En sentido estricto, una “bilbainada” es un género musical. De allí. Por extensión, “bilbainada”, vulgo, tiene la acepción de una sobrada. Ese de Bilbao que a la pregunta de donde aprendió a talar árboles, contesta que en Sáhara. Oye, que ahí no hay árboles. Los había, los había. Pues de un desierto de embestidas, sustentada la fuerte y seria corrida de Torrestrella en la movilidad, a veces áspera, con las caras a su altura, correosa en muchos casos, incierta en otros, parte del público “bien” de Bilbao se sacó la “bilbainada” de hacer saludar al ganadero. Ole. La corrida, con las virtudes del toro fuerte, tuvo movilidad y acometividad, pero embestidas escasas. Acometer es el genérico primitivo de embestir , que es otra cosa. Al igual que la fiereza lo es respecto a la bravura, que es otra cosa. Luis David Adame, pleno con el capote, construyó una notable faena al tercero, el mejor toro y tuvo una gran actitud. Intachable la forma de cruzar la raya de Román, que se libró de cornada de milagro. Caballero, con escasos recursos y lote duro.

De entre los toros, el tercero, que salió con mejor son, tranqueó más, quiso tomar los engaños aunque sin humillar, y fue a menos. Pero, con mucho, el toro de la corrida. Porque el primero fue áspero en movilidad sin entrega, el segundo derrotó en acometidas fuertes, salido ileso del peto. Cuarto, toro que agradeció el esfuerzo por el pitón derecho, pero para tragar paquete. Quinto fuerte, de tanta acometividad como nula condición para meter la cara buscando los vuelos. Sexto apunto buen son pero se vino abajo.

Sinceramente, con las lagunas o defectos que puedan tener los toreros, la corrida habría sido dura para cualquiera del escalafón. Corridas así han de salir y es bueno que salgan. Pero la valoración ante ellas  de los toreros ha de ser a modo del toro y sus esfuerzos. No se sabe porqué, la tendencia con este tipo de corridas es que ha de haber siempre un vencedor, el toro, y vencido, el torero. ¿Toros como los de hoy? Bienvenidos. Aplicando una sensibilidad a modo de ellos cuando se premia a los toreros.

El recital de capote de Luis David, desde las verónicas a los quites por chicuelinas, navarras, zapopinas y altaneras, y el espadazo recibiendo al tercero, fueron las claves de una actuación en donde la faena medida a un toro de fondo medido y de buena condición, recibió premio justo.  Dos tandas con la mano derecha de ligazón impecable, cite y alturas a modo del toro, fueron las mas intensas. Aprovechó el torero la buena inercia del toro, dosificó el mando, permitiendo la duración del toro.

Centrado y resolutivo, la mitad de faena fue más en los adentros y dentro del terreno del toro, cuando ya el viaje era mas corto y el trasteo corría peligro de perder el buen eco que había provocado. Tras unas bernadinas, le pegó una espadazo recibiendo que ahí queda para ser mejorado. Precioso toro el sexto, de buen son en la salida, pero que, tras una primera tanda de tranco sin humillar, se vino abajo justo cuando al mexicano se le apagaba la luz, encendida en un final de arrimón y una buena estocada. Buen paso por Bilbao.

Hace veinte o veinticinco años Román, con lo mismo, corta dos orejas. Pero la educación taurina y narrativa de ahora hace aguas pues reclamando emoción, no sólo no la valora, sino que, a veces la ningunea. Apretó  mucho  de salida y hacia adentro el primero, haciendo lo mismo en la muleta, con un embroque muy difícil, la cara alta, pasando con el  derrote al aire y, muchas veces incierto. Varias veces se libró de la cornada el torero, sobre todo cuando lo citó perpendicular a tablas. Sólo la fortuna hizo que saliera ileso de una cogida, pitón en la ingle, al entrar a matar de verdad al toro. La faena al cuarto tuvo la misma actitud de pasar esa raya imaginaria del todo o nada.

Fue toro suelto de carnes, bronco en los primeros compases de la faena, de  ara alta y recorrido escaso por el pitón izquierdo. Con la muleta en la derecha, firmeza de planta, puesto cerca de los pitones, surgieron dos tandas de bemoles y de trago al detenerse el toro varias veces en embroque. Dio la impresión de que Román no se dejaba nada, incluida la forma de entrar a matar a un toro, que, como toda la corrida, se tragó la muerte, tardando en doblar.

La movilidad del tercero fue tan incansable como correosa y áspera, de esos toros imposibles de torear con el toreo de hoy. Y ese fue el que le aplicó Caballero, que estuvo mucho tiempo, pero dando la impresión de que sus armas eran escasas con él. El quinto fue más pacífico, pero de cara suelta en un pasar que no admitía mando de mano baja, insistiendo el torero y reafirmado que el oficio de torear se adquiere torrando mucho.  En un pinchazo se lesionó en el hombro, pero pudo matarlo antes de pasar a la enfermería.