Contra toda voluntad, tantas veces, no son los toreros los que hacen las faenas, sino los públicos. Este es el riesgo histórico de todas las artes, la percepción. En este tiempo de fuera de tipo: los toros, algunos toreros y, porque no, también hay público fuera de tipo, las percepciones incluyen secuestros. Consiste en que un torero hace una faena y el público hace otra: la de Fortes al segundo, en el sitio para el toro bueno, con el trato para el toro bueno, con el pulso para el toro bueno y con el valor sereno (no seco, si no existe el valor húmedo o mojado, lo del valor seco, es para el hombre del tiempo) que la base de la fuerza para torear. Frente a un toro duro, de, como dirían los clásicos, una corrida dura si hacemos elipsis en la pava quinta y el enclasado primero. Una faena hizo Fortes, pero el público hizo la suya, secuestrando la que, hasta el momento, es la faena de mayor importancia del ciclo. No fue moco de pavo la actitud de Román mientras que Juan se quedó sin tierra en esta tarde de poca asistencia.

Perpetrado el secuestro sin armas de fuego, sino a través de una desconexión de los públicos fuera de tipo, la tarde quedó a merced de una espera hacia lo jamás habría de llegar. Una corrida cinqueña de Lagunajanda, con tipos muy dispares, un toro para las calles por carecer de canal y tener cuernos de calle, uno muy alto y basto (el quinto) uno de preciosa armonía, primero, que (apenando de nuevo a los clásicos) 'se sujetó en el peto' sin ser brava, prometió mas engaño que verdad. Esa ausencia de fortaleza del enclasado primero nada tuvo que ver con las complicaciones derivada en peligro del segundo ni con la movilidad de bravo aparente del tercero, que duró lo que dura una falsa promesa. El cuarto fue una sombra de poder, el quinto un toro basto que embistió basto y el sexto una rabia de burbuja de champán.

Siendo soberano el público sin opción a una segunda vía, queda el recurso lícito de discrepar de la mayoría. Aunque sea un verso libre. La serenidad de Fortes, ejemplo de ponerse para torear, más maduro, sin ese aire noctámbulo del temerario, seguro de piernas y brazos, capaz de ponerse en ese sitio donde pocos toros no acuden al reclamo, fue el entramado de acero de una faena importante a un toro duro que aparentó debilidad en los primeros compases, que empujó con las manos en el peto sin un golpe de riñón, que amagó no acudir en el segundo y que fue creciendo en emoción en la medida que, al no entregarse nunca, su poder no se gastaba. Poder sin embestir, de cara arriba, de movilidad a su aire de toro entero.

Lo mejor; que obedecía a los toques, como se comprobó en esa moneda al aire que Fortes tiró de rodillas en el centro del ruedo en un pase cambiado para ponerse pronto de pie al ver que el toro no se soltaba de los vuelos. Nunca lo hizo. En cada primer pase el toro rozaba la taleguilla, pues Fortes jamás lo abrió, incluso a veces dio ventajas al abrir ventanas en citas perpendiculares a tablas, con el toro apretando, o en los pases de pecho, quedando los pitones en las axilas. Una faena para ser percibida con angustia torera en la grada, pero, al fin y al cabo, tantas veces, las faenas las hacen los públicos y no los toreros. Y una faena de oreja de platino se quedó en una vuelta al ruedo protestada en su nacimiento por los públicos fuera de tipo, que también los hay.

Le siguió un sensato arrimón con el quinto, alto y basto, de corta embestida, cuando el toro pidió hacerle eso. Ese valor sereno es valor que caduca tarde y eso juega a favor de Fortes. Insisto, valor sereno. Lo de valor seco para los anticiclones e isobaras y borrascas. Porque, calificando cuestiones de valor en aptitud y actitud, Román lo tiene. Este torero se la juega tantas veces a merced al no sacar los brazos con el capote, al insistir en torear en sitios jodidos frente a toros que piden más oficio del que aún tiene. Tiene el valor del torero fresco que quiere. Un toro de gran movilidad y escasa entrega, que fue y vino, de mucha y fuerte inercia, lo puso a prueba en quietud, en presentación de la muleta, en toques... en no dar un paso atrás. Fue una faena de toma y daca cuyo cruce de espadas terminó cuando el cinqueño echó el cierre, poniendo fin a la emoción y a todo lo que no había sido verdad, que fue todo menos la actitud del torero.

Se la jugó de nuevo con el sexto, que fue esa burbuja del champán que es tan viva como fugaz. Esos toros nada se parecieron al primero, un toro de tipo y armonía, de calidad sin fuerza, al que Juan del Alamo trató de cogerle pulso y ritmo, pero ese tipo de embestidas en Madrid son pura ruina. El cuarto fue feo desde donde se mirase, emparejado con el hermoso, y, además, soso, dejando estar pero sin dejarse torear, que no es lo mismo. Las cosas aparentan ser lo mismo y no suelen serlo, sobre todo en estas tardes de abandono de públicos, donde hay una especie de tendencia al anonimato, a sumar una de feria, a esperar al día siguiente. En esas tardes de fichar hasta la próxima es donde mas riesgo hay de que sea el público quien haga la faena. Y perpetre un secuestro.