Es el primer herido de la feria, pero por encima de todo, es el primer gran protagonista del abono, porque su oreja tuvo más peso y más solidez que los triunfos 'coloristas' de días anteriores. Un toreo hondo, profundo, que incluso sin cornada de por medio, era merecedor del doble trofeo. Una obra a la altura del gran cuarto de Puerto de San Lorenzo, que puntuó un año más en San Fermín, como lo hizo Román, por cierto con otro toro de nota. Ninguno cayó en el lote de Garrido quien sobre todo en un quite por chicuelinas dejó su sello en el ruedo navarro.

Voluminoso, con alzada, con menos desarrollo de pitón que el resto del encierro, el cuarto fue el toro de la corrida. Hizo una salida fría pero empujó y se empleó en el peto. Ureña, a quien se vio sereno, tranquilo, incluso inusualmente sonriente durante toda la tarde, inició faena de rodillas en los medios, de modo templado, antes de comprobar la calidad del animal de El Puerto, que embistió con ritmo y profundidad al trapo del murciano.

Ureña lo aprovechó el series de mano baja, en muletazos ligados, sometidos, con ajuste. También por el pitón zurdo. Fue faena sobria, seria, pausada, de gran entrega, quizá no del todo valorada por el público hasta la estocada final, cobrada en rectitud, en la que resultó corneado en el tercio medio cara interna del muslo derecho, de un derrote seco, en el momento del embroque. Aguantó en el ruedo con una profusa hemorragia hasta ver doblar al astado. La cuadrilla recogió una oreja de gran importancia.

Ya en su primero, grande y amplio, largo, tocadito arriba de pitones, que se desplazó con más largura sobre el pitón zurdo, dentro de una embestida irregular, poco uniforme, marcando querencia siempre, anduvo decidido el murciano y lo mató con certeza.

El otro gran toro del envío salmantino, grande y serio, ofensivo pero no destartalado, fue el segundo, fino, bajo, abierto de cuerna, voluminoso, al que Román saludó con hasta dos largas cambiadas. Inició también de hinojos una faena muy estimable. El toro embistió con largura y recorrido, con franqueza y son, y el torero aprovechó estas virtudes para torear limpio, con suavidad y sin tirones, especialmente al natural. Cerró por bernadinas y lo mató con guapeza, atacando en rectitud.

Luego el burraco quinto, largo, voluminoso, suelto de carnes, pero serio y astifino, con las puntas hacia delante, que humilló sin terminar de rebosarse en el capote de Román y acometió su muleta de modo cansino, tardeando, sin transmisión, con el defecto de perder el objeto después de cada muletazo no le dejó redondear su tarde. Anduvo centrado el torero valenciano, siempre bien colocado, sin perder el ánimo pese a que el toro nunca aceptó su propuesta. Lo mató además de una buena estocada.

Garrido enlotó el toro que más había gustado por hechuras en el sorteo, el tercero, con otro más paletón, que cerró plaza. Ninguno de los dos (embestió con la cara alta, sin humillación ni entrega el tercero mientras el noble sexto, con más son que fuelle, enseñó pronto la bandera blanca) le dio opción al extremeño, que sobre todo en el último corrió bien la mano sobre todo con la mano zurda, con despaciosidad incluso en algunos momentos hasta que el animal se consumió.