Los vestidos de luces son transparentes. Retratan. Definen. Señalan. Instalado en ese egocentrismo de quien llena la escena, Talavante, sabiéndose capaz y deseado camina por Madrid como Aquiles. Descarnado y humano, febril, Ureña, valiente y frágil, sobre todo, sincero en un toma y daca brutal con el exigente, exigente superlativo, tercero, pero quizás insuficiente. Rumiando adversidad en torería incómoda, disgustado con la suerte y con la grada, Urdiales. Todo eso en una corrida de toros de trapíos y tipos laberínticos. Unos feos. Otros para Sevilla. Un toro muy enrazado e importante. Uno definido en bueno. Ya de salida. Y un tercio de varas de ida pero no debajo del peto.

S Había tenido miga la mañana en los corrales para alistar los seis 'Albaserradas', quizás por ello alguno estuviera fuera de tipo como el zancudo quinto, que desfilaran a las siete de la tarde. Sólo dos de los reclutados, en los albores del invierno, por el ganadero olieron albero. Uno de ellos fue el segundo. Y dio la razón a su criador. Más allá de por sus hechuras, que también, 'Murmullo' lo bramó bien alto desde que salió de chiqueros. Muy definido ya en el capote. Metió la cara abajo y humilló con clase. Alejandro Talavante le enjaretó cuatro buenas verónicas y una media superior. Hasta permitió el 'entrepelado' luego que Ureña se hiciera presente en la tarde con un sorprendente quite por gaoneras.

Talavante brindó al público, el mismo que le tiene ahora mismo entre sus consentidos, y formuló la misma ecuación de sus dos tardes previas. Sin preámbulos, muleta a la izquierda. Le cogió enseguida el pulso. Muy despacio. Logró ralentizar la embestida en cuatro, tal vez cinco, naturales. Al ralentí. Sin tirones. Oro puro. Madrid entró al instante en la faena de su 'ojito derecho'. Muy noble, hasta sorprendentemente dulzona, y entregada la embestida del animal. El tendido se relamía con una faena grande a la vista, pero la siguiente tanda bajó un peldaño. No hubo esa rotundidad ni esa limpieza. Buscó la derecha, donde menos profundidad tenía el toro, y arañó dos series más en el aire de la anterior. La última, hilvanada con la arrucina y el de pecho. Todo muy ligado y resultón, por supuesto, pero sin romperse. Sin reventar Madrid, a sus pies. Se perfiló en la suerte suprema y hundió el acero, que cayó trasero y contrario. Tenaz golpe de verduguillo y oreja. Al límite. Pero el pañuelo, como en ese 'Match Point Woodyallenesco', cayó del otro lado. Por eso, primero afloró la petición y, después, las protestas.

Duraron unos minutos. Otro puñado, no muy grande, de ellos tardó Talavante en quitarse de en medio al alto y fuera de tipo quinto. Feo, destartalado y sin remate, más propio de la calle que del Cónclave. Vida y media cabía de pitón a pitón. Tuvo el mismo defecto que la mayoría de la corrida, demasiado 'andarina'. Ya lo mostró en la capa de Trujillo y lo comprobó pronto Talavante. Lo fió otra vez al valor seguro de su zurda, pero no se llegó a acoplar. Lo pasó dos veces, tres, pero nunca se confió y para qué más coba. Abrevió.

Si Talavante se acercó más a la talentosa 'cigarra' de esta fábula, Paco Ureña, sin duda, fue la hormiga. El murciano no se ha dejado esta tarde nada para el hotel. Nada. Es loable esa actitud y esa entrega. Por eso, Madrid le sigue esperando. Le quiere ver triunfar. Lo tuvo hoy a un descabello con el mastodóntico tercero. Un cetáceo, bajo eso sí, de tremenda arboladura que también habría servido para 'dar fiesta' entre talanqueras. Tremenda arboladura y un torrente de casta inagotable. Marcó las querencias y pesó mucho más allá de las dos rayas. Lo sacó entre ambas, el torero y planteó allí el comienzo de faena. Angustioso. Fiel a la excitación de Ureña, que arrea y quiere, logró rotundidad en los tres últimos derechazos y el de pecho. Madrid, con los ojos de par en par, atenta, a un trasteo vibrante, que serpenteó en subidas y bajadas, fruto del, posiblemente, toro más exigente de lo que va de San Isidro. Ideal para echar la moneda al aire en Madrid. El derecho fue el pitón del toro, que fue a más en las series posteriores. Por ahí, logró muletazos rotundos, tragando, pasando paquete, porque no cabía el error al filo de esas dos guadañas. 'Pastelero' no daba un segundo de respiro y Ureña, entregado, tampoco perdió el resuello. Faena emotiva que incluso multiplicó la heroicidad al natural. Había premio y el espada hundió la tizona, algo tendida, hasta la yema. No dobló y el verduguillo fue romo. Vuelta al ruedo tan de ley como, a la larga, seguramente raquítica para el bravo torero y ovación en el arrastre para el encastado 'Victorino'.

Mucha batalla para tan poco botín. Menos copioso aún en el 'enterado' sexto. Se pegó otro esfuerzo sin alharajas Ureña con un toro que no paró quieto. No dejó de moverse, pero nunca se entregó. Tenía interés, sí, y emoción, mucha, pero invitaba a escalar el Everest descalzo. Y sin piolet que valga. Se lanzó a la aventura el murciano, pero el derroche sólo dio para llegar al campamento base, amén de llevarse un certero pitonazo en la rodilla izquierda.

Diego Urdiales dobló pitos en su último cartucho de esta primavera en Madrid. Se va de vacío en sus tres comparecencias. Ni la Goyesca ni San Isidro. Sólo sumaron para engordar una sombría estadística: una oreja en 55 toros en Madrid. Oasis demasiado pequeño para un injusto -por méritos, torería y concepto- desierto que no deja de encontrar duna tras duna. Cierto es que tuvo el lote de peor condición del encierro. Ora gazapón el primero, ora corto y sin recorrido el cuarto. Toro, además, de ingrato trueque. Lo lució el de Arnedo en largo en varas. En la misma boca de riego lo dejó para el segundo encuentro y se arrancó con alegre prontitud de fogueo el Albaserrada. No hubo pelea de bravo en el peto. En cuanto asomó una capa, la tomó como excusa para la huida. Sin recorrido llegó a la franela, cada vez más corto, pero a la gente le había quedado en la retina el galope al caballo. Desagradecida letanía. Madrid, en San Isidro, en tres trajes de luces, que se tiñen del que lo porta. Sin medias tintas.