icono-sumario Miles de gargantas en Madrid a diario, rumores de sabiduría, humanidad al lado de sus tradiciones, naturaleza cultural frente a los abismos de su propia historia

icono-sumario El populismo salva al toro de la muerte, para negarle la posibilidad de su vida como especie transmisora de su potencial cultural y tradicional

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Se ha desatado un fanatismo que busca matar entre la cultura. El fanatismo de una idea única y superior de sociedad, que necesita proscribir todo lo que no ampare esa idea única. El Populismo. Que no es el enemigo, sino el criminal social. Los enemigos tienen un honor y una dignidad que los aleja de cualquier idea de superioridad, mientras los hace más enemigos. El criminal, no sólo mata, sino que criminaliza a la víctima. La Tauromaquia. Pero no sólo ella ha sido criminalizada socialmente a velocidad exponencial. Toda actividad y expresión cultural rural tradicional son la víctima de los nuevos fanáticos aventureros de la política. Nosotros, el toreo, la víctima criminalizada, iniciamos ahora la expresión anual más abierta y libre: la Feria de San Isidro de Madrid. Una manifestación popular que expresa su arraigo con la cultura y la tradición sin paragón en el mundo.

Que distorsión revisada de la cultura y la historia del toreo y de España han contado para que, siendo víctima de criminales, la sociedad lo perciba como culpable y a su criminal como víctima, encogiendo los hombros ante su persecución, como se encogen al saberse que algo obsoleto y decadente, proscrito y con el segundero consumido, agoniza. Pero, que tendrá, que cerca de un millón de personas se trasladarán por los vericuetos de este Madrid incómodo, desubicado y gris, este Madrid secuestrado por el vieja, decadente y rancio totalitarismo del populismo de Podemos y Carmena, amparado por la ausencia de sexo político del PSOE, con su contrario cerrando heridas con la pus de la corrupción sin sanar, con Ciudadanos esperando que el PP se desangre. Qué tendrá, que esta plaza Monumental, acusada de insegura, acosada en sus licencias, dejada a su intemperie de ladrillo por quienes tanto dinero metieron en sus arcas públicas y bolsillos privados, plaza que luce excelente por fuera y enferma de vieja por dentro, símbolo de la política cultural hipócrita de sus propietarios, qué tendrá, que la veremos llena tantas tardes, de nuevo. Esto tiene. Porque esto somos.

Es esta plaza símbolo y hasta baluarte de una España que aguanta sin saber porqué. Que no se rebela porque no ya no sabe o no puede. Quiere rebelarse, pero su ánimo o su coraje no le dan más que para la rebeldía de taberna o barra de bar. El toreo y la Tauromaquia son el símbolo y el baluarte, el bastión y el ejemplo de lo que somos, y somos lo que hacemos, en este caso, no hacemos. Rebelarnos. Porque los dogmas de Podemos, las inapetencias pusilánimes del PSOE y la falta de implicación real del PP y la incógnita de si Ciudadanos pretende ser iglesia o catedral, o sólo posaderas para escaños, ya buscan lo mismo en una sociedad que ha asumido el populismo como la forma actual de relacionarnos. Y de gobernarnos. Pasará el tiempo y las generaciones de españoles sabrán que hubo un tiempo en el que los dogmas totalitarios de un fanatismo preñado de incultura quiso lograr el fin del poder, por medio del exterminio. Matar todo aquello que no incluya su única idea superior.

Con la seguridad que da saberse proscrito por culto, la más fascista de las persecuciones, afirmamos que historia les dirá a otras generaciones que todos los ‘ismos’ llevados a la máxima expresión de lo criminal, desde el animalismo hasta el mascotismo, del populismo con sus armas, también, ismos (chavismo, societarismo, especismo…) a lomos de nombres propios como Iglesias, Colau, Carmena, y de siglas de colectivos de falsos ecologismos de asfalto, llevaron al límite una paradoja: condenar como bárbaros a los hombres y mujeres que amparan y sobrellevan la cultura y sus obras de arte, como la Tauromaquia. Una paradoja aberrante que consiste que el bárbaro declare bárbaro al culto y tolerante. Es obsceno que tipos de argumentación stalinista como Monedero, se proclamen paladines de una nueva civilización, siendo él y ellos los bárbaros inescrutables que están perpetrando tal destrucción.

