque de lo que no cabe duda es de que si, como él mismo define, 'el 2017 en Madrid fue sólido, pero sordo', el 2018 está siendo puro estruendo.

Manuel Escribano hizo un esfuerzo enorme con su lote. No se dejó nada en el tintero. Ni con el vareado pero imponente primero, que salió enterándose y tuvo nobleza pero ni una brizna de celo, ni con un cuarto estrecho de sienes, pero serio y largo, con longitud de trasatlántico. Intachable actitud. Qué más se le puede pedir a un torero que banderilleó sobrado de facultades -de 'lexatin', los dos pares al quiebro- sus dos toros, que esperó a portagayola, más aún, que el receloso y sin entrega cuarto, que comenzó la faena a ese toro con dos cambiados por la espalda y buscó correr la mano en ambas faenas. Esfuerzo baldío.

Tampoco encontró bocado de bravura que llevarse a la boca Daniel Luque. El sevillano lidió primero con un lote a cual más desrazado y, sobre todo, desentendido. El segundo ensillado y algo más agradable por delante que sus hermanos, manseó en los primeros tercios. Se arrancó como una centella al cite inicial desde los medios y Luque, molesto con el viento, resistió el envite corriendo la mano. La faena, como la pelota de tenis que pega en la red, pudo caer de los dos lados tras una tanda limpia, templada, al natural, pero el toro acusó ese esfuerzo y la pelota, faena, cayó en campo propio. Sin continuidad, no rompió. El quinto, gazapón y pegajoso, no tuvo ni un gramo de casta. Tomó la franela siempre a media altura. A la salida de dos derechazos, se abrió consecutivamente, totalmente desentendido, mirando al tendido ante la impotencia de Luque. Para pegarse contra una pared.