Como a 'El General en su Laberinto', a Luis Bolívar la vida le ha dado ya bastantes motivos para saber que siempre hay una primera victoria, pero que ninguna derrota es la última. Ofrecido el cuerpo en salto hacia el interrogante que es la cuna de un toro, la muleta abriendo camino hacia las pezuñas del de Escolar, la suerte de matar había sido el último aliento aguerrido, epílogo de un toreo sutil en madurez y preciso en trazo. Si el gran Gabo viviera, podría narrar el toreo de su paisano en el realismo mágico de una tarde colores grises en toros, en cielo de lluvia detenida, en las canas grises del torero joven. Incluso tarde de mágico realismo en la figura enjuta con aplomo de seda y oficio de gladiador de Robleño y más allá, en Rafaelillo, que portaba aún los ecos de la horrible miurada de hace dos días en el rostro, y quien sabe si en el alma. Hubo algo de mágico silencioso en una corrida inteligentemente enlotada por el azar, que si tiene inteligencia: se intercalaron segundo y sexto como toros toreables junto a dos agrestes, primero y quinto, dotando a la arde de una coherencia narrativa de realismo mágico.

Tienen este tipo de corridas la razón de ser en propiedad, al margen de todo, pues son honorablemente sinceras. No las detiene el toro de peligro como tampoco las empuja el toro de embestidas. Torismo honorable y decente, en una corrida que cumplió en varas sin ostentación de nada, presentada de forma coherente y cuya condición se describe desde lo opaco hasta la luz matizable de segundo y sexto. Fue en este toro, cuesta arriba y de salida viva, cuando Bolívar se arrebató con el capote, y se alinearon los astros de tal forma que el lío que se hizo Majada a caballo terminó arrancando palmas felices, que continuaron con unos capotazos de Jeringa y tres pares aplaudidos de Miguel Martín y Fernando Sánchez, que camina hacia el toro como quien camina hacia la conquista de El Dorado.

Hay una sutileza que da la tierra, o los años, o la experiencia o la suma de todo esto, a la que se añade la sangre que por dentro le dice a un torero que aún puede torear mejor. Siendo el pitón derecho zona selvática al venirse el toro por adentro, Bolívar meció muñeca y yema de los dedos buscado distancia y altura para citar sin el toque, sino con el gesto leve que dice “ven”, para enganchar las embestidas sin violencia alguna, tirar del toro que llevó su nobleza con la cara a media altura, logrando colocarse tras cada pase en el lugar de iniciar y finalizar, del mismo modo, el siguiente muletazo. Tres tandas insinuando y haciendo el toreo hasta que el de Escolar fue perdiendo celo al final de los pases, como queriendo mirar el color que tiene el cielo de Madrid a punto de noche. La estrategia de echarse la muleta a la mano derecha fue un derroche de confianza, con el toro ya agarrado a la arena. Fue entonces cuando el colombiano picó espuela y se aferró a la espada que mata para no morir, echando la muleta a la pezuña del toro para, al mismo tiempo, descubrir la muerte y abrir el camino a un salto hacia la cuna de los pitones, dejando el acero en buen lugar.

Tras la estocada, nunca hubo una muerte más anunciada, pensaría Bolívar, pero a ese anuncio respondió el toro cenándose su último aliento hasta despeñar la gloria en la suerte de matarife del descabello. Un personaje de Gabo, en “Cronica de una Muerta Anunciada…” sufrió la misma vaina: “soñó que atravesaba un bosque y caía una llovizna tierna y, por un instante, fue feliz en el sueño, pero al despertar se sintió por completo salpicado de cagada de pájaros”. El toreo cambia en segundos el guión de lo toreado. Lo toreado en ese toro y en el tercero, donde Bolívar prolongó con maestría de seda la embestida a media altura por el pitón izquierdo de un toro de bravura tan gris como su pelaje.

Se ha vuelto enjuta la figura de Robleño, cervantina, y el rostro anguloso que da la vida vivida ente toros de montaña. Pero la forma de torear erguido y a veces hasta a compás al segundo, toro noble, humillador, que repuso pero no hacia el cuerpo sino hacia la muleta, tuvo instantes de una pacífica armonía. Como cobrándose Robleño años de angustia defensiva. Perdió pie cuando el de Escolar le pisó la muleta y, al levantarse, trazo la tandas de mas dejarse ir, de mejor trazo y mayor eco. Toro enlotado con su antípoda, uno mas alto, mas cuerpo y menos cara, anclado en sus manos y con gusto por el traje del torero.

Uno de tipo para Sevilla abrió plaza y fue toro de venirse por dentro y reponer con agilidad para un toma y daca de Rafaelillo, apuntado esta feria al toro de traca. Fue apertura de tarde con toro de andar listo. El cuarto, de cara mas abierta, se metió mucho por el pitón derecho y pareció tener mejores intenciones por el izquierdo, pero, como mirado por el rey de los tuertos, la faena entró en el bucle del desorden sin que el murciano pudiera, en cuatro toros de su feria, estirarse para trazar un muletazo.

Como levitando salió de plaza Bolívar, mascullando la maldición de selva que consiste en despertar de un sueño sabiendo que, en el toreo, la primera victoria existe y que jamás llega la derrota última. El toreo es eso capaz de separar, como día y noche, a las líneas que narran el toreo más sutil y maduro con el triunfo mas justo y deseado. Las separa tanto que las condena a no encontrarse. Realismo Mágico, casi una maldición poética. En el toreo y en el arte, las diferencias de fondo entre victoria y derrota, son causa de los simples errores del azar más irreverente. Y quizá del azar más cabrón.