Sabíamos que el ser humano era capaz del genocidio físico, porque la historia es real en sus horrores. La historia no siente vergüenza al reconocerlo. La historia, la que ellos revisan y remienda, cambian y profanan a su antojo y en sus intereses de su única y superior idea, queda convertida en eso que dijo un personaje de James Joyce ‘es una pesadilla de la que la que trato de despertar’. Porque estos nuevos criminales han reseteado nuestro pasado para interesarse sólo por los errores de una raza, la humana, que sin embargo y al mismo tiempo, parió una evolución cultural y artística que matizara sus propios gestos inhumanos. Es importante saber que al horror inhumano de nuestra barbarie, al daño físico, inherente a nuestra raza, podemitas, antisistemas, populismo y cobardía de los partidos supuestamente apegados a lo humano, están perpetrando el genocidio estético, el crimen colectivo cultural. Por cada error y cada muerto, la humanidad creo arte como redención o expiación. Perpetrar el genocidio de la cultura, el del toreo, es amputar al hombre y a la mujer la posibilidad de seguir siendo seres humanos.

Estas gentes han estructurado el crimen que profana el arte, su belleza libre, su deseo natural de disentir, de rebelarse. El crimen contra la Tauromaquia es ejemplo de la nueva profanación de la idea libre de arte, la profanación de la posibilidad de belleza, la negación de las virtudes civilizadas de una cultura en muchos países. Imaginen: este populismo es adepto a la arena y a la piedra sin forma dada por la cultura, venera la piedra para arrojarla. Imaginen: destruirían ‘La Piedad’ de Miguel Ángel para formar un montón de polvo y piedras. Y acto seguido, declararía bárbaro a Miguel Ángel. Ellos que hablan de crueldad son el paradigma de una paranoia sociópata pues sólo los más crueles fingen aterrarse de las crueldades, que, como la Tauromaquia, no les conmueve en crueldad alguna . El criminal siempre fingió que el crimen le aterra.

Son tiempos de ojos de mirada fanática para vivir un nuevo San Isidro en la era de lo proscrito. Los fanáticos tienen miedo de lo distinto, les horroriza el valor de los valores, sienten pavor a quien discrepa con su inteligencia. Los fanatismos han decidido implantarnos el chip de una naturaleza desnaturalizada, de un arte de piedra, de una belleza de polvo. Los fanáticos prohíben leer a todos los que no escriben sus libros, prohíben la pregunta de la poesía, las formas de las esculturas, las sabidurías de los tiempos, hablan de derechos y de vida, llegando a hacernos creer que ellos, con su neo bienestar del viejo stalinismo, detendrán la muerte. Hay que prohibir la idea de muerte, la del toro, para detener la idea de valor, de solidaridad, de humanidad, de creación que trascienda a la muerte. No a la muerte para el no a la vida, a una nueva vida con la resurrección a través de la cultura y del arte. El populismo salva a Cristo de la cruz. Para negarle la posibilidad de su resurrección. Así mata la posibilidad de religión o fe. El populismo salva al toro de la muerte, para negarle la posibilidad de su vida como especie transmisora de su potencial cultural y tradicional. Su religión. Su fe.

