Del 'érase una vez clásico', dicho con voz de cuento a los niños embozados en la cama, con los ojos como dos lunas abiertas y las dos manos asiendo la esclavina del edredón, hasta el colorín colorado. Un cuento contado. Que cuando era de princesa y de una rana que resultaba ser príncipe también, terminaba siempre con el 'fueron felices y comieron perdices'. Como abrumada por su exceso de bruja de cuento hace seis días, la princesa regresó al caballero la generosidad de un extraño, hermoso y sorpresivo final feliz. Es la balanza de la vida, el claroscuro de los cuadros de los sentimientos o sencillamente es que fue. Hasta la suerte hizo collera con David Mora, enlotando a un toro casi sevillano de hechuras y otro más vulgar de tipo pero quizá de nota superior al entipado.

Mecido suave, casi acunado en Madrid después de echarse el capote a la espalda en un quite ceñido, David Mora supo que no era rana. Que sólo lo fue por brujería mala de un descabello sin rumbo. Ese dragón del fracaso fueron hoy dos toros de Parladé aptos para la narrativa del toreo. Uno bajo de agujas, entipado, serio, con la cara bien armada y gran perfil al que toreó con decisión de salida. Toro que mejoró mucho en la segunda vara y que, tardando y exigiendo la distancia exacta para el cite exacto, fue toro embestida humillada y buena.
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A una llamada en las afueras con cambio por la espalda respondió el toro superior, y así lo hizo en los medios por el pitón derecho hasta que el viento animó al torero a cerrarse más, perdiendo el toro inercia o velocidad pero manteniendo embestidas fuertes y humilladas cuando Mora le corría la mano. Como todo toro bueno que exige, toro para romper desde el embroque hacia adelante. Sin llegar a cuajarse nada, se fraguó el reencuentro de plaza y torero, con ligeros pañuelos después de una estocada por derecho, embrocado y de colocación algo trasera.

Arrullado suave en una nana maternal por este Madrid que es así y que no lo cambien, porque sino es Pernambuco (donde los cuentos dicen que no cuentan), el final del cuento tenía guardado unos párrafos aún más felices. Salió un toro de tipo, la verdad, algo vulgar, como actor cuarto de un reparto: bajo, suelto de carnes, y desde el minuto uno declaró ser bueno. Buenos lances de Mora, cumplidor el toro en el caballo y torero inicio de faena del torero, para darle de nuevo esa distancia que a Madrid le encanta. La larga no, la muy larga. Pronto, de galope, hubo dos tandas más emotivas que impecables por el pitón derecho, luego, más cerrado, otras dos por el izquierdo que sonaban a cosa menor. Cortó el torero la faena, lo despachó de espadazo cabal y el presidente sacó un pañuelo donde ponía 'fueron perdices y comieron felices'. Se le trabó la lengua.

Ahí arriba se suelen trabar lenguas y meninges. Con criterios a granel. Me pone cuarto y mitad de banderillas y uno y medio de petición de oreja. Papel de estraza no nos queda. Creo deberían tomarse juntos un cafelito, los presidentes, brazo por encima del hombro, ven acá pa acá, como se te ocurre negarle un par a El Fandi. Y a ti como se te ocurre mandar a un hombre a la cornada cuando un toro reparado de la vista y peligroso de El Montecillo evidencia una y otra vez que va al hule. Es que es El Fandi. Es que es el santísimo reglamento. Y a ti como se te ocurre no darle una a Fandi. Anda que a ti esta. Los cafés los pago yo. El criterio ya es asunto de ellos.

Porque el toro serio y fuerte de Montecillo de Fandiño tenía la mirada de parche de pirata. Se vino al bulto siempre y el palco insistió en un palo más con el criterio de un descerebrado. Menos mal que a Víctor Manuel Martínez no le caló el pitón, estaríamos hablando ahora de una narrativa menos feliz y mas irresponsable. Ese toro fue un sobrero que completó un 'Parladé' de nobleza máxima y emoción mínima, bueno para otra plaza. En la hoja del debe de Fandiño no hay nada escrito.

Ni el la de Curro Díaz, que venía mosca porque la princesa le había armado una bronca la tarde ultima. Un toro que se paró como detenido por orden del demonio tras dejarse torear bien con el capote y uno de El Montecillo escaso de raza, con el celo por las nubes y la emoción por la arena, fueron regalo de bruja y no hada madrina. Em los cuentos, Curro, solo hay sitio para un príncipe o una rana encantada. Hay cuentos de colorín colorado. Y los de final feliz que comen perdices.