Video resumen de la tarde I CANAL TOROSlinea-punteada-firma1

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Como en la vida. Existió el riesgo de ser más feliz en lo útil que en lo mágico. Buscó más el público la heterodoxia de la Puerta Grande y las faenas memorizadas y limpias y previsibles, que el propio torero, muy liberado de de lo previsible, excomulgando lo reiterado. Tardó el gentío, tan dado a la rima del soneto memorizado, en masticar el verso libre de Antonio Ferrera. Hasta la traca final, parecía mas previsible el deseo de público que el del toreo en una tarde de libre albedrío. De su chistera salieron todas las suertes de capa que caben en seis toros. Los inicios de faenas no fueron copia y pega, las tandas fueron aquí y allá, el caballo de picar fue donde el toro demandaba y no donde demanda la norma. Cambiado el tercio, se le antojó un fenomenal par. Resucitó con capote y muleta el toreo cabal y lúcido sobre las piernas. Las faenas de muleta tuvieron mucho de toreo errático, arte inconcluso, nómada casi siempre, con trazos de excepcional lentitud, ceñimiento y reducción en tres toros, segundo, de Parladé y en cuarto y sexto, de Victoriano del Río. Con los dos primeros surgieron apagones de luces con la  espada, asunto que restó casquería contable. U orejas, que les llaman.

Sea lo que sea el ser humano, es así. Sea lo que sea en diccionarios, tratados de filosofía, teorías, teologías, doctrinas, normas, el ser humano constituye una excepción. Siempre ha de ser excepcional por ser libre. Ante todo intento de domesticarlo, de poner cadenas a lo errante, de dar sentencia de muerte a la pasión, un hombre es así. Sea lo que sea un torero, es así. Sea lo que digan que es definidores, cánones, normas, libretos, escolásticas y cartesianismos, siempre será así. Un libre albedrío ganado a pulso pues el toreo es el único arte que nace a partir de la exposición de la vida. Que chico, estrecho, vulgar, anodino y reiterado resulta ser todo lo demás: prohibicionistas, políticos de cartón, vendedores de ruido. Salía por la Puerta Grande Antonio Ferrera en plena noche, a hombros de un caos indomablemente humano y hasta el cielo era un más de lo mismo. Un hombre y torero, cuando son así, son mas remotos que la última estrella del último cielo.

Durante los tres primeros toros andaba la cosa como anda la vida, y anda este país y esta política: buscando las mayorías absolutas que permitan irse a la cama tranquilos, luego de apagar la tele: el toreo certero de orejas ciertas. Anduvo ligero Ferrera al recoger el saludo de cortesía para ponerse delante de un toro agalgado de Alcurrucén con el que dejó ahí algún lance, una media, un quite por chicuelinas mientras rompía las cadenas de picar donde dicen que hay que picar, y, con el toro allá y acá, mandó mover caballo y ahorrar capotazos y carreras. Fue toro de escaso viaje, sacando la cara por arriba y hacia dentro: en los medios y sin cerrarlo lo toreó Ferrera en faena sin lucimiento posible.

Fue el de Parladé toro alto y grande, al que recibió con una tijera pegado a las tablas, para quitar con dos largas afaroladas, una chicuelina y media verónica antes de iniciar faena con ayudados a dos manos muy toreros, terminando un cabal caminar con el toro hacia fuera para luego torearlo a la altura del toro con dos tandas de gran verdad pues, sin descolgar el toro, se lo traía ceñido de verdad a la cadera y hacia atrás, por los dos pitones. Una faena con intentos de reducir embestidas, asunto difícil por la construcción del toro, de buena condición. Finalizó el cuadro a dos manos, como había comendado, y perdió oreja, que contaran, por pinchar.