Hay un poema de Walt Whithman que simboliza el aprendizaje de la vida, muy igual al símbolo del toreo. Si vivir para la muerte, anula la vida, vivir para la vida exige la aceptación de la muerte. La Tauromaquia es la cultura en tradición de ancestros, evolutiva y de libre elección, que vive para la vida, aceptando la muerte. El toro que muere, vive para la vida de un camino de siglos de toros y el torero que muere, vive para vida de los caminos de otros toreros que le sucederán. Y no hace falta que el millón de almas sientan que el pago de su localidad de San Isidro forme parte de un poema de Withman, como un amanecer no discursa sobre los matices de sus luces y colores. Sencillamente, son. Es. Es y somos. Los que dan la mano a las dos eras de siempre, la de antes, la antigua y la de ahora. En la de antes se luchaba contra dragones y demonios, el la moderna contra bacterias y virus. El toreo mantiene la lucha de dragones haciendo de lo fantástico lo real, impidiendo que el tiempo olvide que somos lo que somos, sobre todo, porque somos lo que fuimos. No fuimos, en la cultura, héroes sensatos en un mundo loco. Ahora no somos los locos en un mundo normalmente sensato, de calma chicha, de uniforme mental, de rebeldía congelada. Eso es lo que desean nuestros inquisidores. Pero no lo crean los toreros. Los héroes no han enloquecido.

Tratan de despojar al humanismo de su morada. Los humanos siempre han necesitado de ella, como el pájaro siempre necesitó de su nido. La Tauromaquia, como soñó Apollinaire, es la cultura que hace su morada en el aire, ‘el pájaro que nidifica en el aire’. Una morada protege, como el toreo protege del paso del tiempo que pretende hacer del futuro un universo sin recuerdos, referencias, un universo sin memoria humana. No es necesario que los miles de seres humanos que van a peregrinar a la Monumental lleven en su kit diario de ser humano, estas reflexiones. No las llevan porque son. Es. Thomas Mann escribió una frase tan bella como incompresible: ‘toda música es políticamente sospechosa’. Quizá quiso decir que en el arte, como el la vida, como en el toreo, su disfrute o visualización no es proporcional a su compresión sino a su emoción. El arte y la cultura, como la del toreo, para serlo, ha de serlo a pesar de no ser comprendida, sino emocionada. En el toreo, hay una sugestión nada evidente que no necesita de su comprensión. Y este elemento que es base de todo arte y cultura, es enemigo de los dogmas sectarios y de la idea única de los populismos políticos. Nos temen. Temen nuestro germen de la emoción. La pasión siempre fue el arma de las revoluciones. De los disidentes.

¿Por qué la Tauromaquia? ¿Por qué las instituciones, colectivos, individuos, de cualquier generación, sientan o no empatía por ella, han de preservarla? Porque en los momentos de crisis culturales, como el actual, en las grietas de la historia, cuando se debilita el humanismo, el cemento que pega esa grieta es la acumulación de las tradiciones. La conciencia de la memoria colectiva compartida. En los momentos históricos de pestes, guerras, crisis, debacles, es necesario ampararse en el arraigo para no desaparecer como país, entidad, colectivo o nación. La cultura y la tradición existen para ser usados por hombres y mujeres como retorno al camino, a su identidad no perdida pero en riesgo de perderse. Como el momento actual. Dispar, abandonado en las llamadas redes, al pairo de la múltiples mentiras o verdades defectuosas, del proselitismo magnificado de lo inmediato.

Si los bárbaros leyeran sin esa tendencia a borrar y descontextualizar a Niestzche, a Kant, a Platón, sin esa maldad de extraer apenas cinco frases de un todo de miles de frases, sentirían cómo los grandes pensadores humanos, como Thomas Mann o James Joyce, escribieron La montaña mágica o el Ulyses para que siempre fueran la tradición y su recurso unificador cultural en tiempos de crisis. Mann se opuso al populismo de Hitler como alemán culto y Joyce se aferró al viaje clásico del hombre en el mundo de los dioses para que los falsos dioses jamás hicieran olvidar al hombre quién es, a la mujer de donde viene, al humano, que debe de hacer. Tradición. Cultura. A veces, arte. El toreo es ese faro de la tradición y la cultura hacia donde mirar cuando llegan los tiempos como el de ahora. Para que nunca olvide, en el peor de los escenarios, con el hambre más terrible, en el tiempo de los miedos más abrasivos que el humano es admirable en sus imaginaciones, en crear, en gratitud, en solidaridad, en sufrimiento, en coraje, que el humano percibe lo bello al mismo tiempo que aguanta el dolor. Que el hombre, en la peor de las tormentas, como la crisis reciente, siempre percibió la parte bella y horrible del mundo y supo evolucionar, al convertirlo en lo que Borges llamó una música, un rumor, un símbolo. Qué es sino el toreo.

