Emilio de Justo, Torero de Madrid

PREVIO Esta tarde en Las Ventas

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Si Emilio de Justo ha trazado alguna vez el guión de su temporada, posiblemente se hubiera parecido a la hoja de ruta de este 2018. Torero consentido en el suroeste de Francia, revelación en muchas de las plazas en las que ha debutado (Valladolid, Pamplona, Azpeitia, Burgos…) y desde hoy, Torero de Madrid. Porque Las Ventas le hizo saber que estaba con él desde que rompió el paseíllo, lo alentó porque venía mermado, con la herida y los puntos frescos, lo esperó y se rompió la camisa con el cacereño, que es un torero para ilusionarse. Porque se expresa diferente, porque auna estética y bragueta y porque el tiempo en el banquillo le ha curtido. Su triunfo, como su temporada, merece un respeto, y sus estocadas, un monumento. Dos volapiés de manual como broche a dos faenas distintas, pero con su historia y su fondo.

Otra oreja pudo cortar Ginés del tercero, pero tras bordar el natural, la espada se quedó a mitad de camino. Con una cuarta más de acero el trofeo hubiera sido suyo. Luego el sexto le volteó hasta herirle de un certero derrote en la cara. También pudo resultar herido Román, pero la fortuna, que le fue esquiva en el sorteo, le sonrió en el momento del percance y ‘solo’ resultó magullado. La corrida de El Puerto, remendada con dos ‘aldeanuevas’ de La Ventana, tuvo su miga. Hubo tres toros deslucidos pero otros tres que mantuvieron el interés de una tarde capitalizada por un torero que es máxima novedad para el curso venidero.

Largo, cornidelantero, estrecho de sienes, serio y hondo, pero armónico y bien hecho el primero, con el hierro de La Ventana. Emilio de Justo lo lanceó con suavidad, ganando terreno, con el toro sin terminar de fijar. Lo llevó toreado Emilio de Justo después de romperse en el caballo, al que se arrancó pronto y empujó fijo, a favor de querencia. Esperó en banderillas, apretando luego hacia los adentros. Hubo que llegarle mucho. Se sacó el torero a los medios al animal y en centro del platillo comprobó que el toro se movió descompuesto, protestando, sin colocar la cara, pero su viaje tuvo emoción. Se ajustó De Justo en las dos series siguientes sobre la mano derecha, dejándole la muleta en la cara, con expresión, y el público respondió. Cuando cogió la zurda comprobó que por ahí los defectos del animal se acrecentaban y el trasteo fluyó menos limpio. Volvió a la derecha, cerró al toro con muletazos con la pierna flexionada y lo mató de un volapié superior, de ejecución y colocación. Soberbio. La oreja fue pedida con unanimidad.

Grande, largo, más basto, muy amplio de sienes, voluminoso, pero con cuello, suelto de carnes el cuarto, que humilló pero sin terminar de emplearse en el capote. Se dejó pegar en varas y en banderillas esperó. Arriesgaron de lo lindo Ángel Gómez y Manolo de los Palacios. Brindó al público Emilio de Justo una faena de enorme mérito. Porque el toro se abrió de cada muletazo al principio, desentendiéndose en cuanto veía una ventana abierta, y si lo tomabas más en corto el animal protestaba, defendiéndose y soltando testarazos con esas pavorosas perchas. Acertó con la distancia el torero y con el terreno, pues, después de jugársela con la zurda, por donde el toro fue mucho más incierto, fue en paralelo a las tablas, en terrenos del cinco, donde consiguió dos series de enorme verdad y emoción. El público rugió. Se apretó por manoletinas y cruzó el fielato de esa cuna desproporcionada antes de recoger una oreja que no admitió discusión. Como la Puerta Grande.

Hondo, apretado, con más caja y kilos que cuello el tercero, del hierro de La Ventana. Ginés lo saludó con buen juego de brazos, y el toro repitió, sin excesiva clase. Tampoco aprobó en su paso por el caballo, donde se dejó pegar sin más. Se dejó ganar la cara en banderillas y a la muleta embistió con fijeza y transmisión, pero protestando y defendiéndose cuando tuvo el trapo cerca. Ginés le dio sitio el principio de las series, para aprovechar la inercia del animal, y sobre todo por el pitón zurdo encontró la distancia para dar fluidez a la obra. Perdiendo un paso en cada muletazo, dejando la muleta en el hocico, con esa expresión que tiene el pacense, y rematando el muletazo detrás de la cadera, la faena creció en emoción e intensidad. Hubo una serie al natural cumbre: embraguetado, roto, profundo, en medio de una faena notable, a la que faltó con el acero la contundencia a la que nos tiene acostumbrados este torero. Por ahí se esfumó la oreja, porque la petición no cuajó.

Alto, largo, con alzada, el sexto salió abanto, como es costumbre en este encaste. Despertó el toro en el segundo tercio, y Ginés Marín inició faena de modo muy decidido, presentándole la muleta por delante sobre la mano derecha sin probaturas. En uno de los primeros muletazos el animal le tropezó hasta derribarlo y una vez en el suelo le tiró un derrote a la cara, a la altura de la barbilla, que provocó una profusa hemorragia. Se incorporó el torero, se lo llevaron a la enfermería las asistencias y Emilio de Justo terminó con la vida del astado.

Acapachado, de pitón blanco, fino, con  amplia cuna y generoso cuello el segundo. En el tipo de su encaste. Deambuló abanto por el ruedo de salida antes de emplearse en el peto, pues empujó -y se desgastó- en dos fuertes varas. Acudió pronto en banderillas, se lució Raúl Martí,  y a la muleta acometió con son en el principio de faena, pero ya apuntó su falta de mecha para seguir el trapo con el morro por el suelo cuatro veces seguidas. Tendió a meterse por dentro por el pitón derecho, sobre todo cuando vino sin inercia, un defecto que se acentuó por el otro pitón, por donde volteó al torero de forma muy fea, empalándolo primero, y buscándolo después en el suelo con saña hasta que llegaron las cuadrilllas. Volvió el torero a la cara del animal para cerrar una faena de gran dignidad, que abrochó con manoletinas de gran ajuste. A la hora de entrar a matar el animal dobló las manos en el momento del embroque y la espada hizo guardia. El público reconoció el esfuerzo del valenciano.

Grande, con caja, alzada y romana el quinto, un tanque de casi 700 kilos. Acometió sin celo al capote y se dejó pegar en el caballo. Inició Román por estatuarios, al hilo de las tablas, una faena que no prendió por la falta de emoción del animal, que embistió siempre de modo cansino, tardeando, sin emplearse nunca pese a la insistencia del torero valenciano, que lo intentó sin perder la fe.

Hierro de El Puerto de San Lorenzo - España Plaza de toros de Las Ventas. Tercera de la Feria de Otoño. Más de tres cuartos de plaza. Toros de Puerto de San Lorenzo, (1º y 3º con el hierro de La Ventana de El Puerto), grandes, serios, de distinta conformación y variado juego. Tuvo emoción el primero, enrazado el tercero, agradecido al esfuerzo el manso cuarto. Deslucidos los restantes. Logotipo mundotoro crónicas
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