Incierto el toro de Adolfo Martín, sobre las piernas lo lidió con el capote de forma impecable, hacia atrás, quedándose corto el toro descaradamente en la media de remate. Hubo su jaleo en el salto a la garrocha de Raúl Ramírez, pues el toro jamás se vino para adelante y al que Fernando Sánchez le puso un par de categoría y otro de gran exposición Valdeoro.  Con la paciencia que no debía, pues el toro era para estar ojo avizor por avisar final de hule, Ferrera le sacó cuatro con la zurda de categoría antes de avisarse el toro, que se había  venido vencido y malaje por el derecho. Al arrastre, era cuando los cines de antes ponían “visite nuestro bar”, mitad de proyección, ecuador de corrida, y el verso libre era tan libre como apenas leído.

Un toro grande fue el cuarto, de Victoriano del Río, bueno por bravo, de salida sin celo, que derribó en varas y al que le aplicó un sabroso y torero galleo por caleserinas sacado del fondo de un baúl sin fondo. Para variar en la variedad, lo citó desde los medios en emocionante inicio en una faena que tuvo a la ligazón como argumento de origen sobre la mano derecha. Un desarme dio paso a torear sin ayuda: compás cerrado, ley de gravedad máxima en el cuerpo para tres tandas de categoría, sobre todo una con la zurda. Tras cerrar al toro con un reinventado toreo a dos manos, arriesgó recibiendo para atacar con la espada y se le fueron una o dos. Orejas. Así que la cosa era que embistieran los dos que quedaban.

Muy serio de cara, amplio de cuna y astifino fue el de Domingo Hernández, para el que Ferrera le reservó  un perfecto Quite de Oro. Sentado en el estribo, dio saludo con la muleta a un toro que fue uno cuando le dejó venirse en la distancia, y otro cuando lo llamó para torearlo en corto, en esa casi obsesión de querer torear sin inercias, reduciendo embestidas.  Una tanda cumbre con un excelso cambio de mano en medio de un deseo de torear despacio. Lo mató de una buena estocada y ahí si cayó la oreja. Quedaba uno.

Fue el  toro de calidad, que dirán poco pero que fue el de más compás, el de hacer el toreo grande, el de reducir y ralentizar, el de ceñirse y juntarse cuerpos, el de vuelos despaciosos, el de enganchar sin toques, figura erguida, mentón en el pecho. Fue el único toro brindado al público en tarde jamás sobreactuada, natural y cabal. A este toro lo saludó en la puerta de chiqueros, le tiró un mágico farol de rodillas y el quite por chicuelinas, media incluida, recordó fotos de Belmonte. Con la toalla le hizo un quite a Valdeoro, y después de cambiarse el tercio de banderillas donde se lució Fernando Sánchez, cogió los palos color Extremadura y el puso uno al quiebro y por adentro, cumbre.

¿Duró el toro?. No. Pero si. Porque ahí quedaron veinte pases de categoría por el trazo, figura erguida, lentitud de caracol, naturalidad en todo, reduciendo la embestirá enclasada del toro que, finalizando la tercera tanda, dijo que ya había embestido mucho y muy bien, que los toros también tienen ese derecho, y se fue a las tablas para que Ferrera le dejara media arriba de la que no claudicó y se expuso al suspense azaroso del descabello. Cortó una oreja. Era ya cuando la gente había masticado ese torero sin ataduras ni cadenas, esa expresión de vida que es tormento lo mismo que es felicidad, que se expresa al albedrío libre de una lágrimas o una sonrisa, que no atienden a ciencia ni a razón sino a eso que el toreo tiene de locura. Que esto de locos o no es nada. Y punto. Y así se titula esto, como termina.

Gracias, Antonio.

FOTOGALERIA DE LA ENCERRONA DE FERRERA EN LAS VENTAS

EL CAPOTE: GALLEOS, CALESERINAS.., Y COSAS DE EL PANA

logo-mundotoro-fichas-crónicas Plaza de toros de Las Ventas. Quinto festejo de la Feria de Otoño. Más de tres cuartos de plaza. Toros por este orden de: Alcurrucén, Parladé, Adolfo Martín, Victoriano del Río (4º y 6º), y Domingo Hernández, de variado juego. Destacaron el bravo cuarto y el enclasado sexto. Exigente el segundo. Más complicados primero y tercero.
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Antonio Ferrera, actuó en solitario y cosechó el siguiente balance: silencio, ovación, silencio, ovación, oreja y oreja.

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