En psiquiatría existe el ser acomplejado. Tiene tratamiento. Existe, en versión sexual cañí el mariacomplejado: complejo de loka loka que no rompe a loka. Tiene tratamiento a través de expresión corporal. Existe el complejo de superioridad y el de inferioridad. Que tienen tratamiento: a los primeros se les manda al carajo y a los segundos se les gana la acción: se les da pena antes que ellos nos la den a nosotros. Y en el toreo, sólo en el racial mundo transversal del toreo, hallamos la variante del complejo de superior inferioridad. Éste consiste en que un ser muestra sus complejo de evidente inferioridad (léase soy un mediocre en tauromaquia que pasaba por aquí) con actitudes de superioridad racial: un ario taurino. Un ario taurino no le va a dar una oreja a Fandi ni de coña. Begoña. Tiene tratamiento, pero no tiene cura.

Van siete corridas (de toros) y escaso orgasmo artístico, a resultas de que padre y madre, en su día, no ligaron bien en el campo. Hoy la de 'FuenteYmbro', seis de distintas hechuras y seriedades, compleja al definirse entre la línea estrecha de la raza de genio y la raza de casta, tampoco fue un lote de bien ligar. A la defensiva el primero, de genio sin entrega para adelante el segundo, con movilidad pero muy exigente el tercero, (un tío con él Garrido); el quinto feo, escaso y rebrincado y el sexto parecía por tipo, parecía prestado de otra corrida por hechuras y escaso cuerpo. Y el más basto y alto, el cuarto, fue el único que soltó pronto el tranco con un son a su aire que fue visto pronto por Fandi. David, el del guetto.

El síntoma del complejo de superioridad inferior comenzó en el primer toro, cuando el superior le negó al inferior poner un cuarto par que pagaba él. Lo pago yo, oiga. No. Pero no un no de no, sino un no de ario dedicado a uno que no es cool. Porque Fandi no es cool, para un aficionado cool Fandi es anti-cool. Se puso se rodillas en la boca de riego Fandi luego de un tercio de banderillas superior finalizado con dos en uno cuyo cuarto par fue con el toro a su aire por afuera y por delante del granadino, que metió la quinta por los adentros y le ganó la cara como quien le gana un pulso a un manco. Tremendo.

Girando sobre las rodillas, el toro recién llegado al galope desde las tablas, le ligó un sinfín sin un tropiezo leve de tela, para seguir dándole esa distancia en tandas con la mano derecha ligadas, limpios los pases, buenos los de pecho. Fue una de esas faenas que se ven venir, cristalinas, con el toro con el celo a menos y la inercia a menos en cada tanda, con un pitón izquierdo de menos ritmo al venirse un poco vencido, que impedía la ligazón. Un espadazo arriba y petición. Fue la faena el tratamiento médico para ese complejo de superioridad que no aprovechó el palco para lavarse las manos. Y sacar el pañuelo bien ganado. Le susurró el doctor al oído: pañuelo. Pero como para lo pendejo no hay vacuna, (taurinamente hablando), queda evidenciado el tratamiento sin cura del llamado complejo de superioridad inferior.

Hubo otra fana de oreja. Más que ganada, peleada, buscada, arriesgada, labrada en piedra, sudada en el yunque. La que Garrido le hizo al tercero, un toro de movilidad y fuerte temperamento que exigió el valor de muchas tardes. Porque incluso en la distancia larga, el toro, al sumar los pases, perdía la inercia y le costaba un mundo tirar por abajo y para adelante. Lo hizo mejor en los terrenos de afuera con el torero impecable de colocación, pasándose los pitones cerca, sin dudar en amagos del toro, y tratando de obligarlo siempre para que se fuera de los vuelos y ligar los pases. Una faena para llevar una bomba de oxígeno, que se mantuvo así incluso al final, con el toro ya más gastado, en los terrenos de adentro. Unas bernadinas de trago dejaron todo en manos de una espada que pinchó en hueso. Garrido, además, hizo un tremendo esfuerzo más allá de la cortesía, con el imposible sexto que se vino andando sin celo.

Hay toros que invitan a la cortesía. Abreviar. O, al menos, a no porfiar o incluso a aliviarse. Y no te van a regañar por ello. El lote de Perera. Uno de genio áspero, siempre sobre las manos, sin romper para adelante y declarando que no lo iba a hacer por mucho que el toreo se la puso perfecto por los dos pitones en todas las distancias y alturas. El quinto era un toro feo, de canal escaso y estrecho de sienes, cuesta arriba, que se vino siempre rebrincado en exceso sin ir metido jamás en la bomba o en los vuelos. Y Perera tampoco entregó la cuchara aunque sabía que en el cuenco no había sopa. A veces, nosotros mismos sin ayuda de nadie, nos ponemos tan tan estupendos que, cuando hay algo de valor, tratamos de restárselo. En este arranque de feria, con los hijos de las mamás y los papás del campo que no ligaron fetén, cuando uno embiste y se le torea, sale del armario ese complejo de superioridad que es una muestra de lo inferiores que somos. Complejo con tratamiento pero sin cura.