Diego San Román, en la pasada Feria de Salamanca I MUNDOTOROlinea-punteada-firma1

C.R.V. > Madridlinea-pie-fotos-noticias

Qué mas grande travesía homérica que el viaje del espermatozoide del elefante hasta el útero de su hembra. Dos metros. De aventura, de camino hacia el lugar del origen. Piense. En la pereza de los nuestros, a una cuarta de la meta: el índice de natalidad de este país es negativo. Es como si hubiéramos argumentado nuestra  negativa a dar vida por no tener que mandar a nuestro bichito con cola a una  Ilíada o a una Odisea pareja a la del bichito del elefante. Pero no es cierto.  Simplemente decidimos no nacer más,  excusados  en que es imposible vivir con tanto coste que nace del nacer. No se crean las excusas. En el toreo tampoco se la crean.

Lo digo a propósito de San Román, un novillero mexicano hijo de matador mexicano que, en dos minutos no es que  llamara la atención, sino que se apropió en exclusiva de todas las atenciones. Y en esos dos minutos, le han pegado muy duro, no sólo en Nimes, ya antes. Muy fuerte. Le han pegado como si llevara muchos mas minutos en esto. Los que oficialmente saben del toreo,  tuercen el gesto en un pero:  le levantan los pies del suelo en exceso.  Y entonces recurren al gurú, a la palabra tótem, a la palabra mágica, a la palabra cuadratura del círculo, al Bálsamo de Fierabrás, a la gran brújula, a la formula de juventud eterna, a la alquimia del oro… Dicho desde mi lado: recurren a  la gran cagada, al gran enemigo, a la fabrica de clones, a la guillotina  de la magia, a la inquisidora  de ilusiones, a la bruja mala que parió e impuso el  toreo previsible  y uniformado que hoy impera, que es… La TÉCNICA ESCOLÁSTICA.

Que tenía San Román y que tiene para, en dos minutos, secuestrar todas las atenciones. Justo lo contrario a  eso que le piden como carencia  los que han sido llamados en su atención. La técnica. Quieren que tenga justo lo que le haría ser uno que no les llamaría la atención. Uno de esos que salen de las escuelas para escribir de ellos este “elogio” horrible cuya barbaridad es de proporciones bíblicas:parece un matador de toros.  Resuelve. Tiene capacidad. Es listo. Porque tiene una técnica insistentemente reiterada, enseñada, ensayada, manejada, adquirida, impuesta. Que reviste a su valor.

Respecto a esto último, puede que estemos  equivocados. Porque puede ser que una técnica escolástica de memoria reiterada sea la que de valor (supuesto) al torero. Valor en el sentido de dar seguridad. Estoy capacitado para que no me coja. Y quizá por eso, una vez y dos y tres que le coja, el torero ya no se fía de esa técnica y… ¿pierde el valor?. San Román llamó la atención por su salvajismo, lo que es el toreo. El arte es salvaje. Viéndolo torear es puro por inocente y viceversa. Se pone encajado allí donde cree que está el toreo, su toreo, su verdad. No le he visto colocarse allí donde la técnica le indica que puede defenderse de una embestida que no quiere ir tras el engaño. Ese y otros toreros no solo parecen nuevos sino que lo son.

La técnica aprendida envejece. Iguala. Uniforma. No hay escuelas para el arte sino lugares donde se pulsa, se habla, se mama el arte. Pregunto. ¿Alguien se fija en la técnica de Gallito o de Belmonte? ¿En la de Picasso o Lorca? ¿En la de García Márquez o Fidias? ¿La tenían? Claro. Su técnica, es decir, su instinto, su forma para lograr un fondo. Hoy el aprendizaje del toreo se ha convertido en esa especie de formato del que solo los genios se rebelan, una escolástica que trata de enseñar como es el toro de hoy y qué  ha de hacerse al toro de hoy. Al bueno y al malo. Es como ese rostro uniforme de la moda de las mujeres de hoy,  que adquieren  esa mirada de párpados de muñeca que solo valen para que las niñas las peinen.

Cuando vemos a toreros antiguos torear de forma que nos parece tan primitiva, siempre aseguramos que un novillero medio cuajado, sería  capaz de torear mejor a ese mismo toro. Sólo vemos la técnica primitiva o inexistente, sin fijarnos en que el suelo se llena de sombreros y prendas y que en los tendidos la gente se rompe las camisas. Porque quizá existía un instante de lo no previsible. La magia o eso que se aparece por arte de magia. Lo puro, lo inocente. Lo no sabido. Porque hoy el aficionado sabe mucho de técnica, el narrador es técnica narrativa, todo es según, por y tras la técnica.

