El Rey de la República I MUNDOTOROlinea-punteada-firma1

C.R.V. > Madridlinea-pie-fotos-noticias

En apenas un suspiro, alguien recién salido de las ubres secas de la indiferencia, logró hacerse con lo que sólo los elegidos pueden lograr: imponer su carácter, lograr su propia reputación, conseguir crédito. Era un adolescente larguirucho con mirada de halcón en el rostro de un imberbe, cuando apenas nadie creía que su envergadura, la de las generaciones actuales, podía ordenarse en armonía. Era un chaval, hace diez minutos, cuando la crisis buscaba desesperadamente parir a alguien que liberase al toreo de la monotonía de nombres. Muy buenos pero ya nada nuevos.

Era cuando cine, teatro, política, economía, buscaban en España esos nombres nuevos con caras nuevas y nuevos atractivos. Era, al fin y al cabo, un niño en un mundo de adultos en el que los adultos nunca torean y los que torean son aún casi niños. El mundo de adultos del toreo, fiel a su inercia, sitúa el arte del toreo en una casilla en el que un chaval alto, con el pelo por la frente, sin deje fonético hispano, tímido y silencioso, que andaba siempre como en otro sitio distinto del que estaba, la mirada recogida allí en un punto de un horizonte que nadie veía, con un tono de voz sólo apto para el cuello de su camisa, no encajaba.

Los oráculos predecían que era ése uno más de tantos que cuentan en esas páginas amarillas nunca editadas que recogen nombres y apellidos inexistentes de los que nunca contaron. Cuando andaba sin caballos, fruto de un trabajo de televisión, fue cuando me llegó ese instante en el que uno concluye que los oráculos no son otra cosa que el ventajoso discurso de una estadística vieja, que afirma que muchos son los llamados y pocos los elegidos. Esa forma de pontificar que ése no vale, es sólo ventaja estadística.

Tenía ese adolescente con pinta de alero de básket un algo que, vestido de corto y montada la muleta, le permitía crear su propio mundo. Tenía, como todos los toreros, esas voces de enseñanza que dicen pierde, gana, ponla así, cruza… pero esos mensajes llegaban, créanlo, cuando él ya lo había hecho. O, sencillamente, hacía lo contrario a lo que le decía el libreto. Cuando uno lleva la contraria al libreto o lo hace por cera en los oídos, susceptible de arreglo, o porque no tiene oídos para escuchar, mal asunto, o lo hace porque cree en su propio mundo. Un chaval que cree en su propio mundo, puede crear y hasta imponer su propio mundo.

Esa fue la impresión, la que deja en el viaje de vuelta un barruntar de tormenta en tiempos en donde la mar está en esa calma interesada para que luzcan los remeros al compás del libreto. Y, sin embargo, éste buscaba la tormenta como hábitat natural y, mientras la naturaleza no diga estupideces, la emoción nace natural de quienes pretenden crear su mundo, dar orden a la propia tormenta que ha de ser el toro. Tenía menos contratos que la cabra de un gitano en un congreso de animalistas y debut con caballos y no digamos alternativa, eran eso que ha de llegar, pero cuando llega. Y, sin embargo, daba esa impresión de que uno acababa de ver a uno que venía a ser gente.

Después de su paso por Madrid llegó a alcanzar ese sitio mediocre y lastimero donde ponen a los que dicen que se arriman. Pero no le concedieron algo más que los elogios que nacen en la caridad calificativa que el toreo tiene con los que aguantan el tirón de los porrazos. La cuestión es porque aguantan, no porque se los pegan. Pero el toreo en su inercia aún pregunta por qué lo cogen, cuando la pregunta está respondida con la pregunta definitiva: porque aguanta que le cojan. Ese valor sobre el cual crecer es el ejercicio que sustituye al valor que daba el camino y la tapia.

De todos los errores cometidos con este venido de tan lejos, del que decían era imposible dar compás a huesos de envergadura tan grande, es que nadie vio en él los caminos y las tapias. En cada figura del toreo de siempre, digan lo que digan, uno ha de ver caminos y tapias aunque ya no haya caminos por donde caminen los toreros a su aire de aventura y las tapias estén vacías de esos corazones que agarraban una muleta vieja con las uñas a la espera de la gracia de la figura que tentaba o del ganadero de turno. Sólo quien es capaz de enseñar que estuvo en esas tapias, aunque hoy no haya, puede ser figura del toreo: ambición, deseo, mirada fija en una obsesión, la inexistencia del desaliento, la herida sin necesidad de botiquín.

Todo toreo que no sea esa fuerza de la naturaleza capaz de llevarle la contraria o de firmar un pacto con ella, porque la naturaleza se cansa y capitula ante tanta tozudez humana, no puede ser figura del toreo, así toree como el mejor de los recuerdos del bien torear. Porque, hoy, más que nunca, metidos en una sociedad sin sutilezas y de gustos consumidores de velocidades veloces, o se reclama atención ya o pasa el siguiente. O se tiene eso que enciende la luz ya o que pase el siguiente. Y, demás, que se encienda la luz y que me miren. Y que me vuelvan a ver.

