Juan Bautista, en su encerrona en Nimes I MUNDOTORO linea-punteada-firma1

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Sin decirlo como elogio, sino como mirada hacia adentro, se va el francés más español. En tiempos de tanta bandera y banderita, de tanto nacionalismo fatuo, de tanto frentismo, decir que se va el francés más español tiene el sentido más coherente y cohesionador: en mi opinión Francia nunca tuvo un torero como Jean Baptiste Jalabert en el sentido de intimidad, de introspectiva, en el sentido de fragilidad, en el sentido de transparencia, en el sentido humano, torero y artista del término español y del término toreo.

Hay algo intrínsecamente académico en el toreo de Francia. Quizá es lo que le hace estructuralmente estable. Hay una pasión matizada por el conocimiento, pasada por la criba de lo supuesto. Sus toreros se mecen en ese compás perfecto de lo casi escolástico, del detalle impecable, de no dejar casi nada al azar. Hay un aula. Un cónclave a compás, una pasión musicada siempre en clave de sol, rítmica, elegante,  en una mezcla de  toques parisinos, de la Camarga, de las Landas,  de la zona cool de Bayona,  algo de gipsy,… una idiosincrasia que podría parecer el caos y, sin embargo, es un caos casi aritmético por siempre acompasado. Posiblemente a esa Tauromaquia tan viva, necesaria, imprescindible, ejemplar en tanto, se le ausente el verso libre, un paso cambiado, un interior de aceite de oliva y de pincel frágil, un junco o espiga de trigo que se mueva en sentido contrario al mecer a compás de la brisa del viento. Juan Bautista.

Ese torero silencioso y casi imberbe, que se va ahora, de rasgos infantiles y mirada escondida, de sonrisa afectuosa, ese torero que nunca alzó la voz porque le repelen los decibelios de la ira, ese torero que, poco a poco, fue admitido y hasta querido por otros toreros, por los públicos, por las aficiones, ese torero cuyo palmarés es grande y grande con un plus de grandiosidad en los anfiteatros, es el torero mas español de entre los franceses porque su expresión siempre ha sido desde dentro y, casi siempre, hacia adentro. Y sin embargo, como todo lo que mama del olivo y de del mar de sur, transparente en sus ilusiones, felicidades, tristezas, ausencias y estados de ánimo vitales. Es decir, lo que ha de tener un artista.

Un artista no es un tipo de facha bohemia y alardes de excentricidad sino alguien sutil cuyo arte se mueve entre lo que desea hacer y lo que puede hacer. Un artista es el que se expresa en ese terreno que deja libre el espacio  que ocupa el valor y lo que desocupa el temor. Es ahí donde puede existir el artista, fuera de ese campo invisible y pleno de soledad, donde se hace el arte. Juan Bautista se ha movido años y años en ese lugar que apenas se ve. Sin la pedantería del torero macho, sin la ostentación del macho torero, sin el título de torero artista, sin el certificado de torero de cojones. Con un poco de todo y con el todo de si mismo.

Y, calladito, ha sido el toreo que ha hecho,  en los últimos años, que la estocada sea a veces una bella obra de arte que mata y no muere. Se va en el momento que de irse , que no es otro que un rato antes de que los públicos te echen de más. Y seguirá en este mundo porque tiene lo que han de tener los hombres que no podemos permitirnos el lujo de que se vayan a otros rumbos.