Pasó como un huracán por Sevilla un conquistador. Acostumbrados a las medianías de los neogobernantes que no ven más allá de su frontera, acongoja ver a un rey de puño férreo que subió al trono sin pasar por principado. Arrojado. Su arma radica en el valor y, por ende, es capaz de dominarlos a todos. Hizo romper al manso que huyó como un cobarde y pudo también con el que se quería ir pero al que, esta vez, no dejó. Su arma, su muleta. Su ejército, un corazón intrépido. Pero al rey le sucedió un príncipe. Sevilla sabe de eso. ‘Derramado’ se fue con honores después dejar en el ruedo las mejores embestidas de lo que llevamos de Feria. Castella plantó batalla, dejó un inicio soberbio pero la espada no entró.

De hechuras variadas, aunque buenas en líneas generales, y serios de aspecto, el envío de Victoriano Del Río tuvo un punto manso, siempre buscando la salida en los primeros tercios y, también, en la muleta como hicieron todos, excepto el cuarto. Manzanares exprimió al geniudo segundo hasta que tuvo que correr tras él, mientras que el quinto nunca estuvo metido en la muleta. O el primero, que parecía que sí pero en la segunda tanda se desinfló. O el tercero bis, al que Roca Rey sacó el fondo que tenía en la misma puerta de chiqueros. O el sexto que si no se fue, fue por la muleta grande del peruano. Solo falta el cuarto, que merece un capítulo por sí mismo. Tanto en su morfología como en el comportamiento recordó a ‘lo’ de Atanasio… aunque el ganadero jure y perjure que en El Palomar no queda nada.

Sevilla ya sabía del desparpajo de Roca Rey. Sabía, también, que es un gallo nuevo que acaba de llegar a un corral con sementales de primera. Lo vio cuando Castella se fue a la puerta de chiqueros con un vendaval terrible o cuando Manzanares se apretó con el genio del segundo. Era su turno. No valió el burraco que se fue de vuelta con el pañuelo verde. En su lugar salió un toro que casi alcanzó los seiscientos kilos. Alto, bastote de hechuras, con desarrollo de pitón pero cerrando la cara arriba. Tuvo temple de salida y lo midieron tanto en el caballo que en el segundo envite el pica levantó el palo con el toro levantando al jaco. Roca Rey se quedó solo con el toro. Había sido pronto y alegre en banderillas, todo medido. Comenzó por estatuarios, firmes, hieráticos. Con la izquierda sorprendió con un cambiado por la espalda. Sin enmendarse. Citó con la derecha pero el toro, como preso por el pánico, buscó el refugio de los toriles.

Allí se fue el peruano. Justo debajo del reloj que marcaba ya pasadas las siete y media. Apretó el toro en la segunda raya y apretó el torero, exigiendo por abajo lo que jamás pensamos que podía ’Soleares’. Porque los toros rompen cuando un torero tiene la firmeza, la decisión y pisa el terreno que lo hace Roca Rey. El vendaval fue un invitado al que Andrés dejó pasar porque aunque la muleta volaba, se puso sobre la mano izquierda para instrumentar una tanda superior. Otra vez con la derecha, logró una conjunción, una reunión, una mano baja y una largura que puso en pie la plaza. Además, remató con una arrucina milimétrica que enlazó con el de pecho. Luego llegaron los circulares pasándoselo por la bragueta, dos arrucinas más, los desplantes con insultante superioridad. Marcó la suerte de matar, esperó, citó y cobró un auténtico espadazo. El toro salió despavorido buscando la muerte que se tragó durante un largo tiempo. Tenía Sevilla tantas ganas de ser conquistada que no le dejaron descabellar. Y así fue, dos orejas.

