Que me gusta a mi que haya controversia. Que unos piten y otros aplaudan. Que discutan. Que discrepen. Ya lo dijo Ortega: España. Pero la tarde de Cayetano a nadie dejó indiferente. Y eso será por algo. Tiene tiene raza este torero; coraje y huevos, atributos oriundos de Barbate, pero, de todas sus virtudes y defectos un don sobresale por encima del resto: Personalidad. Por eso la gente salió hablando de él, con la que hay montada ahí fuera, y por eso, en vez de debatir sobre dónde se tomaban la caña de después, valoraron a pie de plaza su único compromiso isidril.

Filias y fobias aparte, lo cierto es que Cayetano capitalizó el protagonismo de un espectáculo donde se jugó un encierro de Victoriano del Río más parejo y entipado que el lidiado hace quince días en esta misma feria, que aunque tuvo cualidades y un par de toros más que aceptables, no llegó al grado de excelencia de varias de las corridas lidiadas en esta plaza por el constructor madrileño durante los últimos lustros. Uno cayó en manos de Castella, para quien se antojó tímida la ovación que algunos le tributaron como reconocimiento a su actuación de hace 48 horas, y escueta la consideración a una primera parte de faena notable al citado astado. El otro lo sorteó Manzanares, quien anduvo lejos de reeditar sus mejores tardes en este coso.

Cayetano acaparó pronto el protagonismo en el tercero, fino de cabos, enmorrillado, engatillado, estrecho, enseñando las palas, que hizo una salida abanta y se repuchó en el peto, pero en banderillas ya acometió con prontitud. Cayetano inició faena por alto, sentado en el estribo, y su empaque sacándose luego al animal al tercio metió de lleno al público en el trasteo. El animal pecó de abrirse tras cada muletazo lo que dificultó la ligazón de la faena, aunque hubo muletazos de excelente dibujo. Cuando el ímpetu del toro decayó se fue a la tapia el torero, y en paralelo, con gran parsimonia, muy aplastado, dejándole la muleta en la cara, le ligó una serie importante, apretándolo por abajo, que tuvo fuerza y transmisión. La estocada, cobrada con mucha verdad, desató la petición del trofeo, protestado por un sector del público. Por eso el torero tardó varios segundos en recogerla, indicándole al alguacilillo que aguardase a que acabasen los pitos del sector más disconforme.

Sabedor de que la Puerta Grande estaba entreabierta, se fue a chiqueros a esperar al sexto, un castaño serio, grande, cuajado y bien hecho, al que luego lanceó en el tercio rodilla en tierra. Repitió el toro con celo, también en el galleo por chicuelinas, y se dejó pegar trasero antes de que Cayetano intentara el quite de Ronda, para acabar toreando a la verónica con arrojo. Tuvo fuerza el inicio de faena de rodillas en el tercio, pero ahí ya cantó el toro su estrecho fondo, y aunque el torero hizo un esfuerzos por ganar un paso en cada pase y hubo muletazos con porte acompañando el viaje del animal hacia los adentros, la obra perdió fluidez. Una gran estocada fue la rúbrica perfecta para concluir un paso serio y responsable por San Isidro.

Castella estuvo cerca de redondear con otra oreja esta feria de la que, junto a Talavante, es uno de los máximos triunfadores. Serio, largo, fino, con desarrollo de pitón, enseñando las palas, el cuarto se empleó por abajo en la primera serie con la derecha, de mano muy baja. Castella deslizó el engaño con sutileza, el cambio de mano por la espalda ligado a un natural para finalizar la segunda serie puso al público en ebullición. Se superó con la zurda, tirando del animal con suavidad y templanza, llevando al toro muy cosido en otra serie grande, pero en pleno éxtasis el animal perdió empuje, el torero se metió entre los pitones, hubo varios desajustes en forma de enganchones, y aquello perdió la fuerza con la que había iniciado.

A su primero le costó desplazarse, y pronto se afligió y buscó el abrigo de los tableros. Castella lo intentó en vano. Manzanares por su parte trató de encelar al rajado segundo, de dejarle la muleta puesta y no molestarlo, porque el toro se empleba con transmisión cuando cogía el trapo, pero en la tercera tanda el torero trató de apretar al animal, el de ‘victoriano’ se fugó a tablas y no hubo forma de sacarlo de allí. Más prestaciones tuvo el quinto, Estrecho de sienes, enseñando las palas, con cuello, que humilló y colocó la cara de salida. Se empleó con gran clase en varas, llegando a derribar, y acometió con ímpetu, empuje y codicia a la muleta. Pidió llevarlo, someterlo, pero el alicantino lo acompañó primero en series cortas, trató de domeñarlo luego, pero no terminó de haber conjunción. Hubo pausas excesivas, faltó acomodo, y la faena se disipó hasta la buena estocada final.