La corrida de Garcigrande comenzó en el cuarto de al lado. De la de ayer. Los tres primeros toros parecían la habitación no mostrada el martes en la de Cuvillo, generando una especie de psicología del ninguneo. Hubo psicosis de que los toros nos iban a seguir matando de indiferencia. Pero saltó uno bonancible con el que Padilla Lehendakari cortó una emotiva oreja, el cuarto. Saltó un quinto por hacer siempre (distancia, ritmo, alturas), pero al que El Juli le pegó una docena de muletazos cumbre que encendieron la luz máxima. Pinchó y el público, muy educado ahora por narrativas de doble o nada, apagó todo y no hubo premio para lo que era de premio. Los públicos de hoy, metidos en tópicos enseñados, tienen la habilidad perceptiva de ir del cero al mil en un nada. Y, de postre, salió un volcán. Dentro de un toro. Malcom Lowry tardó diez años en escribir 'Bajo el Volcán'. Diez años para narrar un solo Día de Muertos en México. Cuatro años de crianza para sólo diez minutos de expresión, y qué expresión, en el ruedo.

No es la de GG/GH una ganadería para deleitarse en sus hechuras. Justo Hernández y su padre parieron un toro cuya belleza no es la armonía, sino esa indefinición y desorden de jeroglífico que llevan en la barriga sus toros, que se entregan al orden cuando se les ordena. En Bilbao, de poder uno, sexto, de ordenar uno, quinto, y de poder relajarse otro, cuarto. Con ellos, una faena virtuosa con doce pases en la cima de lo despacioso y la cadencia de Juli. Llegó ese quinto a la muleta habiendo después de salir suelto, darse la vuelta al revés, venirse fuerte en banderillas y demostrar una movilidad difícil de cifrar. Impredecible, y eso es bueno para el toreo. Se salió el torero con el toro al tercio, erguido y le enjaretó como de sorpresa, Oh, tres lapas con la derecha de aúpa. Siendo toro siempre por hacer, en cada tanda y casi en cada pase, la siguiente fue de compás mas abierto, por abajo los vuelos, pero sin hacer daño.

Ante las protestas por el izquierdo, tomando el toro la tela con el pitón de afuera, El Juli comenzó a perderle pasos, siempre la misma distancia, siempre a favor del toro, y ya no hubo tropiezos sino más entrega, para otras dos tandas más, una de mando, otra de figura erguida de categoría. No tenía el toro nada más. Y nada menos. Se había puesto Bilbao en fiesta de olés, pero ya se sabe que en esta fiesta de hoy un pinchazo es una infamia y hay que darle al botón de la luz para apagarlo todo. Bueno. Así es el toreo porque la sociedad asín está: sustituimos la sensibilidad por la sensiblería del tópico. El segundo había sido un toro que derrotó siempre a la defensiva sin pasar por la muleta.

El sexto fue el toro más bajo, un castaño de salida a su aire, incluso con aspereza, pero muy vivo. Dentro traía el volcán que no tuvo la corrida. Lowry escribió en esa novela, una de las más grandes de la literatura universal, la soterrada voluntad de autodestrucción de un cónsul británico que recurre a la bohemia de lo etílico (borracho, pues) para salvarse de nada. Como de nada hay que exculpar a Manzanares, sino darle el valor de su intento. Mientras el torero trataba de poderle al toro desde adelante, casi antes del embroque o con este muy por delante, el toro embestía por abajo con una raza de lava a raudales. Cuando, con la izquierda, el muletazo perdía poder, el toro crecía y, en ese alterne de tandas y manos, de poder y pasar sin ser sometido, el volcán generaba más lava.

Causa por la que jamás redujo velocidad e ímpetu en unas embestidas de cara o cruzde diez minutos de casta desbordante. Metemos a ese toro en la corrida de Torrestrella, y observaremos con la raza si puede ser por abajo. La bravura es por abajo o no es. Pinchó el torero, que hizo un esfuerzo obvio, como lo hizo con el áspero y de recorrido escaso tercero. Y el lote de Padilla, el cuarto, que acusó el largo inicio torero y de castigo del ciclón para luego moverse mas suave, dejando hacer y estar a un torero cuya hoja de servicios en Bilbao es grande. Dos largas, saludo capotero largo, toreo ligado y repertorio final, estoconazo incluido, resumiendo lo que ha sido este toreo, al que le dieron honor grande en un aurresku antes de comenzar el paseíllo. Por la plaza paseó su figura de guerrero veterano sin derrota, bandera pirata en una mano, en la otra el corazón. Y, llegando al colorín colorado, que la tarde que comenzó en la habitación de al lado de la del lunes, no era prolongación de ningún adefesio. Hubo miga en el segundo tramo y un volcán dentro de un toro.