Para añadir épica a una tarde que buscaba ya las tres horas, apareció el arco iris coronando la Giralda y se rompió el cielo sin previsión alguna de lluvia. Apareció el paraguas de algún ‘apretado’ de los ‘porsiacasos’ pero los más se mojaron. Salió un toro de más alzada, largo, enseñando las palas pero reunido de cara. Ni lo picaron ni se dejó. Los primeros tercios pasaron con el toro vagando a ninguna parte. Como a Roca Rey le daba igual lo que saliera, le bajó la mano desde el primer muletazo, le dejó la muleta siempre en la cara y el toro respondió. La banda también lo hizo, sonando desde la primera tanda. Fue capaz de fijar a un toro que no quería hacer nada de lo que estaba haciendo. Por el izquierdo, ni uno. Tenía la oreja. La gente que aguantó estoicamente quería que viera cómo caen las gotas por el Guadalquivir en hombros. Pero entró con el corazón más que con la cabeza y la Puerta de Príncipe se quedó en un 'Hasta San Miguel'.

Entre medias salió ‘Derramado’. Príncipe. De grande aspecto, serio, abriendo la cara y largo. Un tío. Humilló en el capote, empujó en el peto y se movió con brío en banderillas, sobre todo en un gran par de Chacón. Castella lo toreó de modo superior en el inicio por abajo, sacándoselo a los medios. Hubo trincherillas y un desdén que aún pulula por ahí. El toro se rebosaba en el viaje y se abría tanto, embistiendo con calidad y una clase excepcional. La primera tanda, dando distancia, evidenció las capacidades del toro y los muletazos largos y profundos del francés. Hubo comunión con el tendido. También con la música que se arrancó iniciada la faena. Tuvo la faena la reunión y ligazón que el toro merecía. Bravo. Siempre queriendo coger los vuelos por abajo con una clase infinita. A la tanda por el izquierdo, que se quedó en una serie, la faltó redondez. El viento siempre estuvo ahí. La faena avanzaba y ‘Derramado’ mantenía eso que solo tienen los bravos de verdad, buen son, tranco y la humillación con la que sueñan los ganaderos. Cerró el francés por manoletinas antes de enterrar una estocada trasera que no se llevó la vida del gran toro. Necesitó del descabello y el triunfo voló. Solo asomó el pañuelo azul. Vuelta con honores para el toro y con gratitud para Castella.

Y es que Castella llegó a Sevilla yéndose a la puerta de chiqueros para recibir al que abrió la tarde. Tuvo que esperar a que arreciara el viento que volaba el pesado capote como quien vuela una pluma. Aguantó con arrestos la mirada del toro mientras intentaba controlar la indomable tela. Fue tan brillante como emocionante. Este ensabanado, estrecho de testa y suelto de carnes, arremetió contra el picador en el mismo momento que hizo escena, lo derribó, quedando una pierna aprisionada con el caballo. A pecho descubierto, con el toro encima pero por fortuna divina, saltó por encima. Solo duró este una tanda antes de perder el fuelle. Firmeza del francés.

Sumaba Manzanares su tercer paseíllo esta primavera en Sevilla. Como está ‘en casa’, el alicantino se autoexige más que en ningún otro lugar. Hubo un atisbo de esperanza con el segundo, con la cara hacia delante, montado y con poco cuello. Entró Roca Rey a quitar por caleserinas y Rafa Rosa dejó un gran par con el toro arreando, como arreó a Suso cuando quiso cerrarlo a una mano en el burladero del 2. En la segunda raya se puso a torear sin miramientos. El toro era exigente por geniudo. Calamocheó en los incómodos finales pero Manzanares le puso la muleta para fajarse de poder a poder con el toro. Se apretó con el toro que no era nada fácil. Con la muleta en la izquierda, el toro huyó despavorido a chiqueros donde murió la faena. La estocada, rotunda, fue marca de la casa. Menos historia tuvo el quinto capítulo. Siempre soltando la cara, Manzanares encontró la forma de sacar una tanda mediado el trasteo con lucimiento dentro de un cuadro imposible.