Que hace del toro sólo dos toros posibles. El que sirve para esa técnica y el que no sirve. Y la técnica aprendida por reiteración, la memorizada por reiteración, no inventa nada ni crea nada. Recicla. La técnica recicla el mismo toreo. Nos hemos conformado en reciclar el toreo, nos hemos conformado  con una forma de torear en el que no admitimos la ingenuidad, sino que exigimos lo que el toreo jamás puede ser: la perfección. Un trazo perfecto del muletazo. Una embestida perfecta. Lo que anula eso que llamamos pureza, ingenuidad, alma de niño en muñecas de hombre.

Ya no catamos. Captamos. No paladeamos. Probamos.  Todo quedó en manos de la técnica y la capacidad. Y creemos que es posible hablar de  la religión de la técnica, de la mística de la técnica. Del lenguaje de la técnica. Del sentimiento de la técnica. Del arte de la técnica, de la creatividad de la técnica. Tèrminos que se repelen. Quizá por eso a nuestras tormentas no le sale arco iris. Señal de que no fue tormenta sino precario chaparrón en medio de una tierra agrietada. Y eso no quiere decir que la técnica haya que expulsarla. No. El pintor no puede pintar sin que el pincel le pese al minuto. El que escribe ha de dominar el lenguaje. El que torea, la armonía de movimientos,  el manejo y buen trato de los engaños, la intuición a flor de piel, el valor prendido de un alma que puede quebrarse, el poder en el corazón y no en las piernas. El torero ha de tener su técnica. Cada torero la suya con los mínimos indispensables para todos.

Este clamar al cielo por la personalidad de un joven de menos de veinte años y, al mismo tiempo, reclamarle que se parezca a un matador de toros, y que tenga una técnica aprendida y sólida, es la mafia llamando a la policía. Un sin sentido. La personalidad es lo salvaje y el toreo, y el toro, es lo salvaje,  ordenado  por el valor personal de alguien que intuye y cree en su arte, en su modo, en su forma, en su expresión. Lo salvaje se lleva al cauce de lo dominado, al cauce de lo expresado. No he visto, en este rato que está San Román en los ruedos, otra cosa que no sea alguien que quiere hacer algo que intuye arte. Defino así a un torero y no de otra forma:  alguien que,  con la muleta en la mano, nos dice: “lo único que tengo que ofrecer es la idea o el sentimiento de que se que tengo algo que ofrecer”. La intención, que diría Paula.

Y eso es lo que ha hecho que, en apenas dos minutos, hablemos de San Román.  Un joven que lleva un rato chico en esto, que quiere torear con la verdad desnuda de defensa. Y que nadie piense que denostar este aprendizaje escolástico, el actual y el repetido hoy, es negar la existencia de lugares de encuentro para que los sentidos aprendan a ser usados. Desatascar la cera de un oído. Agudizar el instinto de ver. Arropar a la locura con un gramo de certeza.

No. Nuestro bichito con cola no ha de hacer la travesía de Homero. Pero esta sociedad ha decidido que no se nazca, porque nacer es caro. Nacer es incómodo. Lo es torear, claro. Se sufre. Es intrínseco. Torear es casi nacer cada día en la aventura de dos metros de eso del elefante hacia el útero. Este arte es así de duro. Tan duro que a los mas nuevos no le queda otra que aprender la técnica porque los novillos que van a torear son de aquella manera. O la aprenden o al hule. Porque como quieran ser puros y mantener la idea de inocencia en sus ideas de hacer el toreo, van al hule. Y me pregunto y pregunto si en vez de tanta escolástica y leguaje de cruzarse, de alturas, de perder pasos, de ganarlos, de abrir, de cerrar…no sería mas sensato poner un lienzo inmaculado al pintor nuevo. Un novillo menos agresivo y mas novillo al que trata de dar sus pasos primeros. Y necesitaríamos menos escolástica reiterada. Pero, sin duda, la pregunta hace pensar. Y no vivimos para pensar, sino para entretenernos.

A sabiendas que no somos inmortales, cosa que decimos aceptamos, somos tan lerdos que nos pasamos un quinto de nuestra vida con el mando de la tele en la mano y otro tanto persiguiendo el gol de la manera que fuera de nuestro club. Dos grandes pasiones… para inmortales.  Para los mortales, algunas de  sus pretendidas pasiones, solo son pérdida de tiempo. El toreo desea  ser algo inmortal hecho por mortales que creen que el arte sale de las escolástica, del formato de la técnica.  A sabiendas que no  somos  inmortales, pero con la obligación de transcender, nos la pasamos en la insistente creencia a ciegas de que la técnica reiterada mil veces es lo que nos dará la distinción de una creatividad y un arte que nos haga inmortales. La cuadratura de un círculo que no es ni círculo, ni cuadrado.

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