Recurriendo a la Escolástica, que para eso las ferias de primera siempre tienen algo de examen, el jurado dio un diez a una faena de ocho. Aunque también hay que valorar que realizar una faena de ocho a un toro de seis es algo muy importante. Y eso hizo Perera con un burraco noble sin más, que la tomó con franqueza por abajo, pero protestó más a media altura, en una faena cuya muleta prolongó embestidas y duración, quizás esta última en demasía. Así logró pulsear al de Victoriano Del Río. Fue una faena de arquitectura y conocimiento. Como otra de Román -que sigue evolucionando en positivo, creciendo-, con un toro áspero, tuvo la emoción de la firmeza y a ratos, cuando le dejó el toro, exigente, un temple bien aprendido. Hay que seguirle la pista. Camino de los seis años en algunos toros, la corrida lució hechuras que no entraron por los ojos, pero, sobre todo, sacó poco fondo y nula clase.

El quinto fue el segundo burraco de la tarde. Muy en la línea de lo que proviene de Algarra en esta casa y sin ser ese prototipo de toro encastado de Victoriano del Río, fue el que más calidad tuvo. Lo cantó en el quite por gaoneras de Román y lo corroboró en la muleta de Perera. Eso sí, siempre por abajo. El pacense le otorgó distancia y trató de dejarlo a su aire en el primer tramo de la faena. Ahí protestó más el animal.

Lo atacó más en las posteriores y consiguió ligar una tanda muy rotunda, en redondo, que prendió la mecha en el tendido. Mantuvo el interés en las siguientes, con mayor lustre cuando lo sometía por abajo. El toreo de siempre de poder y mando de Perera. Lo exprimió hasta el último aliento con un tramo final de faena metido entre los pitones. Muy cómodo en esos terrenos de cercanías. Dos circulares invertidos bien ligados con el de pecho en un palmo de terreno. Hundió la tizona entera, algo desprendida eso sí, y rodó sin puntilla. Se pidió la primera, concedida. Hasta ahí debió llegar la cosa. Pero siguió el manto blanco y el presidente no puso medida. Dos orejas. En el límite. Demasiado premio.

Rozando ya los seis años, como primero y cuarto, el engatillado segundo fue un toro muy bien presentado y armónico. Tuvo movilidad en los primeros compases de su lidia y permitió que Román se hiciera presente con un buen quite por gaoneras rubricado con revolera y brionesa. Apuntó fijeza y codicia en banderillas, destacó Javier Ambel, que se desmonteró. Nos relamíamos para la faena.

Fue un espejismo. El oasis duró sólo hasta el comienzo de faena, vibrante de Perera, que le cambió dos veces por la espalda en la misma boca de riego. Se echó la mano a la izquierda, a priori, su mejor pitón hasta ese momento, pero en el tercer muletazo se abrió el de Victoriano del Río y buscó la huida despavorido. Perera comenzó la persecución por toda la plaza hasta que el burel se atrincheró en tablas en la misma puerta de toriles. Sin opciones, le robó dos tandas más a milímetros del estribo, pero sin brillo. Buena estocada y tras usar el verduguillo, escuchó palmas.

Con muchos pies de salida, el impetú del tercero le hizo incrustar el pitón derecho hasta la mazorca en las tablas. Bien hecho y serio, cumplió en el caballo y en banderillas, donde apretó para los adentros a la salida de la suerte. Román no escatimó con él. Desde el comienzo en las tablas de rodillas, que le costó una feísima voltereta cuando firmaba el cambio de mano tras tres derechazos en redondo rotundos. Rompió la taleguilla y lo levantó del suelo, para reventarlo. Por fortuna, el pitón no encontró carne.

Román ni se miró. A lo suyo. Se echó la mano a la derecha y lo toreó con gusto. Corrió la mano y resistió con titánica entrega la emocionante arrancada del toro, que tuvo más emoción que clase. Su movilidad se tradujo en transmisión y el valenciano tiró de corazón para ligar las tandas por ambos pitones. Todo valor. Con gusto y variedad en los remates. Salió milagrosamente de una pieza tras una arrucina ajustadísima. Aprovechó cuanto pudo hasta que el animal, podido, buscó la querencia. Se volcó sobre el morrillo y hundió una estocada entera de efecto fulminante. Oreja de ley.

El que cerró plaza fue una quimera ya casi antes de empezar. Tan sólo dio para un formidable tercio de banderillas de El Sirio y Raúl Martí. El valenciano, que ya bregó con lucidez al tercero, le andó con torería en el tercer par antes de asomarse al balcón y clavar reunido. Serio candidato a par de la feria. Román volvió a ser fiel a su desparpajo y brindó al público. Quiso, con todo el alma, pero no pudo. Enfrente tenía un ‘marmolillo’. Atornilladas las pezuñas al piso, ni media arrancada regaló al valenciano, que no tuvo más remedio que ir por el acero. Inédito.

Otro toro con la edad casi cumplida, el primero de Victoriano del Río fue un toro bien hecho, bajo, de cuerna acucharada y estrecho de sienes. Salió suelto de salida, muy a su aire, y Castella se lo dejó crudito en el caballo para poder atacarlo en la muleta. Sin embargo, ‘Aturdido‘ no hizo honor a su nombre y salió muy vivo de los primeros tercios. Castella comenzó con toreros doblones, rodilla en tierra.

Fue lo más lucido de una faena en la que sudó tinta para poder domeñar las arrancadas de un animal muy gazapón, pegajoso persiguiendo al torero. El galo, muy atento, acertó perdiéndole pasos para poder ligar. Una fea colada nos hizo contener el aliento cuando trataba de darle el de pecho. El pitón resbaló por el muslo. No se amedrentó el de Beziers que lo toreó por ambos pitones a pesar de unas dificultades que no remitieron: siempre sobre las manos el de Victoriano. Certero con la espada. Palmas tras aviso.

El otro burraco saltó en cuarto lugar. Fue un toro zancudito y alto de manos. Desde el comienzo tendió a soltar la cara y pegar un pequeño arreón al final del viaje. Pese a ello, ese tramo de su lidia fue en el que ofreció mejores prestaciones, porque luego tras banderillas no sólo no corrigió sus defectos, sino que además los acompañó acortando cada vez más su recorrido. Muy corto y sin profundidad, Castella, que comenzó su faena por estatuarios, trató de sacar petróleo de su única virtud, tuvo cierta nobleza. Manejable, pero nada más, el galo estuvo muy incómodo con él, a pesar de buscarle las vueltas. Sin opciones.