Porqué una sola palabra para una sola idea sino es para destruir las tareas de los seres humanos al relacionarse con la naturaleza: cultura. Siglos de hacer que hicieron que los esquimales rechazaran un solo blanco de su nieve eterna para tener mas de veinte palabras que nombren la blancura. Tantas como tienen los tuaregs para nombrar los matices de la arena de su eterno jardín de arena. Siglos y tradiciones en la que los árabes, los sin agua, crearan una arquitectura para divinizar el agua escasa. Siglos, muerte y vida de siglos en la cultura y el arte y la tradición de la caza, la pesca, le ganadería mínima, el establo, la piara, siglos de Tauromaquia, de toreo, con decenas de palabras que expresan los matices culturales de cada emoción, tarea, creación. Matices que desean ser extraviados por los amantes de un bienestar global unificado sin disidencias o palabras para matizar la blancura de lo blanco de la nueva. Populismo criminal.

Pero, cómo es posible que esta raza de supuestos nuevos políticos pueda hacer valer la ancianidad histórica de los totalitarismos mas abyectos e inhumanos. Esos que antes y ahora, llaman global a la idea única, a su idea, criminalizando la disidencia de las tradiciones locales. El toreo disidente, proscrito, por ser localmente distinto, no globalizable. En la historia de la humanidad sólo la sido cultura lo creado en lo local. Solo. Toda cultura nace local para todo el orbe. ¿Homero? Conmovió a las gentes de todas culturas, razas y tiempos contándoles asuntos locales de los griegos de su tiempo. Pero todos los seres humanos están representados en la IIíada. El Quijote no puede ser más local en su contenido narrativo, más a pie de tierra, La Mancha, y es universal en tradición y cultura. Es local el viaje de Dante por Infierno, Paraíso y Purgatorio, pues es narrativa local de su Florencia. Local es Proust buscando el tiempo perdido. Dublín, ciudad local, está en el Ulyses de Joyce. ¿Qué hay en el toreo de Guerrita, en el de Belmonte, Gallito, Manolete, El Cordobés sino la tradición local de cada época, y sin embargo trasladable a todos las emociones de todos los tiempos?

Lo global jamás ha de ser entendido como esa internacional obrera unificada uniformo y sin destellos de rebeldía. Jamás ha de ser impuesta como una renuncia a la tradición, a la cultura, pues la cultura global es una convivencia de tradiciones. La tradición humanista del buen trato animal, al medio ambiente, ¿acaso no convive en armonía dentro de la Tauromaquia más local? La educación actual, instigadora de la memoria para ser preguntada sin apego al recuerdo, la educación dirigida hacia el odio en Cataluña, en toda España, en universidades como la de Salamanca prohibiendo una Cátedra Tauromaquia, pretenden cambiar las nociones de tradición, tolerancia, arraigo, por nociones de falsa educación que no es otra cosa que doctrina. Es tiempo de desconfiar de esa educación que es doctrina. Por eso, qué tendrá el toreo que durante tantos días se visualizará a los proscritos al rito en dirección a su liturgia anual de Las Ventas.

Abundan los uniformes, los arbitrarios modos de unificar pensamientos, negar creaciones, expandir la intolerancia como gesto de tolerancia. Arrogarse el bien, usar ilegítimamente los métodos de todos, los logros de todos, las libertades de todos, para imponer su idea de única uniformada. Si para algo quieren arrinconarnos en las ciudades es para que no haya esos peregrinajes rituales hacia Las Ventas, sin llamados tribales de logros o de copas o de bacanales o de gratuidad. Miles de gargantas en Madrid a diario, rumores de sabiduría, humanidad al lado de sus tradiciones, naturaleza cultural frente a los abismos de su propia historia. Aun podemos conservar nuestro mundo, el mundo, aun sabemos celebrar cada tarde el universo con horas de inspiración, con la fe aspirando a la belleza, con la emoción del dolor y de lo estético. Cultura mayor de un pueblo criminalizado por el crimen.