La carrera hacia el éxito de este torero es a modo de la nueva generación, hasta de dos nuevas generaciones (hoy éstas se relevan en un cuarto de tiempo que los cambios generacionales de antes), la de la crisis y la generación novísima salida de la crisis. Es el torero de los millenials. Ser figura del toreo hoy, en el contexto generacional de los consumos variantes y sin pauta, en un campo donde las estaciones de siembra y cosecha se alteran al minuto, donde se exige ese don fresco, llamativo, alternativo, rebelde, lúcido, vital, sin alcanfor, libre de sobreactuaciones y creíble, es mas difícil que nunca. Ser figura del toreo en dos mundos que antes no había, el real y el virtual, para obrar el milagro de hacerlos a compás uno del otro y lograr el refrendo de la taquilla, es mas difícil que nunca.

Entre otras cosas, porque nunca antes habíamos vivido en una sociedad como la de hoy, tan a contra querencia del toreo. Ser figura del toreo hoy, cuando el toreo anda en tránsito, metido en el limbo social de la cuarentena, es tan difícil como ser Rey en una República. Por esa razón, los augures sobre este torero, fracasaron. Porque no nos preguntamos qué pedía el nuevo público. Pedía esa emoción natural, casi salvaje, sin la sobre actuación de quien se juega la vida, mostrando sólo el juego y no la vida jugada. Ese toreo capaz de mestizar como ninguno el olé más rotundo y el ¡ay! más ronco. Pide liberarse del peso de las enciclopedias y dejar que los que torean sean los únicos portadores del respeto, de la esencia, de la liturgia, pero en un mostrar diario, en una revelación fresca, aire limpio, ventanas abiertas a cualquier forma o modo de sentir el toreo. Todos los sentires del toreo.

Desde la declamación de su torpeza porque era asiduo a las enfermerías. Desde que no sabía torear porque era presa fácil de la vorágine. Desde que tenía demasiada querencia a las proximidades de la cara del toro. Todo era negativo en alguien cuyo único gran mensaje era y es la positividad del toreo. Un huracán que consiste en domar al propio huracán de la naturaleza humana y la naturaleza del toro, dos fuerzas de naturaleza condenadas a enfrentarse en el rito por los siglos de los siglos.

Ese caos que siempre se aparece en sus grandes faenas es el orden imperfecto del toreo, la imperfección del drama, la visión limpia y para todos los sentidos limpios de los que son llamados por el toreo sin el mandato, orden, juicio y prejuicio del libreto. Si en diez minutos alguien muestra sin filtro alguno el toreo poderoso por abajo, el ¡ay! de la proximidad de los pitones (pero un ¡ay! muchas veces dentro de un olé) la inercia y la reducción de la misma, el aire grácil y el gesto severo, la impronta de una soberbia arrogante propia del propio toreo, si alguien puede seguir viendo al infante y al maduro, al que, aún pasando los tiempos y los éxitos mira como mirando allí donde miramos los demás y no vemos nada, es una figura del toreoEntendiendo que las figuras, primero, han de ser figuras de su momento y que el tiempo es el que añade que la figura del momento, además, lo sea del toreo. Algo me dice que esos aires de Luis Miguel, torero del que, por cierto, nadie habla, lo van a trasladar en el tiempo. 

Ese torero que lleva en la cara una tapias y caminos. Que, pasado el tiempo mantiene la frescura del que no logró apenas nada. Cuyo pozo sediento de toreo y metas parece que apenas se le llenó unos dedos, es Andrés Roca Rey. En apenas un rato, se ha colocado en el lugar que, por naturaleza, quieren colocarse los que desean llegar a ser reyes en esto del toreo. Ése del que dicen los necios no tiene arte ni sutileza, siendo el arte del toreo tantas cosas que quizá no caben en la palabra arte, pero que sí caben en el toreo de Roca Rey, pues arte es si es para todos. Incluso para quien no sabe leer. Unas veces a compás de lo más añejo, otras a compás de lo más clásico, otras a compás de lo único que ha dotado al toreo de su fuerza social e iconoclasta, que es la heterodoxia dentro del propio arte.

Estaba el toreo metido en ese problema de encontrar a alguien que diera razón de ser al toreo en la era de los millenials. Los que han llegado a votar por primera vez, los que deciden por primera vez, los que forman parte decisiva de la sociedad por primera vez. Y a nuestros hombres de arte, educados en otros modos, les costaba comunicarse con esas nuevas generaciones sin enciclopedias. Pero, al mismo tiempo, dando razón de ser a lo de antes. Porque, hoy por hoy, no hay taurino o conocedor que no se quite el sombrero ante el peruano. Porque asistimos al mejor y mas esencial de los mestizajes que puede lograr un arte para su cultura: la mezcla de lo nuevo, de lo más nuevo, con la esencia del respeto a lo clásico. Un mestizaje generacional real y necesario, imprescindible e impagable, con el nombre propio de Andrés Roca Rey. Que es Rey en la Republica más inaudita de una sociedad que huía hacia el futuro sin esperar ningún nombre de torero alguno.